Reencontrarse es siempre alegría

Mientras íbamos viajando para Carlos Paz a un evento organizado por Tarjeta Naranja me acordé de un conocido, ex de un amigo que hacía años que no veía. Esas cosas que se te vienen a la cabeza cuando ves algo, escuchás alguno sonido o se te viene una sensación encima. Al llegar al evento, en la terraza acondicionada con mesas, sillones, tragos y bocaditos, las luces y la música me hicieron acordar nuevamente de él. Hacía más de 5 años que no lo veía y me llamaba la atención el proceso de cómo se te viene una persona a la cabeza después de tanto tiempo y sin haber tenido nunca una gran relación de amistad o contacto.

Bastó para que me diera vuelta desde mi silla para ver que la persona que se me había venido a la cabeza pocos minutos antes, estaba atrás mío: ¡Fer! ¡Hey como andas!?. Fernando fué ex por unos meses de un amigo mío, vivieron juntos y si bien dejaron de salir, seguían compartiendo departamento pero cuando mi amigo se mudó a otro barrio en la ciudad, nunca más lo ví. Sabía cada tanto a través de mi amigo algo de su vida porque cada tanto le preguntaba si existía la posibilidad de volver ya que mi amigo jamás tuvo a alguien a su lado desde que se había separado, hasta el día de hoy creo que sigue siendo así.

Haberlo encontrado fué una sorpresa, pero no me lleva a escribir ésto el simple hecho del reencuentro, sino que algunos son simplemente buenos de que sucedan y son siempre una alegría. Un alegría porque luego de la tensión inicial, del no saber nada uno del otro, salvo sacar conclusiones cruzadas, te llena el espíritu saber que una persona está “bien” y se lo vé bien. Que los años pasaron y que sus vidas siguen adelante con proyectos, con pareja, con amor y siguen igual de divertidos como hace tiempo.

A pesar de estar ambos por diferentes circunstancias en el mismo evento, él desde la organización y puesta en marcha de sonido y luces del evento, y nosotros como invitados, no pudimos despegarnos y pasamos toda la noche poniéndonos al día de las idas y vueltas de la gente, de trabajos, de contactos profesionales, de comida y bebida. Me alegró mucho haberme encontrado a Fer, conocer a su pareja y compartir una muy buena noche de fuegos artificiales, bocaditos y Champagne. O fernet. O Gancia, o Seven.

Cuando decidimos irnos a dar una vuelta por la tumultuosa Carlos Paz me acordé de Cristina. “La” Cris, fué hace mucho tiempo, en el 2001, una compañera de trabajo en la empresa donde trabajaba mi ex. Con una relación estrecha de ella con él no costó mucho hacernos amigos a pesar del a diferencia de edad ya que ella es una mujer mayor, pero jovial y siempre divertida, con una risa contagiosa, una hija y un nieto al que adora. Me acordé de ella porque sí. Porque estábamos en verano, hacía calor, mucha — demasiada — gente en las calles y veredas de Carlos Paz y todo eso me recordaba a algunos veranos en Las Grutas que habíamos compartido juntos años atrás. Por cuestiones de la vida, nunca más la ví, dejamos de hablarnos y así. Hasta que caminando, parada esperando un turno para una mesa disponible en pleno centro de Carlos Paz la veo: no pude evitar pararme al frente y decirle en voz alta: Cristina Zanotti, ¡no me crees si te digo que venía pensando en vos! Y la contagiosa y hermosa risa de la Cris estalló y los ojos se abrieron grandes.

¿Cuántos años habían pasado? Mmm dejenme pensar, unos 6? Por ahí. 6 años de no saber nada de ella, y de golpe, en medio de miles y miles de personas apretadas en la ciudad turística la encuentro. La alegría fué mutua y no pudimos despegarnos por largo rato. Qué alegría. La alegría del reencuentro se daba de nuevo. Noticias, preguntas, abrazos, besos, más abrazos, más alegría. Cristina fué para mí una gran soporte allá por el 2004, cuando me había separado de mi pareja por aquel entonces. Ella y las olas de Las Grutas fueron el soporte emocional para una separación que no aceptaba ni entendía en ese momento y que hoy agradezco para ambos lados.

La segunda sorpresa mágica de la noche se daba de nuevo. Llegó Sandra, la hija que también hacía años que no veía y todo se completó.

Cuando nos despedimos me quedé con la sensación de una noche plena. Carlos me preguntó: ¿que sentís cuando te encontrás que esa gente que hace mucho tiempo que no ves y que te alegra tanto? Alegría, le respondí. Alegría de saber que están bien, que sus vidas avanzan — no me refiero a lo económico — que son felices o que están en búsqueda y que se los vé bien. Alegría enorme.

Al mediodía de ese sábado llamada de Guido desde Buenos Aires en respuesta al mensaje de texto enviado más temprano. Sólo escucharlo nos dejó tranquilo sobre su nuevo estado, un estado de felicidad que hacía tiempo no le veíamos encima: Nueva ciudad, nuevos estudios, nuevo amor y el arriesgue a un todo al que no dudó en apostar y que contó, como buenos amigos con el apoyo incondicional -sin condiciones- de que haga lo que haga, nosotros estábamos para apoyarlo, sin importar los resultados, sin importar si hiciéramos algo diferente en las mismas circunstancias. Soy un convencido que hay que ir detrás del amor, de lo que uno siente y no pensar tanto. Guido lo hizo y eso me hizo sentir feliz, y a él se lo siente igual. Los resultados no importan muchas veces, lo que importa es el camino.

Más gente feliz, más alegría para mí de que mis amigos o conocidos estén bien.

Hoy al mediodía llamada de un nuevo número que no tenía agendado: -¿Hola, si, quien habla? -¿Lisandro? habla Ale.

Fueron dos milésimas de segundos que me llevaron a reconocer la voz. ¡Ale! ¡Que alegría!!! Y todo fluyó y confirmé una vez más que la gente puede ser feliz y que todo lleva su tiempo. Ale, la ex pareja de Guido nos había llamado, después de unos meses de largo silencio, un silencio que era necesario y respetado, con el apoyo a distancia, volvía ponerse en contacto y nosotros con él. Alegría, alegría infinita de saber tantas cosas de tanta gente querida en tan poco tiempo. De que todos están en la búsqueda y que todos están felices, que la alegría del reencuentro es eso: el mirarse a los ojos y reconocerse como alguien que es importante en nuestras vidas por diferentes razones. No importa si la cruzamos 15 minutos, pasamos juntos toda una temporada de vacaciones o porque era nuestra compañía asegurada de charlas y salidas. Sino por todo lo demás, lo que no se vé, lo que se siente.

Reencontrarse siempre es una alegría. Quizás el pensamiento de que atraemos lo que pensamos se haya cumplido esta semana. En todos ellos pensé, de todos ellos me acordé y todos nos terminamos cruzando en algún punto y momento. Y en situaciones si se quieren, increíbles. Reencontrarse es una alegría incluso con aquellos con los cuales no queremos cruzarnos. Porque siguen de pié y porque suponemos que siguen en la búsqueda de algo, viajando, conociendo, trabajando, cambiando de parejas, solos, con la misma de siempre, acompañados, lo que sea. Pero uno se alegra de verlos, porque verlos nos hace vernos hace tiempo atrás y nos alegra más vernos hoy donde estamos.


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