El viaje misterioso de nuestro Chile: quizá ya no somos más un solitario e insignificante punto en un caduco planeta orbitado por un sol frío e indiferente

Rubén Santander
Nov 3 · 5 min read

Notas sobre la insurrección de octubre al sentido común y del humor

Manifestante en la marcha del martes 29 de octubre

Hace unos días Giovanna Grandón, la mujer atrapada dentro del cuerpo de Baila Pikachu, concedió una entrevista a radio Cooperativa. Vecina de Lo Hermida, contó que en su población no se vivió el toque de queda aludiendo a que, como es habitual durante todo el año, no había presencia policial (ni militar) que controlara la medida. “Nosotros estuvimos caceroleando en la esquina con los vecinos. Nos juntamos harto, que no nos veíamos hace… porque uno hace la vida, uno trabaja, vuelve, trabaja, llega a su casa, cena y duerme, entonces uno pocas veces ve a los vecinos todos reunidos en la esquina… estuvimos así varios días hasta como las 3 de la mañana”.

Este tipo de cosas se ven por todos lados. La propaganda implementada por el gobierno tras la declaración de guerra de Piñera, ese mensaje que separaba a los chilenos entre malos y buenos y cuyo símbolo fueron los “chalecos amarillos”, fallaba cuando los equipos de prensa llegaban a las villas en toque de queda y más que miedo a los “vándalos” las cámaras mostraban un feliz reencuentro entre vecinos, la imperiosa necesidad de reconstruir vínculos sociales entre pares.

En las redes sociales abundan los testimonios de mujeres y hombres que han aprendido a reencontrarse o encontrarse no sólo con la familia y los vecinos durante los días de estado de excepción y posteriores, en que el comercio ha cerrado temprano por las dificultades para trasladarse en Santiago: las personas también se han encontrado consigo mismas, con el ocio. Mónica atiende un negocio cerca de mi casa, en el centro de Santiago. Desde su mesón ha visto pasar todas las marchas. Cuando le consulté como habían estado estos días, esperando que me hablara sobre las penurias de un local con pocos clientes, me contó que había sido increíble poder llegar a su casa con luz y sentarse a tomar té, y que no sabía cómo iba a poder volver a la normalidad. Una normalidad que en su caso significa regresar después de las 9 de la noche a su hogar, de lunes a sábado.

Pero no sólo nos hemos encontrado con el ocio. Con el tiempo libre, también nos hemos topado con la inaudita posibilidad de pensar en nuestro entorno, en la sociedad en la que vivimos, en nuestro rol en la política. Y los cabildos ciudadanos han emergido de forma espontánea por todo el país.

Y con la política, con el tiempo para pensar desde la perspectiva de uno y también para conversar y pensar desde la perspectiva de los demás, nos hemos encontrado de golpe con nuestro sentido del humor. Durante décadas los chilenos hemos percibido que somos aburridos y apagados, faltos de imaginación cómica y renuentes a la risa y a las bromas. La generación que creció y nació en dictadura se educó y vivió en un clima artístico, cultural y social mainstream desolador, que nos imponía ese mensaje. La transición también nos enseñó que había cosas (innumerables cosas) de las que no era apropiado reírse. El caso más paradigmático es el de la televisión, donde a diferencia de la mayor parte del mundo, los programas dedicados a la comedia han sido escasísimos. La comedia siempre es política y puede ser crítica (reírse de lo viejo y lo propio) o reaccionaria (burlarse de lo nuevo y lo ajeno). En Chile ha primado el segundo tipo de humor y el ejemplo más paradigmático es Morandé con Compañía. Muchos intentos de hacer otro tipo de comedia han sido saboteados por la autocensura imperante en los canales o derechamente por la censura de sus ideológicamente inclinados editores, ejecutivos y dueños. Reírnos de nosotros mismos, como individuos o como grupo, pasa por reflejar a través de nuestras falencias las de nuestra sociedad y ahí siempre han estado los Cristián Bofill y similares para impedir que algo tan descabellado ocurra.

Pero las cosas han cambiado en los últimos años. Una nueva generación ha crecido prácticamente sin ver televisión, ni escuchar la radio, ni leer los diarios. Ahí no está su matriz cultural. Sus referentes se ubican fundamentalmente en internet, en YouTube, Netflix, Crunchyroll y en las redes sociales. Y en el encuentro entre personas antes que en los dictados de entes indeterminados (como fue para toda una generación la línea editorial de programas como Viva el lunes y otros espacios de esa línea). Esta mirada desprejuiciada (o con juicios muy distintos) ha permitido que en las marchas masivas puedan mezclarse sin oponerse los momentos más solemnes y los momentos más graciosos, los más emotivos y los más surrealistas. Carteles que ingeniosamente recogen oscuros momentos de las primeras temporadas de Los Simpsons se pasean junto a los que exigen respeto a los Derechos Humanos y justicia para las víctimas del gobierno. Y frente a esta novedad, los más viejos, aquellos cuya última referencia humorística mainstream fue De chincol a jote a fines de la dictadura, o los un poco menos viejos, los que vieron Plan Z al comenzar la transición, se han reencontrado con un humor chileno plagado de referencias, retruécanos, ironía y sinsentido.

Una académica portuguesa que, debido a su campo de estudio ha participado en marchas de todo tipo en diferentes partes del mundo, me contaba hace unos días que nunca había visto tanto sentido del humor y tan buenos chistes en el contexto de una revuelta social. Para consternación de los chilenos que la escuchábamos, que nos pensamos en general como apagados y aburridos, nos decía que los carteles y cantos que ha visto y escuchado en nuestras marchas de octubre son los mejores que ha conocido en su vida.

Las manifestaciones en Santiago siguen. Irán mutando con el paso de los días y pese a lo que creen los más entusiastas, aún no son una revolución. Aún no se establece ni se pacta un cambio profundo en nuestros modos de organizarnos y de tratarnos. Pero ya ha habido un golpe al sentido común del que será, por suerte, difícil reponernos. Ya probamos el reencuentro entre nosotros y con la risa mezclada con llanto que Raúl Ruiz intentó toda su vida recordarnos, y ese puede ser un sabor muy adictivo.

Rubén Santander

Written by

Antropólogo y Guionista.

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