El diario Down, de Francisco Rodríguez Criado

Emanuel Schikaneder | Wikipedia

Tras conocer que su hijo Francisco (Chico para los amigos) nació con el síndrome de Down, Francisco Rodríguez Criado pasó cuatro días llorando desconsolado. Al quinto día dejó de llorar, se sentó frente al ordenador y comenzó a escribir El diario Down. Bien podríamos comparar a Rodríguez Criado con esa Ave Fénix, cuyas lágrimas, según cuenta el mito, son curativas y que cada cinco siglos (en lugar de cinco días) renace de sus propias cenizas. Tal es así, que la flamígera purificación del susodicho pajarraco ejemplifica a la perfección el renacimiento espiritual que llevó a cabo el propio Francisco mientras escribía su pequeño pero intenso diario.

“Escribir sobre mi experiencia con el síndrome de Down –nos dice el autor en la nota previa que encabeza su libro– no es solo un ejercicio literario, que también: es un acto de supervivencia emocional, un intento de sujetarme con fuerza titánica a la cuerda floja”.

Fuerza descomunal era también, en fin, la que se le atribuía al Ave Fénix.

Pero yo prefiero comparar al autor de El diario Down con Tamino (el héroe de La flauta mágica, la genial ópera de Mozart con libreto de Schikaneder). De hecho, al igual que Tamino, Francisco Rodríguez Criado ha sabido conquistar la patria de la luz después de atravesar los insidiosos dominios del mal y de la oscuridad. Dicho de otro modo, con honestidad y fuerza de espíritu –sus dos grandes cualidades–, nuestro autor ha superado una vez más las duras pruebas que la vida ha tenido a bien poner en su camino, y ha sabido llevar a buen término ese viaje moral que va desde las falsas supersticiones –la noche oscura del alma– hasta las esferas de la belleza y la sabiduría. Atrás dejó para siempre la decepción, los miedos y el desconcierto que, en un principio, atenazaron su mente y le impidieron comportarse como el padre que su hijo Chico necesitaba. Quién habría de decirle entonces que sería precisamente su hijo –ese hijo a quien en un principio negó y traicionó en su corazón, ese pequeño héroe que nació con síndrome de Down y cardiopatía severa– quien habría de ensanchar su propio corazón encogido con las únicas armas de su amor incondicional y una sonrisa a prueba de fatalidades. Por supuesto, Francisco Rodríguez Criado no recorrió solo semejante periplo espiritual, también contó con el apoyo de Madre Coraje, una Pamina muy especial que siempre ha estado a su lado, tanto en los momentos de concentrado silencio como en los de combativa superación; una Pamina paciente y comprensiva, que tuvo muy claro desde un principio –y esto parece una virtud intrínseca al alma femenina– que la vida, incluso aquella que parece un camino alfombrado de rosas, no está carente de espinas, pero que vale la pena recorrerlo si se hace junto a la persona que amas. Es más, a veces, lo que parece motivo de disgusto, acaba siéndolo de sorprendente alegría, como ha sucedido en el caso que nos ocupa. El autor lo dice en su libro con palabras más acertadas:

“La vida es extraña, muy extraña. Y ocurre a veces que aquello que en un principio consideras un castigo acaba por convertirse en un regalo y en la mejor obra de tu vida”.

Sé que la finalidad de este artículo es alabar las bondades de un libro y, al mismo tiempo, lo cual es inevitable, las de su autor. Pero, en este caso concreto, sería imposible (por no decir deshonroso) hacer ambas cosas sin dedicar unas palabras a ponderar las virtudes de las personas que nacen con el síndrome de Down. Además, me muero de ganas de escribir esas palabras. Sin embargo, me va a permitir el lector que llegados a este punto dé un pequeño rodeo para hacer acopio de buenas razones.

