Las cosas
Las cosas llegan, creemos, por necesidad, elección, comodidad, gusto o capricho. Y se van, creemos, por las mismas razones. Nos contamos el cuento de que las cosas están para servirnos, para facilitarnos eso que llamamos “la vida”, que en realidad no es más que el aspecto mecánico y operativo de un universo metafísico que no podemos terminar de comprender.
Creemos que las cosas son dispensables según nuestra voluntad, y a voluntad generamos montañas de cosas que a partir del momento de la disposición pasan a denominarse “basura”. El autito cuyas ruedas ya no se mantienen aferradas al eje, el pantalón manchado con pintura de la enésima capa que tuvimos que aplicar por ser los enésimos inquilinos que dejaban aquel departamento, la pantufla que quedó huérfana de par, un vaso roto por el que pasaron muchas bocas que bebieron muchos líquidos, una jeringa hipodérmica con restos de antibiótico, un blister vacío de pastillas, incluso restos de nuestro propio cuerpo, como el pelo, las uñas, la sangre.
Simplemente nos dejan de servir, y allá van las cosas, transmutadas en basura.
Pero a veces las cosas se rebelan disimulada y silenciosamente. Con la lentitud de años, pero con la persistencia del segundo, las cosas van adquiriendo importancia y poder y antes de que nos demos cuenta, nos han comenzado a poseer.
Es la historia lo que da poder a la cosas, entendiendo “la historia” como la acumulación de unidades mínimas de intimidad. Con el uso, las cosas pierden el genérico para adquirir identidad, se van amoldando a nosotros, y se aseguran de estar siempre ahí, exactamente donde y como esperamos que estén. Se vuelven familiares, cotidianas. Son el decorado y los actores de reparto de nuestras historias y anécdotas.
El mate con el que desayunamos los dos casi todas las mañanas y la bombilla levemente mellada por nuestros dientes; la cama donde dormimos, a veces abrazados, otras dándonos la espalda, donde también hicimos el amor y donde también cogimos, esa cama que parece una superficie única pero en realidad está dividida en dos (tu lado y el mío); la biblioteca donde fuimos poniendo los libros, y los libros mismos; los adornos que con algún criterio fuimos colocando en la biblioteca; todas esas cosas fueron desgastándose, manchándose, desluciéndose, juntando polvo, acumulando poder, y ahora, cuando es hora de dejar de ser dos, las cosas conjuran y no nos dejan, nos demoran, nos hacen recordar, sentir y dudar.
Con su poder, las cosas cambian el tiempo de lugar y ponen el Pasado justo enfrente nuestro, donde debería estar el Futuro; nos muestran ese Pasado de a dos construido por miles de pequeñas ilusiones y esperanzas que, como esclavos de un faraón egipcio, dieron su vida para que nosotros tuviéramos la nuestra. Entre sonrisas y suspiros empezamos a revalorizar el Pasado que nos muestran las cosas, y esa revalorización (probablemente desmedida) no es otra cosa que la nostalgia, y de la nostalgia nace –o renace– la ternura, y con la ternura nuestros cuerpos –que son también cosas– comienzan a llamarse y a atraerse hasta que cedemos y, tirados entre las cosas y sobre las cosas, nos besamos, hacemos el amor, cogemos.
Así, día tras día, las cosas demoran un poco más lo inevitable: que separadas pierdan historia, pierdan poder, y se transformen en basura. Y que nosotros nos perdamos el uno al otro y nos transformemos en recuerdos, que son la basura de haber vivido.
