Lo que no quisimos contarle a John es que esa noche nos volvimos a cortar Mary y yo. Esta vez no fue a solas, no fue por desquitarnos con nosotros mismos. Mary quería probar mi sangre, como otra forma de hacerme sentir que estoy dentro de él. Después de que el doctor se fue, Mary no dejaba de llorar, pidiéndome disculpas. Olía a sudor, pero sin Jack Daniels -odio ese olor, esa mezcla entre sudor de varón con Jack Daniels, asqueroso.
Mientras, yo sollozaba en decepción, porque me había confundido con alguien más, porque me había pensado de una manera tan traicionera. Llegué a pensar en que él se sentía inseguro por mi pasada bisexualidad. Él tuvo una pareja bisexual que lo dejó después de varios años, con la cual pensaba pasar el resto de su vida. Habían hecho un pacto mortal, no suicida. En aquella madrugada, me daba todavía pena preguntarle si sentía lo mismo por mí, si temía que lo fuese a dejar por una mujer. Lo mismo que él teme que piense de él, lo proyecta sobre mí. Todas las preguntas salieron en llanto. Tenía yo tanto calor, la medicina no me hacía efecto. Él seguía con sus manos pálidas y frías, recorriendo mi rostro y mi torso, sollozando. Lo siento, lo siento. Me pedía disculpas mientras me besaba la espalda, presionando un cuchillo sobre su mejilla. Hizo que lamiera su sangre y lo besara después. La frialdad del cuchillo fue bajando desde mis pechos hacia mi vientre. Colocó la hoja del cuchillo sobre mi pubis, presionando el lomo, no el filo. Sus labios subieron y comenzó a besarme el cuello. Al llegar ahí le pedí que me mordiera tan fuerte como pudiera. Se negó. No quería lastimarme. Él solamente quería que el cuchillo recorriera mi cuerpo para después cortarse enfrente de mí, en señal de arrepentimiento, dolor, quería marcar su piel en memoria de aquel error, como lo había hecho durante varios años antes de conocerme. Rocé mi antebrazo izquierdo sobre el filo del cuchillo mientras lo besaba, él se asustó y soltó el cuchillo. Emulé su ritual. Embarré mi sangre en sus labios y lo besé. Me monté encima de él para abrazarlo como un oso grande de peluche. Luego mordí su cuello hasta que gritó. Había entendido. Mi dolor es tu dolor. Y viceversa. No nos iremos de aquí hasta que salga todo.
No se trataba de algo vampírico, o de hematofilia. Ambos nos habíamos cortado, individualmente, para lidiar con nuestras emociones. No era suficiente hablar sobre el dolor, lo queríamos ver, queríamos ver la herida abierta, cuidarla y luego verla cicatrizar. Después paramos.
Me dejó marcas en la espalda. Te olvidas fácilmente de los protocolos de higiene cuando tu saliva está mezclada con sangre. En otro momento, me hubiese sentido avergonzada de oler a sudor, de no estar depilada y de no haberme lavado los dientes. Parecería que no, pero él también es muy limpio, excepto por su cabello. Nos cogimos varias veces.
Recuerdo que dijo que solía tener relaciones con extrañas para sentirse seguro de sí mismo, pero creo que era otra forma de cortarse. Coger hasta que le doliera el pene, hasta que el glande ardiera. Nos cogimos hasta que uno de los dos sangró. No pudimos distinguir de quién era la sangre, pues sabía igual. Después nos dormimos. No quisimos salir al día siguiente. Nos queríamos secuestrar mutuamente otra vez, pero teníamos cosas que hacer.
Me da miedo que vuelva a pasar esto. Que se vuelva a caer en el juego de retar lo que sentimos, de probarnos hasta dónde podemos llegar para demostrar nuestro afecto.