Vida y literatura tienen mucho de juego, y creo que será interesante y divertido que juguemos un poco con el número 3. Así que empezaré por señalar una nueva correspondencia entre el libro de Francisco Rodríguez Criado y la ópera de Mozart. Pues si el misterioso número 3 (símbolo divino por excelencia, según dicen los aficionados a la numerología) es importante en el argumento y en el desarrollo musical de La flauta mágica, no lo es menos en El diario Down. De hecho, el propio síndrome de Down viene marcado por una trisomía (lo que implica la presencia de un cromosoma adicional en un par normal). En este caso, se trataría, además, de la trisomía del par 21 (2+1= 3). Curiosamente –e imagino que también casualmente–, los capítulos 12 y 21 son quizá los más importantes de todo el libro. En el capítulo número 12 (reverso del 21 y que coincide, además, con los 21 días de vida de Chico), Rodríguez Criado confiesa a su pequeño guerrero cómo lo negó y traicionó cuando aún no se sentía preparado para amarlo. Era Chico un niño al que su padre, temeroso ante lo desconocido, juzgaba diferente; un niño al que no conseguía aceptar, pues no lo veía como uno de los nuestros (“Nada sabía de ti ni de los tuyos”, escribe el autor). Sin embargo, en el capítulo 21, Rodríguez Criado nos habla del amor (reverso también de la negación y de la traición). En este capítulo el autor nos explica cómo aprendió a amar a su hijo, y lo hace bajo la premisa de que amar es un acto que puede aprenderse y mejorarse con preparación y buena disciplina, tal y como aseguraba Erich Fromm en su célebre obra El arte de amar. Este capítulo es fundamental, no solo porque su autor haga apología del amor paternofilial y fraternal (amor de la tribu, escribe), sino porque concluye que “la posibilidad de aprender a amar nos abre las puertas a un mundo mejor”. Este descubrimiento adquiere una dimensión excepcionalmente significativa cuando Francisco Rodríguez Criado afirma que los niños que padecen el síndrome de Down han venido a este mundo con una misión concreta: la de enseñarnos a amar. Habría que empezar a mirar a estos niños, por tanto, no con extrañamiento o temor, sino como a grandes maestros del amor y, por esa razón, como a las personas más capacitadas para cambiar este mundo a mejor. Reveladora conclusión, y que no deberíamos tomar a la ligera. Esta es, pues, una de esas razones de las que quería hacer acopio cuando comencé este párrafo. Porque es evidente que todos tenemos nuestras propias discapacidades, ¿o acaso las personas consideradas normales estamos capacitados para hacer cualquier cosa? Obviamente no, y muchos menos para ser felices, amar con la absoluta falta de interés con la que ama un niño Down o hacer algo tan importante –y a priori utópico– como cambiar el mundo a mejor. No, amigos; estas son capacitaciones extraordinarias y que, sin embargo, poseen esas personas que muchos –sin duda, de manera algo irreflexiva– juzgan discapacitadas. Ya quisiera yo tener esas discapacidades. No en vano, y vuelvo a la carga con la numerología, el número 3 (además de ser símbolo de la manifestación divina) simboliza la fuerza emotiva y la capacidad para amar y ayudar a los demás. No es de extrañar que a ese cromosoma de más, y que se manifiesta en la trisomía del par 21, se le haya denominado a menudo el cromosoma del amor o el cromosoma de la felicidad, pues amor y felicidad es lo que sienten y hacen sentir a quienes los rodean las personas que han nacido con dicha trisomía. Y es que el síndrome de Down viene caracterizado por una peculiaridad cromosómica no demasiado común: lo bueno, por desgracia, no suele abundar. No es, por tanto, una enfermedad; aunque este síndrome sí puede tener asociado el riesgo de padecer algunas enfermedades. Pero, vamos a ver, ¿es que el resto de personas no tenemos ningún riesgo de enfermar? Todos enfermamos sin necesidad de tener un cromosoma de más en el par 21. Aun así, hasta hace muy poco tiempo este cromosoma de más era considerado un castigo divino, cuando, como acabamos de ver, deberíamos considerarlo más bien como un símbolo de la presencia divina en estas personas que están más capacitadas que el resto para amar y ser felices. Una prueba más de ello es que ninguna persona con síndrome de Down da muestras de maldad, crueldad o corrupción (como tantas veces ocurre con las personas a las que por su genética consideramos normales). Solo por esto ya habría que considerarlos seres superiores a la mayoría, puesto que la bondad es, y siempre será, una cualidad muy superior a la inteligencia. Por otra parte, es posible que hasta el día de hoy estas personas no hayan destacado por su fecundo ingenio (no quiero decir con esto que sean estúpidos, puesto que no lo son), pero sería más acertado decir que nunca se les ha dado una oportunidad para demostrar el alcance de sus talentos. Apostaría lo que fuera a que cuando la sociedad les brinde esa oportunidad nos vamos a llevar muchas sorpresas.

