El poder del NO

Decir que no es un arte, resulta complejo decirlo sin herir al otro, sin decepcionarlo o bajar sus expectativas, sin producir incomodidad o malestar en la persona que hace la solicitud. En algunas culturas más conservadoras, el NO puede ser sinónimo de despotismo, arrogancia o falta de educación.

Por otra parte, en la crianza usamos el NO sin querer o queriendo constantemente, en un discurso repetitivo de aquello que está prohibido o que resulta “mal hacer”; no contestes mal, no dejes comida en el plato, no enciendas de nuevo la TV. Todas estas frases van dejando impacto en el niño, y el NO se convierte en un principio, y lo que se debe hacer no queda claro, pero sí lo que está prohibido.

Ante esto hay dos posibilidades; o desarrollas una estructura fuerte por fuera, débil por dentro, donde la regla y la prohibición se adueñan de tus acciones, o, por otra parte buscas siempre la oposición a ese NO frustrante y repetitivo.

El NO como modelo de crianza (así lo llamo)

En éste punto, el NO debe ser regulado y todo tiene que ver con la lingüística y el uso de las palabras. Por ejemplo: Si a un niño quiero decirle que no grite, puedo simplemente decir “baja la voz”. Si necesito que no deje comida en el plato puedo decirle“comete todo” y así.

¿Suena fácil verdad?. Pero la dificultad radica en que venimos desde la infancia, programados con el NO, y es una de las primeras palabras que siempre en situaciones límite se nos ocurre decir. Incluso, para decir un simple detente decimos NO, quitándole además importancia al verdadero buen uso del mismo: poner un límite a lo que queremos hacer y lo que no.

El NO como respuesta (límite)

Ante una petición, que nos desagrada o para la cual no nos sentimos preparados, el NO puede ser vital, y es ahí donde cobra sentido y donde se encuentra su buen uso. Cuando decidimos negarnos a una actividad, a una tarea, a una acción que viene de afuera, estamos marcando un limite y reconociéndonos a nosotros y a los demás, que aceptar o negarme forma parte de mi repertorio de vida, y que mi decisión vale.

Lo anterior, genera un impacto muchas veces negativo en el otro, que está esperando una respuesta afirmativa a su petición o demanda, pero obtiene lo contrario. Ante éste panorama, algunos más dependientes del reconocimiento y afecto, prefieren siempre complacer dicha demanda, y evitar mostrarse como un contrario, asegurándose de que complacen al otro.

Pero la realidad, es que no estamos hechos para complacer al otro, mucho menos para cubrir expectativas ajenas, primero debemos cubrir las nuestras: principios, valores, pensamientos, criterio y emociones. Y para ello, lo mas importante es conocerse a si mismo, y saber que les gusta y que les disgusta, hasta donde somos capaces de llegar y bajo que parámetros podemos funcionar. Entonces el NO en el momento en que realmente queremos negarnos a algo, es una forma de hacernos valer, de resguardar la dignidad y la autenticidad.

Luego, es necesario comunicar las ideas de forma clara, y si es necesario negarse a un pedido, hacerlo de manera asertiva y respetuosa, de ese modo, estás asegurando en un 50% la actitud del que recibe el NO. Sin embargo, debemos ser realistas: no depende totalmente de nosotros como el otro recibe aquello que le trasmitimos, en realidad, decirlo asertivamente es una manera de dejar claro que la intención no es molestar, pero el otro es libre de asimilarlo como un limite o como un acto grosero o decepcionante.

En conclusión

El NO es una palabra corta, fácil de aprender, pero difícil de usar de forma adecuada y precisa; decir que NO y obtener los mejores resultados, para sí mismos y para el otro, es todo un Arte.

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