Agnóstico

Te despertás porque a tu cuerpo le duele la cabeza y no quiere que sigas durmiendo. Son las 5:42 de la mañana, es octubre y todavía no sale el sol, pero a través de la ventana y de las cortinas que dejaste entreabiertas antes de acostarte, adivinás el alba.

El dolor florece en el costado izquierdo de tu cabeza y con un dedo ancho y firme te aprieta el ojo desde atrás. Es el dolor de la resaca, pero no tomaste alcohol antes de acostarte. Te regañás por haber bebido poca agua durante el día, ni la mitad de los dos litros recomendados por el saber popular, ese que casi siempre se equivoca. Recordás el ringtone del celular que te despertó y sentís esa misma curiosidad perversa que mueve a la protagonista de una película de terror a abrir esa puerta que sabe que no tiene que abrir. El silencio en la habitación es como un algodón de azúcar, y también te repugna. Carraspeás para desgarrarlo con la cacofonía producida por tu cuerpo que te asegura que estás de este otro lado, el de la vigilia, el de la jaqueca, el de los mensajes que llegan desde el éter y se convierten primero en electrones y después en letras y después en algo ominoso, indefinido, pero tangible y real.

Estirás la mano hasta el teléfono que espera con disimulada malicia. Tus dedos se mueven mecánicamente por la estéril pantalla, tocando siempre el mismo vidrio frío, hasta llegar al mensaje. El silencio ya se ha recuperado del desgarro y te envuelve nuevamente, pero aprendiste que es inútil darle batalla y te concentrás en el latido de tus sienes y en el ronroneo de la sangre que pasa cerca de tu oído interno.

La luz de la pantalla invade con cierta timidez y cadencia la oscuridad de la habitación. Pero enfrentada a tu cara es muy brillante para tus ojos, que se entrecierran involuntariamente. Pero ¿qué es la voluntad?

Esperás a que tus pupilas se adapten al brillo y esas manchas borrosas vuelven a ser letras que el espacio agrupa en palabras. Desde un círculo como la yema de tu dedo ella te sonríe. Lées primero su nombre y después el mensaje. Una, dos veces. Tres, para que el golpe sea contundente.

Creés adivinar el vértigo creciendo en tu estómago, pero resuelto y con inesperada tranquilidad, le negás la mirada al teléfono y la mandás a volar por la ventana en la que se adivina el alba, pero mucho más allá del alba, hacia esa luz que llega desde un pasado donde nada de lo que conocés existía, y razonás, con total lucidez, que tu mirada llegará a esas estrellas en un futuro donde nada de lo que conocés va a existir.

Volvés de ese breve viaje por la eternidad inundado por una especie de calma que se parece mucho a la más profunda de las resignaciones porque, en ese espacio y tiempo infinitos, tus finitos problemas ya no importan.

El universo, pensás, es agnóstico a todos nosotros.

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