Dos meses — (Parte I)

Espera, esto no debería estar aquí…

Camille salía del baño en toalla, con el cabello rubio escurriendo de mojado mientras leía su móvil, cuando fijó la mirada en la lata de jugo que estaba en la mesa.

Ella no recordaba haber puesto allí la lata, ni siquiera recordaba comprar aquella marca.

— Pero, ¿qué dem..? — por instinto miró a todas las direcciones y como siempre, no había nadie más en la habitación, incluso en el departamento. No debió sorprenderse pero lo hizo.

Un par de segundos después, alzó los hombros y siguió su camino, directo a la cama.

Lejos de allí, Pedro caminaba por la vereda paseando a Cabo, su bulldog, y escuchando una vieja canción de Foo Fighters cuando de pronto, pone atención al nombre de la calle. Mira bien la señal y la duda empieza a formarse en la cabeza, “Calle Los Olmos”. — ¿Esta calle no se llamaba Marie Curie? — dijo con suma extrañeza. Se rascó el brazo lleno de tatuajes y jaló la soga con la que tenía atado a su mascota. Miró a ambos lados y siguió caminando, se puso los audífonos pero nada volvió a ser igual.

Camille se cepillaba el cabello y pensó en la lata de jugo que descansaba vacía en la cubeta para la basura dentro de su cocina. “Hace años que dejé de tomar jugo de naranja, ¿por qué estaba aquí si…?” pensó, cuando de pronto, comenzó a dolerle la cabeza, cerró fuerte los ojos y visualizó imágenes de latas de naranja, niños, pinturas y a un chico que desconocía pero que recordaba que tenía una cita con él aquella noche.

Pedro sacaba las llaves de su bolsillo cuando un fortísimo dolor de cabeza comenzó. Fue tanto el dolor que se arrodilló, cerró los ojos y lágrimas, producto del dolor, comenzaron a salir. Imágenes de una mujer rubia y delgada aparecieron, planos de edificios, jugo de naranja en lata y una cita con una novia que no conocía hasta ese momento. El dolor se fue tan rápido como llegó, abrió los ojos y se encontró en la puerta de su casa. Sostenía una correa de perro pero al otro extremo no había nada. Fue entonces cuando la correa comenzó a desaparecer, Pedro lejos de sorprenderse pensó que el perro había desaparecido como la correa.

A veinte kilómetros de allí, en la carretera, el viento tranquilo de la noche dejó de serlo y empezó a chocar contra los arbustos, las ramas de los árboles se agitaban y una luz cegadora nació en medio de la nada. Como si fuera cortada con una tijera, el paisaje se abrió y un hombre salió corriendo de la abertura, hasta detenerse de golpe cuando estuvo a punto de chocar con un árbol. Un par de segundos después, la abertura se cerró y la luz se apagó. El hombre jadeaba como un animal sediento, cayó de rodillas y luego se echó en el pasto mirando a la luna en fase cuarto menguante que le sonreía. El viento dejó de arreciar y todo volvió a la normalidad.

“Casi no lo logro” se le escuchó decir en medio del silencio de la nada. “Veamos qué ha cambiado”. Sintió expectación y orgullo por su trabajo. Los tatuajes en el brazo iban desapareciendo conforme pasaban los segundos. Sabía que tenía que descansar al menos dos meses después de un viaje, y que usaría ese tiempo para ver sus logros como trofeos en su repisa. 
Se levantó del suelo, se cubrió el cuerpo con una túnica con capucha y caminó directo a la ciudad, en medio de la oscuridad.