Una vez, cuando mi tío tenía una quinta al fondo del barrio El Trébol en Ezeiza salí a caminar y me perdí. Iba con mis primas y nos desubicamos de verdad. No podíamos volver. Caminamos, buscamos árboles y ligustrinas que nos guiaran o recordaran algo, pero estábamos definitivamente perdidas. Otra vez elegí perderme. Una noche, a la salida de una clase de teatro. Estaba tan sola y tan triste de estar sola, que no resistí la mirada de un hombre. Un chico sin nombre de la noche. Esa vez fue peor. La vuelta, digo. Volver me tomó muchísimo tiempo. Años. Etapas. Angustias. Y volví a mí, claro, pero a un lugar nuevo. Perderse tiene esas cosas. Alguna novedad. Algún hallazgo. La inquietud. La sorpresa. El viscoso asalto del miedo a no poder volver.
Con las distancias, las pérdidas, y sobre todo con vos, aprendí a alejarme sin perderme. Caminar sin mirar atrás, con la certeza del retorno seguro.
Dejarte sin miedo.
Irme sin que te desvanezcas.
Saber que vas a estar ahí después, más tarde, mañana, mientras nos elijamos.
Ahora alejarme no es perderme. Tu abrazo metálico conduce mi corriente alterna y me reserva a un lado, en un espacio marginal. El sol es nuestro. Y el metal nos constituye. Alejarme es desear la vuelta, bañarme para verte, planear una sorpresa, acercarme al espacio tiempo donde nos vamos a volver a encontrar y, por fin, volver a encontrarnos. Alejarnos tiene un poco de tomar distancia y otro poco de acortarlas, para poder volver.
