Te debo un abrazo de ayer, que me pediste, y tengo tus guantes de lana. Por ahí es inconsciente, o no, o que el clima cambia justo cuando te veo, que entonces me desabrigo, dejo ropa en tu casa, tengo frío, te pido prestado el suéter ese al que le decimos “mío”, o la bufanda, o los guantes, el trapo rollinga para la garganta. Algo que llevarme, algo que tener que devolverte, algo que dejar. Señuelos sembrados por tu casa. En el baño. En tu placard. En el comedor. Post its del rubro indumentaria, a veces del rubro accesorios, una vez las medias, olvidos casuales e inducidos, formas del clima de favorecer el contacto y la recordación. Qué linda está tu casa. Mis cosas parecen enamoradas de ella. Los auriculares siempre quieren enredarse en algo para no volver conmigo. Las botellas de whisky en la mesa de la tele me reciben complacientes, apenas llego, la cocina me llama, me tira onda pan casero, salsa fileto, saltate unas cebollas, Let. Recuerdo como si fuera ahora la primera vez que entramos al supermercado juntos. Compramos un paquete de Playadito de medio. No había yerba y ya habíamos cogido. Desde ese día me cambié de marca. Ahora también la tengo en casa. Y compro miel para darte lo que me das, lo que te gusta, y siempre alguna otra cosa. Hacerme acordar que te devuelva los guantes.
