Siento el temblor, estaba inmersa en mis pensamientos, los de siempre. La inercia lleva a mi cuerpo hacia adelante y no lo puedo evitar porque estaba desprevenida. Mis manos, heladas, consecuencia de ausencias irrevocables, el sol se escondió en todos lados y no tiene intención de volver a salir. Apoyo la cabeza contra la ventana y me encandilan las luces de esta enorme ciudad.

Creo que algún día dejaré de escribir sobre él, espero ansiosa ese momento de olvido. Pero es que nadie puede conocerlo tanto como yo. Nadie me conoce tanto como él, incluso inmersos en hermosas palabras, me lo dijo. “No conozco a ninguna mujer tanto como te conozco a vos” esas palabras retumban junto con una interminable lista que esta semana se encargo de profesar para mi y para mi cabeza. El corazón dudo que lo conserve, se lo llevó él hace un tiempo y por lo que sé no tiene la intención de devolvérmelo, no al menos sin antes detonarlo una vez mas.

Y entonces me acerca y me aleja día tras día. Se asegura que mi cuerpo y alma le pertenecen y retrocede una vez mas. Teme amar aún mas que yo. No lo juzgo, lo que pasa cuando estamos juntos es imposible de expresar en palabras. Ningún diccionario del mundo puede contener la descripción de nosotros en un mismo lugar, mirándonos, explorando cada centímetro, anhelando que jamas se termine y que el tiempo se congele en ese mismo instante en que nuestros ojos se encuentran.

Pego un salto, otra vez estaba con el, en otro planeta que aún no existe, pero que es mi favorito. La ventana golpea mi cabeza y esta tan fria que duele. Y entonces llego a donde siempre, ahí yace todo lo que me pertenece, él nunca está. Lo busco aunque se que no está. Se que no va a venir, porque el esta esperándome del otro lado de la autopista. Esperándome para llevarme al infierno una vez más. Y que divertido puede ser estar ardiendo, con ese demonio.

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