Receta para la tragedia en RCA

La escalada de violencia de los últimos meses agrava la crisis humanitaria

UNHCR/ Cassandra Vinograd

En República Centroafricana (RCA) tienen todos los ingredientes para una nueva tragedia. El país está deslizándose nuevamente por la senda de la violencia ante el recrudecimiento de un conflicto que comenzó en 2013 y que no ha llegado a superarse del todo, si bien la elección de Faustin Archange Touadera como presidente en la primavera de 2016 trajo consigo un periodo de esperanza y de relativa calma.

En los últimos meses los ataques obra de los numerosos grupos armados activos en el país se han sucedido, algunos de los cuales han tenido como escenario ciudades y localidades que habían conseguido salir indemnes de la primera oleada de violencia, que tuvo su momento álgido en el año 2014.

Pero ¿cómo empezó todo y cómo se ha llegado a la situación actual? En marzo de 2013 los rebeldes de Séléka, integrados mayoritariamente por musulmanes, derrocan al presidente centroafricano, François Bozizé, un cristiano del sur, e instalan en el poder a Michel Djotodia, un musulmán del norte. El enfrentamiento interreligioso estaba servido en un país donde el 85% de la población es cristiana y el 15% musulmana.

Ante los atropellos que los milicianos de Séléka estaban cometiendo en todo el país, surgen rápidamente grupos de autodefensa conocidos como ‘anti-balaka’ (anti-machete en la lengua local) e integrados mayoritariamente por cristianos del sur. La espiral de violencia que siguió, con ataques y saqueos por ambas partes a la población de la religión contraria, provocó la intervención de Francia y la Unión Africana, que en diciembre de ese mismo año forzaron la salida de Djotodia y la creación de un gobierno de transición con Catherine Samba Panza al frente.

Pero ello no frenó la violencia. Los ‘anti-balaka’, sintiéndose en buena medida vencedores, siguieron con sus tropelías, matando y mutilando a musulmanes — una investigación de la ONU cifra en entre 3.000 y 6.000 las víctimas de la carnicería — . En este contexto, el Consejo de Seguridad de la ONU aprueba la creación de una fuerza de paz para RCA, la MINUSCA, dotada con 12.000 efectivos.

Gracias a su actuación, y la del Gobierno interino, la situación se calma y en la primavera de 2016 se celebran elecciones de las que sale vencedor Touadera. Su elección supuso un soplo de esperanza y en los meses siguientes se registró una cierta mejora de la seguridad, sin embargo esta no se ha consolidado más allá de Bangui. El Gobierno ha mostrado tener serios problemas para ejercer su mandato más allá de los confines de la capital.

El respiro para el nuevo presidente duró poco y desde finales de 2016, pero sobre todo a partir de mayo, los enfrentamientos se han sucedido con demasiada frecuencia, provocando un nuevo éxodo masivo de centroafricanos, muchos de los cuales han huido hacia los países vecinos. Bangassou, Bria o Zemio son solo algunos de los escenarios de los últimos ataques, obra tanto de antiguos Séléka como de ‘anti-balaka’, así como de otros grupos armados.

Los enfrentamientos se están trasladando hacia el sur a las provincias de Haute Kotto, Basse-Kotto, Haut Mbomou, y Mbomou, y son los más mortíferos desde que en 2014 se produjo la división en las filas de los Séléka. Paradójicamente, ha sido esta división la que ha permitido la aparición de extraños aliados en los últimos tiempos.

Actores armados

Los dos principales grupos de antiguos Séléka son el Frente Popular para el Renacimiento de Centroáfrica (FPRC), integrado por varias facciones y apoyados por algunos ‘anti-balaka’, y la Unión para la Paz en Centroáfrica (UPC), que está integrada principalmente por fulani — un pueblo nómada — . Ambos grupos se han enfrentado por el control del territorio — y de los ricos recursos que hay en él — en distintas partes del país y el FPRC ha conseguido expulsar a la UPC de algunas zonas en Haute-Kotto y Ouaka.

La disputa entre ambos parte del llamamiento por parte del FPRC, que lidera Noureddine Adam, a crear un estado independiente en el norte de RCA, que rechaza la UPC, liderada por Ali Darassa. Este se ha venido rechazando desde 2014 los llamamientos a reunificar Séléka, contestando así la hegemonía que pretende ejercer el FPRC.

El hecho de que la UPC esté compuesta principalmente por fulani — o peul — ha generado ataques contra esta comunidad a los que se trata de presentar como extranjeros, procedentes de Nigeria o Chad, dando a la violencia también un cariz étnico.

