24 de febrero de 2015 – Porque las mentes suelen cambiar en dos años, pero siempre es lindo visitar al corazón y recordar cuando nada era complicado, y todo era desconocido.

Me gusta(ba).

Me gustaba enganchar mis dedos por sus rulos, trazando círulos, sintiendo la infinidad de sus curvas. Me gustaba verlo dormir, cuando su respiración se relajaba y sus pestañas cerradas se movían ligeramente, en la plenitud del sueño. Me gustaba percibir de su fascinante descanso una inocencia latente, que continuaba allí a pesar de los años, tal y como la energía de un nene chiquitito esperando por algo grandioso. Me gustaba la forma en la que su espalda se arqueaba mientras cocinaba las pizzas más ricas del mundo, y los sonidos de las puertitas al abrirse cuando él buscaba cosas. Me gustaba cómo sus pies inconscientemente se torcían al caminar hacia mí y hacerme tropezar, la forma torpe e irresistible en que se balanceaba intentando cargar con todo para que yo no lo hiciera. Me gustaba el olor de su casa, cálido y dulce, refugio de mil sensaciones compartidas. Me gustaban las marcas que quedaban en mi brazo luego del recibimiento de su perrita. Me gustaba el tono de preocupación en su voz cuando pretendía hacerse el doctor y las miraba. Me gustaban las palabras que elegían sus padres al hablarme, mientras me preguntaban cómo estaba, y qué había en mi futuro -donde me guardaba el deseo de su presencia para mí misma-, y la consecuente sonrisa en mi rostro. Me gustaba sentirme más que una compañía temporal, más que una presencia con fecha de vencimiento. Me gustaba el sonido de nuestros pies al subir las escaleras de madera hacia su habitación. Me gustaba el aroma y la frescura que me acariciaban cuando la puerta se cerraba. Me gustaba pensar en la conversación que tuvimos, sintiendo las sábanas, mirando hacia lo profundo de las vigas del techo, recorriendo cada detalle de nuestros futuros. Me gustaba fantasear con que no habría tanta individualidad en la expresión. Me gustaba sentir su peso junto a mí en el colchón, entrelazando nuestros pies en una eterna caricia semi-abrazo.

Me gustaba que pudieramos decir todo y también nada, porque compartíamos las palabras y también el silencio. Me gustaba sentirme hermosa y la forma en la que me veía ante sus ojos, intocable, tal y como me hacía sentir, con el interés desbordándolos. Me gustaba hablar para él, contarle cada insignificante detalle de mi vida, porque sabía que le gustaría escucharlos, porque sus preguntas siempre esperaban a mis respuestas (y viceversa). Me gustaba el sonido de su voz incluso cuando criticaba mi estúpida manera de cortar el queso. Me gustaba la forma en la que ligeramente sus paletas estaban torcidas y creaban la sonrisa más única y real de todas, la sonrisa que jamás me cansaba de mirar y mirar. Me gustaba mirar su rostro, ver con precisión sus rincones, admirar cada forma y lugar. Me gustaba mirarlo y encontrar algo nuevo para añadir a la lista de cosas que me gustaban de su persona. Me gustaba que esa lista fuera interminable. Me gustaba que sus besos salieran de mi boca y terminaran recorriendo el resto de mi rostro, avivando la sensación de que su afecto rebalsaba tanto que era imposible de contener en ese espacio y necesitaba extenderse hacia toda mi persona. Me gustaba pasar mi dedo por su boca, que se hinchaba después de determinado tiempo, y era incluso más hermosa que antes. Me gustaba no pensar en él como algo perfecto, sino como la unión precisa de detalles imperfectos que estaban exactamente en el lugar donde tenían que estar para funcionar. Me gustaba que él fuera real, que el mundo tuviera la suerte de tener a alguien cómo el caminando por la calle, dibujando líneas que desembocan en sueños, en ciudades, en ruido, en felicidad. Me gustaba pensar en el todo el día e incluso más a la noche, añorando el momento en que sus brazos volvieran a rodearme en un gesto de saludo. Me gustaba pensar -locamente, ingenuamente, inocentemente pensar- en volverme parte de su familia, añadirme a una rutina, tomar un lugar que tuviera mi nombre.

Me gustaba imaginar charlas simpáticas con su hermana, maravillosa persona con tanto talento y bondad, mientras su mano acariciaba la mía bajo el mantel. Me gustaba que le gustara, incluso con cada cosa que a mí no lograba gustarme ni por asomo. Me gustaba su paciencia, me gustaba que no creyera que era tan fuerte como yo lo veía, porque sólo podía significar que esa fortaleza era incluso más grande de lo que yo podía percibir en la superficie. Me gustaba cuando las cosas se ponían raras y el miedo a hacer el ridículo no estaba, y se aprovechaba el desvelo y la falta de pena. Me gustaban sus críticas, su firmeza, el sentido que iba por detrás de sus opiniones. Me gustaba que aceptara las mías. Me gustaba despertar todas las mañanas sintiéndome afortunada que alguien fascinante como él tuviera ganas de estar con alguien como yo. Me gustaba pensar en él como «mi persona», porque creía con todas mis fuerzas que hay una persona para todos, destinada a querernos, y yo había encontrado a la mía. Me gustaba cómo mis pensamientos se enganchaban en mil cosas que tenían mucho y nada que ver a la vez cuando me ponía a pensar en la magnitud de mis sentimientos.

Me gustaba dedicarle canciones, capturar fracciones de sentimientos y encapsularlos en algunos minutos. Me gustaba pensar que a veces un par de instrumentos decían más que una boca o un par de dedos. Me gustaba esperar a las dos de la mañana para escuchar las canciones que él me había dedicado a mí, intentando conocer más sobre la manera en la que funcionaba su cabeza. Me gustaba sentirlo a él en las letras, pese a que no le gustara en absoluto su voz. Me gustaba cuando se ponía ronco por las mañanas y cuando se frustraba contandome cosas en pequeños audios. Me gustaba que compartiéramos secretos, secretos de la complejidad de una mente con otra, mapa indescifrable para todo intruso. Me gustaba acordarme de las cosas que escribí para él en su ropero, y de las cosas que él escribió para mí en cuadernos, carátulas, carpetas, e incluso la puerta de mi habitación. Me gustaba pensar que no había despedida definitiva, que eso no existía, que todo era un saludo que dejábamos en el aire y que pronto uno de los dos iba a volver a buscarlo. Me gustaba que no me hiciera falta nada, porque tenía todo lo que pudiera necesitar a mi alrededor.

Me gustaba la luz que entraba por la ventana de su habitación, despertándome a las seis de la mañana, casi como una alarma. Me gustaba recordar lo que se sentía despertar y verlo durmiendo a mi lado. Me gustaba estirar mi mano hacia su pelo, jugar con él, y ver cómo empezaba todo otra vez.