En definitiva, ¿qué hace a estas personas inferiores al resto? Sinceramente, no lo veo claro. Antes bien, tengo para mí que si todos padeciésemos este síndrome podríamos empezar a hablar del paraíso en La Tierra. No son ellos, pues, los que tienen que luchar para parecerse a nosotros, sino nosotros los que tenemos que esforzarnos para ser como ellos. Es más, me atrevo a aventurar que si a lo largo de los siglos se ha demonizado a estas personas ha sido, simple y llanamente, porque poseían una capacidad muy superior a la del resto para ser felices. Y claro, hay por ahí mucho resentido a quien le duele que haya personas felices si ellos no lo son. Resulta irónico e incluso contradictorio que, a pesar de que anhelamos el amor y de que aspiramos a la felicidad (virtudes que, en el fondo, siempre se nos muestran esquivas), cuando encontramos a quienes están capacitados para lograr estos anhelos, gran parte de la sociedad, en lugar de ver en ellos a superhéroes provistos de poderes fuera de nuestro alcance, solo ve seres discapacitados. Hay por ahí mucho corto de vista y de entendederas. Incluso algunos –al parecer, gente que presume de no tener pelos en la lengua y de saber llamar a las cosas por su nombre– no se conformarán con llamarlos discapacitados (si lo pensamos bien, todos sufrimos nuestras particulares discapacidades), sino que los tildarán, sin el menor asomo de rubor, de subnormales. Por supuesto, y según sus propias palabras, lo harán sin ánimo de ofender; después de todo, ellos conocen mejor que nadie el significado de la palabra ofensa (como el de cualquier otra palabra) y es evidente que no se juzgan a sí mismos ofensivos. Según ellos, qué ofensa puede haber en decir la verdad (que, por supuesto, tampoco ignoran). Pues bien, es posible que con esa burda palabrería engañen a muchos, sobre todo a los desaprensivos que no tienen el menor reparo en mostrarse crueles con el único objeto de sentirse superiores a los demás (cuando es, en efecto, su complejo de inferioridad lo que intentan disimular, infructuosamente, con su necia crueldad), o a aquellos que, a la hora de conocer el significado de una palabra (significado, en cualquier caso, meramente convencional), acuden a los diccionarios con la alegre ingenuidad de quien cree que está adquiriendo un conocimiento nuevo e irrebatible. Pero la crueldad, como ya he dicho, no hace superior a nadie, la crueldad ni siquiera rejuvenece (como dijera Rimbaud); si así fuera, no existirían clínicas de cirugía estética (¿para qué?). Sí creo, con Rimbaud, que de ningún modo se puede engañar a quienes conocen el verdadero significado de las palabras (y que casi nunca coincide con el que viene en los diccionarios). Y estos podrán ver con meridiana claridad que esas capacitaciones tan extraordinarias con las que nacen dotados los niños Down no están en absoluto por debajo de lo normal, y sí muy por encima. Quienes no lo ven así tal vez supongan que lo normal es ser egoísta y perverso en lugar de cariñoso y generoso, y supondrán también que es algo muy normal abrirse camino en la vida a base de intrigas, abusos, fraudes y otras fechorías. Quizá por eso no pueden considerar normales a las personas que no se rebajan a este modo de entender y vivir la vida. Desde luego, si atendemos a este orden de cosas, no son normales; es cierto. Pero ¿acaso no ser normal debe llevar necesariamente implícito el marbete de subnormal? ¿Por qué no considerarlos, más bien, supranormales? Supongo que resulta más fácil demonizar al prójimo que ensalzarlo, sobre todo cuando no tienen nada de demoniacos. Esos tipos tan listos –y tan preocupados por menospreciar a quienes no aceptan las inmorales reglas de su juego– son los que creen que ser bueno es cosa de tontos. Siento vergüenza ajena cuando oigo decir a alguien “es tan bueno que parece tonto”. Qué clase de persona puede pensar algo así, y qué clase de mundo puede ayudar a crear una persona que considera que la bondad es una estupidez. En realidad, siento una profunda lástima (que no compasión en el sentido griego) por el ser humano, por todos; pero especialmente por esos que dan muestras de ser tan viles, tan lerdos, tan pobres de espíritu. Y, sin embargo, no puedo sentir esa misma pena por las personas que padecen el síndrome de Down, porque nos superan en todo lo que es realmente importante. Quizá algún cínico (hay tantos pululando por ahí) se pregunte si a mí me gustaría que mi hija padeciese este síndrome, y suponiendo una respuesta negativa se atreva a tacharme de hipócrita. Déjenme decirles que yo no puedo hablar en nombre de mi hija, evidentemente; pero les aseguro que a mí no me hubiese importado nacer con el síndrome de Down. Firmaría ahora mismo donde hiciera falta para poder cambiarme por uno de ellos. Por desgracia, no creo que ninguno sea tan tonto como para estar dispuesto a cambiar su vida por la mía.