No obstante, según informaciones aparecidas en los últimos días, podría estar en marcha una reconciliación entre estos dos grupos. En un comunicado remitido a ‘Jeune Afrique’, el FPRC ha anunciado que Darassa pasa a ser vicepresidente del Consejo Nacional de Defensa y Seguridad (CNDS), la coalición que encabeza Adam. Por el momento no hay confirmación desde la UPC de que su líder haya claudicado y optado por cerrar filas con su archienemigo. La unión de las principales facciones de los antiguos Séléka podría dar un giro a la situación en el país, está por ver si para bien o para empeorar aún más las cosas.

Por otra parte, para defender a los fulani — de religión musulmana — de los ataques de los ‘anti-balaka’ en el oeste del país, a finales de 2015 surgió el grupo Retorno, Reclamación y Rehabilitación (3R), quienes se han hecho con el control de algunas zonas.

En lo que se refiere a los ‘anti-balaka’, carecen de un mando conjunto y se calcula que los distintos grupos contarían en total con hasta 85.000 combatientes, aunque existe un núcleo duro que opera en el triángulo Bossangoa-Bouca-Batangafo y que cuenta con apoyo del expresidente Bozizé y su partido.

Entretanto, a finales de agosto, Gaétan Boadé, un líder ‘anti-balaka’ en Bambari creó la Agrupación de los Republicanos (RDR), tras romper la alianza que mantenía con el FRPC ante las violaciones cometidas por este grupo.

Según destaca el think-tank International Crisis Group en un reciente informe, la retirada en abril y mayo de 2017 de las fuerzas especiales estadounidense y ugandesas — Uganda tenía 2.500 efectivos — desplegadas para luchar contra el Ejército de Resistencia del Señor (LRA) de Joseph Kony “ha creado un vacío de seguridad que ha engendrado un reposicionamiento de grupos armados importantes y una explosión de la violencia en el sureste” sin que la MINUSCA haya podido hacer nada para evitarlo.

De acuerdo con un informe de la ONU sobre las violaciones de los Derechos Humanos en el país entre el 21 de noviembre de 2016 y el 21 de febrero de 2017, al menos 133 civiles murieron a manos de grupos armados solo en las localidades de Bria y Bakala, 111 de ellos a manos de la UPC y 22 de FPRC.

Crisis humanitaria

ICRC / Virginie Nguyen Hoang

El resultado de esta escalada de la violencia ha sido un deterioro de la ya complicada situación humanitaria en RCA. Según los últimos datos de la ONU, entre febrero y septiembre de 2017 ha habido unos 191.000 nuevos desplazados, lo que suma un total de 600.000, la cifra más alta desde agoto de 2014 y un aumento del 50% en lo que va de año. El 60% de estos deplazados ha buscado refugio en comunidades de acogida, lo cual dificulta el suministro de asistencia.

Por otra parte, unos 513.000 centroafricanos han buscado refugio en los países vecinos, lo cual supone la cifra más alta desde que estalló el conflicto en diciembre de 2013. De ellos, entre 230.000–300.000 están en Camerún, 167.000 en República Democrática del Congo (RDC), 30.000 en Congo, 73.000 en Chad, y 1.800 en Sudán del Sur.

Teniendo en cuenta que se calcula que RCA tiene una población de unos 5 millones de habitantes, una de cada cinco personas se ha visto desplazada por la violencia, tanto dentro como fuera del país. Además, 2,4 millones de personas necesitan asistencia humanitaria — casi la mitad — y hay 2 millones en situación de inseguridad alimentaria, es decir, que tienen dificultades para encontrar alimentos y pasan hambre. De ellas, 1,1 millones necesitan ayuda alimentaria urgente para subsistir.

IOM / Amanda Nero

Según ha alertado la coordinadora humanitaria de la ONU en RCA, Najat Rochdi, en el sureste del país se habrían producido ya muertes de niños por desnutrición. Hasta diez niños habrían muerto en la zona, en la que no hay presencia de organizaciones humanitarias debido a la inseguridad, lo que impide confirmarlo, según Rochdi.

Por ahora las perspectivas de mejora no son halagüeñas. Según la última evaluación realizada por la FAO, aunque la estación de lluvias entre marzo y septiembre ha sido como corresponde, la inseguridad ha afectado a la actividad agrícola, dificultando el acceso a las tierras de cultivo, por lo cual se prevé que la cosecha será menos cuantiosa que la media de los últimos cuatro años. También se han visto perturbados los mercados, con lo que el acceso a alimentos y a una dieta variada se hace cada vez más complicado para los centroafricanos.

