Ya no fui mía.

Decidí abrir los ojos a pesar de mi voluntad de no hacerlo. Mis piernas temblaban, mi cabeza subía y bajaba rápidamente apoyada en su vientre por la velocidad de su respiración. Mi mano estaba tomada de la suya, como si un huracán acabara de pasar provocando el caos mas terrible al que me enfrente en mi vida, el amor. Levante despacio mi cabeza y mis ojos fueron a su encuentro, hicieron estruendo cuando encontraron su sonrisa ¡Por favor! si alguna vez vieron el mar cuando esta amaneciendo, déjenme decirles que toda esa misma magia, toda esa misma paz, toda ese mismo encanto existe, pero en su boca.

Y yo, siempre ilusa, fui a producir el adiós interno que creí necesitar. Ni en un millón de años quería decirle adiós a esos ojos cargados de realidad, una realidad que solo existe entre esas cuatro paredes, una realidad imborrable de nuestras mentes perversas. El único adiós que fui capaz de decir fue el de mis juicios mentales me despedí de mi cordura durante horas, abandoné a mi yo pensante para recibirme cargada de sentimentalismo. Otra vez caí en peso muerto sin la mínima voluntad de moverme de ahí, de esa red que me atrapa una y otra vez y empiezo a pensar que no todos los prisioneros queremos estar libres.

Lo miré hasta que mis ojos volvieron a cerrarse, pedían un poco de compasión ante esas miradas incesantes acompañada por dos corazones que por un segundo me hicieron creer que eramos inmortales con ese latir que ya parecía una melodía, la que nunca quería dejar de escuchar, sabia que era ese el sonido con el quería dormirme cada noche y levantarme cada mañana. Pero yo permanecí con mis ojos cerrados, no quería abrirlos, sabia lo que eso significaba, lo que él significa, su poder. Me tenia ahí y yo era suya. En ese momento yo fui mas suya que mía, no quedaba nada de mi que me perteneciera y él lo sabía, él lo tenía todo.

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