Mar del Plata

Mar del Plata en invierno es como una vieja prostituta en la mañana. Despeinada, el aliento rancio de alcohol y cigarrillo que viene desde el fondo del estómago, los dientes manchados por la nicotina y limados por el bruxismo, el maquillaje corrido, el esmalte de las uñas saltado y los dedos lastimados por la ansiedad (su madre la retaba cuando se los llevaba a la boca), las arrugas, los moretones (siempre hay de esos clientes) y un gesto mezcla de derrota y de resignación que deforman sutil y permanentemente sus rasgos como los alambres a las ramitas de un bonsai. Pero si miramos bien, si caminamos por el pasillo angosto de nuestros propios prejuicios hasta la salida y nos encontramos con ella, podemos darnos cuenta de que en su interior algo inmenso y antiguo se mueve con un rugido sordo, algo que va y viene embistiendo el filo mellado de su alma con increíble fuerza y constancia.
Eso la mantiene viva.
Eso la mantiene despierta.