Para paliar esta grave crisis, las organizaciones humanitarias están haciendo todo lo posible por atender a la población necesitada. Sin embargo, se topan con tres grandes obstáculos: la inaccesibilidad de buena parte del país por la falta de carreteras, la inseguridad — ha habido 200 ataques contra ONG en los que han muerto doce trabajadores en 2017 — y la falta de fondos. Para este año, la ONU ha solicitado 497,3 millones de dólares, de los que solo se han recibido 151,5 (30,5%).

Esfuerzos por la paz

El carácter interreligioso del conflicto ha hecho que muchos líderes cristianos y musulmanes hayan intervenido para evitar las represalias entre ambos grupos. Especialmente conocidos son los esfuerzos del arzobispo de Bangui, Dieudonné Nzapalainga, y del imán de la misma ciudad Kobine Layama, a los que popularmente se conoce como ‘los mellizos de Dios’. En el momento álgido del conflicto, cuando en Bangui se perseguía a los musulmanes, el cardenal acogió al imán en su casa durante seis meses.

También ha habido algunos tímidos esfuerzos exteriores por solucionar el conflicto por parte de las organizaciones regionales y de países vecinos como Chad y Angola, que quedaron aglutinados en una propuesta de mediación de la Unión Africana en marzo de 2017 que aún no ha dado frutos.

Por su parte, la comunidad católica de Sant’Egidio consiguió el pasado junio que trece de los catorce grupos armados del país — salvo 3R — firmaran un acuerdo que contemplaba un alto el fuego inmediato y la instauración de una comisión para la verdad y la reconciliación, pero al día siguiente quedó en papel mojado y se reanudó la violencia.

A nivel interno, como resalta International Crisis Group, los esfuerzos del Gobierno han estado centrados en la discusión con los grupos armados del proceso de Desmovilización, Desarme, Reinserción y Repatriación (DDRR). Sin embargo, éste proceso avanza muy lento. Aunque está ya en marcha un proyecto piloto para 560 combatientes — 40 de cada grupo — y varias decenas ya se han desmovilizado, “esto no es sino un tratamiento homeopático dado el número de milicianos armados en el país”, subraya el think-tank.

MINUSCA

En este contexto, en noviembre toca renovar el mandato de la MINUSCA, que ha demostrado carecer del mandato y los efectivos para garantizar la seguridad en el extenso país. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha pedido al Consejo de Seguridad que eleve el techo de efectivos y que también “incremente su capacidad, su movilidad y su posibilidad de abordar los retos tan dramáticos a los que se enfrenta”.

Guterres, que visitará el país con motivo del Día de Naciones Unidas el 24 de octubre, ha dejado claro que “no hay una solución militar a esta crisis” y ha denunciado que RCA ya ha tenido “suficiente brutalidad, suficiente división, suficiente conflicto”. “Mi próxima visita será una oportunidad para hablar con el Gobierno y otros para aliviar el sufrimiento, parar la actual recaída y fortalecer el apoyo internacional para la paz”, ha indicado.

La eventual retirada de los efectivos de la ONU, advierte Audu Bulama Bukarti, del Tony Blair Institute for Global Change, dejaría “la seguridad de uno de los países más pobres del planeta en manos de un gobierno frágil” lo cual tendría “unas consecuencias horrendas”. Por ello, aboga no solo por renovarlo sino ampliarlo con más efectivos y recursos para que “afronte este creciente baño de sangre” y que su misión sea “perseguir el desarme integral de los milicianos y las comunidades”.

A este respecto, ICG sostiene que es necesario combinar los esfuerzos diplomáticos con “una fuerte presión”, lo que pasa no solo por aumentar los efectivos de la MINUSCA sino que estos sean “capaces de disuadir seriamente a los rebeldes”. “De forma paralela, el arresto y juicio de líderes rebeldes que organizan grandes ataques contra civiles debería ser un objetivo primario”, sostiene.

Por otra parte, considera que sería positivo “animar a elementos pragmáticos de los grupos armados a desempeñar un papel más positivo”, que vaya más allá de la integración de algunos combatientes en el Ejército, ofreciendo la posibilidad a algunos líderes de “asumir un papel más político a nivel local”.

En opinión de Bukarti, también es vital trabajar en pro de la tolerancia, el respeto y el entendimiento mutuo. En su opinión, la situación actual en RCA “es resultado de décadas, sino siglos, de arraigada sospecha y enemistad mutua entre grupos religiosos y étnicos”. “Los niños criados como cristianos o musulmanes están programados para odiar y vilipendiar al otro. Crecen casi como especies diferentes en el mismo entorno, ya que apenas interactúan”, advierte. La creación de escuelas multirreligiosas sería, a su juicio, un instrumento útil, igual que la ayuda de líderes religiosos y tribales.