Privacidad

Vivimos conectados, no lo vamos a negar. ¿A qué? A nuestro entorno, por supuesto. Este mundo tiene muchos años, pero hay otro “sub-mundo” que se ha ido fraguando desde no hace mucho: Internet. A día de hoy tener WiFi en casa, correo electrónico, redes sociales, un teléfono con Internet o cualquier cosa que se le apegue el prefijo “Smart- “es lo convencional. No viví los 90 así que no puedo comentar su evolución, sin embargo, ahora que soy algo más consciente, me doy cuenta de lo intrusivo que es esta cueva a la que llamamos la red en cuanto a nuestra vida personal; tenemos la mala costumbre de compartirlo todo (no me incluyo, pero bueno) como si fuésemos gritando por la calle que nos vamos de viaje o que nos estamos tomando un coffee en el Starbucks; no sé si me explico. Lo de escribir en el diario es una antigualla, ahora tienes Twitter, Facebook, Instagram, Snapchat… Y lo peor de todo es que el 90% (relativamente) de los que usan estos servicios no son conscientes del riesgo que conlleva. Cuando te registras en cualquier página web y te pide que te leas los infames Términos y condiciones de uso es para que luego no vengas quejándote de que si “yo no acepté esto” o “no lo sabía”. Bien, pues en ese texto enorme aparece claramente que tienen acceso a tus datos e información personal para hacer uso de ellos de manera administrativa. Esos datos son públicos (dentro de un servidor cifrado e historias…) y hay mucho maleante suelto.

A mediados de 2013, Edward Snowden, ex agente de la NSA, reveló a través de The Guardian y The Washington Post los programas de vigilancia masiva que Estados Unidos llevaba a cabo. Los informes que reveló mostraban detalles sobre el programa secreto PRISM. Este sistema consiste en obtener los metadatos de todos los movimientos dentro de una red (GPS, Internet…) para almacenarlos y tener acceso a ellos en cualquier momento. La información iba desde tu historial de búsqueda a tus conversaciones por teléfono y movimientos por tu entorno. Básicamente, destruir tu barrera de privacidad como persona y usuario. La recopilación de información es global, sobre todo en países como Rusia o Afganistán. Pese a que las compañías atacadas afirmaron en su momento que la privacidad y la seguridad de los datos que almacenan está totalmente encriptada y protegida, me temo que no es verdad. Dicho esto, ¿en serio puede cualquiera seguir pensando que está totalmente aislado de la intrusión digital? Hasta en la Declaración Universal de los Derechos Humanos se dicta que “nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques”. Por libertad en Internet se entiende la libertad de expresión, respeto a la vida privada y a la confidencialidad en las comunicaciones.

Pese a todo esto, hay algo que me preocupa incluso más: nuestra pérdida de la individualidad. Nos hemos convertido en una mera colección de números. Sé que esto se sale del tema que quería comentar, pero, aunque no lo parezca, tiene algo que ver. Tratamos de ser nosotros mismos, pero tenemos una identidad prefabricada (Vásquez Rocca, 2007). La inclusión de la tecnología en nuestra vida cotidiana nos lleva por caminos muy extraños, pero a la vez sorprendentes, si nosotros queremos, claro. No perdamos de vista lo que somos, nuestra singularidad como usuarios y como personas. Aquí hay algo que falla, ¿la hegemonía capitalista-consumista? Puede, no te diré que no.

Me recuerda muy vagamente a la excelente novela 1984. En ella se describe una sociedad totalitaria, más bien distópica. ¿Por qué lo estoy relacionando? A mi parecer esto se está empezando a convertir en lo que describió Orwell en su momento: sociedad dominada por un gran poder (supongamos que Estados Unidos indirectamente) que utiliza métodos antimorales para tener control sobre el resto. Llámalo consumismo o publicidad. Sí, la publicidad hace daño por debajo, sin que te des cuenta. Ir en el coche y ver un cartel de cualquier cosa, en esa pausa de 6 minutos que hace la televisión cuando estás viendo una película, carteles en una parada de autobús… Todo eso suma y es muy sutil, aunque en realidad es pura psicología, está todo pensado. Odio irme por las ramas, pero voy a permitirme hacerlo un poquito más: la película Ghost in the Shell. Como fan de la ciencia ficción me encantan las distopías y el ciberpunk, las atmósferas que tienen son espeluznantes, pero a la vez se te ocurre pensar que podrías vivir eso en unos cuántos años. Como iba diciendo, Ghost in the Shell transcurre en un mundo que ya es dominado totalmente por la electrónica y una red universal. Te presenta la barrera del fantasma que éramos (desde el punto de vista de su mundo) que ahora está encerrado en esta concha mecánica. No estoy diciendo que crea firmemente en que el estilo de vida que se lleve de aquí a 40 años sea ese, pero esa “concha mecánica” de la que se habla en la película se podría identificar con la burbuja en la que vivimos nosotros como seres de la era digital. A ver, no es culpa nuestra eso de vivir controlados, pero si pusiésemos un poquito más de esfuerzo en entender nuestra situación se acabaría con bastantes desgracias.

Como resumen de este batiburrillo de ideas (conectadas o no) debo decir que como miembro de esta macro comunidad como es Internet, y además bastante activo, percibo los peligros que esta conlleva, pero aun así los tengo vigilados para no verme afectado. Todo el mundo debería ser así porque si no, seguiremos en la dirección esta de ovejas descarriadas. Nos creemos que pastamos en un campo verde y muy extenso, pero las barreras son invisibles y no están más allá de escasos metros.

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