05. De cuando escapé al sur

He hurtado esta entrada de una libreta vieja que llevé al mini-trip que hice hacia el sur.
Son casi las seis de la mañana y no he podido moverme de mi cama, ayer salí a bailar con mis mejoras amigas y aún siento el ritmo bajo mis pies. El taxista me ha dejado muy lejos del punto de encuentro, quizás sea motivo de poder ver el amanecer y conversar con alguien desconocido. Me he equivocado de fila, me estoy riendo sola. Hay familias esperando el bus, soy la única persona que no tiene compañía ¿Cómo les explico que iba a venir con mi ex-novio? Las cosas son menos complicadas si las observas desde fuera pero qué más da. Estoy aquí, tratando de no caer.
Aquí es cuando caí dormida en el bus, con un asiento vacío al lado.
La primera parada. Hemos llegado a un puerto conocido, digo “hemos” porque me hice amiga de una familia muy peculiar. Comí helados con ellos y ahora estoy sentada mirando el mar, sin nada qué pensar. Me pregunto si hubiese sido diferente si él estuviese aquí, disfrutando esta brisa conmigo. La cámara de fotos y esta libreta están siendo la mejor compañía, el libro que traje es tan grande que no pienso sacarlo porque tengo vergüenza. Este mar azul y esas olas tan repetitivas me recuerdan a mis padres, tengo la ligera sensación que están pensando en mi y todo el cuento de que me fui con una amiga. Me van a matar, me encantaría escribirles una carta, algo como: “Papá, mamá, me fui al sur, sola, y con nada de dinero. Los quiero”.
Estoy relativamente cansada, he mojado mis pies y estoy feliz. Aún escribo esto desde el sur, viajé sola y aún no puedo creerlo porque le tengo miedo hasta a mi propia sombra. Qué más da. Desde el carro, oigo los llantos del bebé de al frente que se asemejan a los gritos de aquellos que no pueden salir, algunas mujeres llevan vestidos de flores y la luna descansa en mi pecho. Saqué el libro de su escondite, quiero y leo. La música descansa en mis oídos, sube y baja como olas de la tarde.
La familia con la que he estado me ha contado muchas cosas, son muchos y pronto se vienen más (hay dos esposas esperando), les pregunto por qué tienen tantos hijos, el abuelo me responde que “nunca es suficiente” ríe fuerte y los demás lo siguen. Yo fingía la risa mientras le daba un sorbo a la copa de vino que me invitaron. Quizás la razón por la que odie las familias grandes es porque la mía es una de ellas.
Las parejas se toman fotos, las familias almuerzan juntas, un pequeño perro se ha quedado conmigo. Hay una atmósfera de felicidad que no llega a invadirme y me enojo conmigo misma porque quería que todo salga bien, todo está bien menos yo. Extraño a la gente, a mi y a él porque debería estar aquí y yo debería divertirme. En la tv suena Starman de Bowie y estoy a punto de llorar porque adoro esa canción, abro la ventana y puedo sentir toda la existencia en mi rostro, me he reído sola y he cantado a viva voz sin que nada me interesase.
De las pocas veces que me he sentido totalmente “libre”, era un pájaro que sale por primera vez de su jaula y solo tiene miedos. Quiero dejar de escribir para poder dormir pero no puedo, el lapiz se ha apoderado de mi. He subido a una cuatrimoto con desconocidos, no puedo ser más feliz. Tengo tantas fotos para la colección y con eso me basta. Son casi las once de la noche y no llego a casa, estoy totalmente quemada y la abuela de la familia que está a mi lado me ha prestado la mejor crema del mundo.
Aquí es cuando me fijo en la hora y tomo el primer taxi que encuentro.
Llegué tarde a casa, nadie dijo nada. Creo que dormiré por semanas aunque el trabajo no me lo permita, será una rebelde sin causa por un día. Me pregunto que estará haciendo la familia que conocí o la pareja de enamorados que se iba a casar pronto, lo más seguro es que no están escribiendo sobre este estúpido viaje.
Posteado en: BITACORAMARILLA