Está en nuestros genes ser destructivos. Invocar al caos, perturbar toda calma, intranquilizar hasta a la más estática de las cosas; la verdad es que no sé cómo me sorprende todavía, forma parte de nuestra naturaleza, ciertamente constituye un factor importante de nuestra esencia. Ya debería estar acostumbrado…

Pero algunos realistas lo reconocemos, nos damos cuenta de nuestra tendencia a inmutar hasta aquello que no lo necesita para ejercer su función, pretendiendo ignorar lo que nos identifica como arrogantes, egoístas y pérfidos, con la errónea ideología de que todo debe girar entorno a nosotros, pretendiendo ignorar que dicha actitud sólo nos vuelve mediocres, adjetivo que va desproporcionalmente en aumento.

Y… ¿Cómo no? Es obvio, desde lo escrito, lo observable, lo simple y lo complejo, hemos tenido la «visión» de hacernos creer importantes; al fin y al cabo es lo más fácil: pero a decir verdad, lo fácil está tan de moda, que nos arrebata cualidades sin darnos cuenta, justo de la misma forma en que nos hace fríos y vacíos.

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