Y bien, ahora que me he despachado a gusto y que he dicho cuanto en justicia quería decir sobre las personas que nacen con trisomía del par 21, puedo volver sobre el extraordinario libro de Francisco Rodríguez Criado.

Francisco Rodríguez Criado | Facebook

El diario Down ve la luz en papel después de que Rodríguez Criado lo publicase por entregas en NarrativaBreve (su blog literario), y lo hace con algunos textos añadidos que dan forma definitiva a un libro insólito y original, donde su autor –con sinceridad y valentía– elude falsificar sus sentimientos: sabe, perfectamente, que si lo hiciera, su obra no tendría el menor sentido (ni para él ni para sus lectores). Por el contrario, y como bien decía Cesare Pavese, “todo lo que es sincero, todo lo que es la voz de un hombre, vale la pena escucharlo”. Así lo ha entendido también la editorial que se ha hecho cargo de su publicación: Ediciones Tolstoievski. Se trata de una editorial de nuevo cuño, liderada por el escritor Ralph del Valle, y que apuesta por la literatura de calidad, pero también por la transparencia en sus relaciones con el autor (lo cual, dicho sea de paso, es algo que la honra). El nombre de la editorial (acrónimo de Tolstói y Dostoievski) no deja de ser bastante curioso, pero además nos ofrece una feliz coincidencia con respecto a la obra de nuestro autor. Por una parte, la última novela de Francisco Rodríguez Criado –y que hasta ahora pasaba por ser su gran obra– lleva por título Mi querido Dostoievski; por otra, El diario Down pertenece a ese tipo de obras que el propio Tolstói –quien ni siquiera tuvo esa deferencia con la novena de Beethoven– no tendría el menor reparo en considerar una obra de arte verdadero. Efectivamente, al decir del autor de Anna Karenina, una obra puede ser bella, poética, rica en efectos e interesante, pero no será una obra de arte verdadero si no despierta en sus lectores una emoción particular y la alegría de sentirse en comunión con el autor. Y justo esto es lo que consigue Francisco Rodríguez Criado con El diario Down. Él ha experimentado una emoción viva y ha sentido la necesidad de transmitirla a sus lectores, pero además, ha sabido lograr lo que el autor ruso llamó contagio artístico. El diario Down es, pues, un libro con el que su autor ha sabido transmitirnos de manera honda y sincera las emociones que realmente ha experimentado. Dichas emociones llegan al lector con la fluidez de un estilo bien trabajado, sobrio y preciso; un estilo aparentemente fácil (que ya sabemos que es el más difícil de conseguir), donde ni pensamientos ni sentimientos son ahogados por innecesarias florituras estilísticas (las cuales, por regla general, solo persiguen revestir un lenguaje vacío de contenido). Rodríguez Criado es, ante todo, un maestro de la palabra justa, y lo es de tal modo que cuando lo leemos nos parece que sus palabras son las nuestras, las que a nosotros nos gusta creer que emplearíamos en ese mismo contexto. Es esta también la rara habilidad que poseen aquellos que, además de por sus valores éticos, son capaces de emocionarnos por el mero hecho (nada sencillo) de lograr la perfección estética. No es El diario Down, por tanto, un libro oscuro y pretencioso, como tantos otros que aspiran, sin conseguirlo realmente, a convertirse en grandes obras de la literatura universal. El diario Down, como toda obra de arte verdadero, no necesita explicación alguna, y, desde luego, es un libro que nace con vocación universal. Más aún, un buen libro (y El diario Down lo es) siempre está lleno de anhelos frustrados, de esfuerzos, de decepciones, de cosas que te faltan, nos decía Pavese. Escribir, añadía el autor italiano, es contar algo que no tienes y te gustaría tener. ¿Y qué anhelaba tener Francisco Rodríguez Criado y no tenía cuando empezó a escribir El diario Down? Pues aquello que todos necesitamos para encarar la vida con el suficiente aplomo: armonía, paz interior. Una acción externa nos ha provocado un desequilibrio emocional, y ahora debemos poner en juego toda nuestra sabiduría, toda la experiencia adquirida a lo largo de nuestra vida, para volver a hallar el equilibrio. Así que originalidad, claridad y sinceridad –pero también universalidad– son las cualidades distintivas de un libro que no está destinado a caer en saco roto (si es que en este país aún se aprecia en algo la buena literatura) y que solo puede recibir buenas críticas, porque nada en él es irrelevante ni deshonesto.

Por cierto, el número 3 es también el número de los artistas, y, como tal, se corresponde con la fuerza expresiva en su máximo esplendor. Así que, según parece, el 3 es el número de los dos Franciscos que colman este artículo: el Francisco símbolo de la divinidad y el Francisco artista. Curiosamente, en uno de los capítulos del libro, nuestro autor se queja de que a partir del momento en que su mujer le dijo que había roto aguas, él –que estaba destinado a ser un gran escritor– vive agobiado por los quehaceres cotidianos y ya apenas tiene tiempo para escribir. “Así, claro, no puede uno escribir una obra maestra (…) Yo, que me creía predestinado para grandes causas, he acabado de taxista, niñera, recadero, masajista y ama de casa. ¿Imagina usted a Homero dando el biberón? ¿Imagina a Dante cambiando los pañales?, ¿a Shakespeare preparando la papilla?, ¿a Goethe comprando el pan o fregando los platos? Entonces yo, ¿por qué, por qué?”. Pues bien, el mismo Tolstói le respondería que el arte del futuro (ese futuro que ya es nuestro presente), entendido dicho arte como la transmisión del sentimiento que experimenta el verdadero artista, no puede nacer en un hombre si no vive la vida cotidiana, la vida natural y verdadera de los hombres; solo así podrá conocer los sentimientos más importantes y naturales de los hombres, sentimientos asequibles a todos nosotros sin excepción. He aquí una prueba más de la universalidad de El diario Down. Debo añadir, además, que sería absurdo comparar a Francisco Rodríguez Criado con Homero, Dante, Shakespeare o Goethe. Él no necesita ser ninguno de ellos porque ya es él mismo, y como todo artista verdadero es tan universal como puedan serlo aquellos, que es más de lo que podemos decir de esos imitadores que no tienen ni una sola experiencia original que contar. Consciente de ello o no, Francisco Rodríguez Criado ha escrito un libro que es una pequeña obra maestra. Quizá porque él, al igual que su hijo Chico (de tal palo, tal astilla), nació grande; y esa doble grandeza recorre todo el libro como una espina dorsal. Porque grande, y ya no hablo solo de la grandeza artística, es aquel que no cae en las tentaciones de la maldad, aquel que permanece firme en sus convicciones éticas a pesar de las trampas y obstáculos que la vida pueda poner en su camino. Grande es aquel que se vuelve más humano ante las dificultades, esas mismas dificultades que convierten a la mayoría de los hombres en seres mezquinos y rencorosos. Grande, en definitiva, es aquel que no esconde sus emociones, sino que las comparte con valentía para que todo el mundo pueda crecer con ellas. Y sí, El diario Down es una historia de superación personal, donde un gran hombre (un hombre generoso y noble) se crece ante la adversidad; pero, sobre todo, es una historia de amor contada con sus luces y sombras, como deben ser contadas todas las historias que están destinadas a hacernos mejores personas por el simple hecho de leerlas.

El Diario Down (Tolstoievski, 2016)

Los dioses son caprichosos, desde luego, pero a veces aciertan a dotar a un hombre con una naturaleza tan extraordinaria que debería causar la honesta admiración de sus semejantes, sobre todo de aquellos que nos ahogamos en un vaso de agua y que vemos la amenazadora inmensidad del mar (entiéndase en sentido literal, pero también metafórico) como un ámbito que siempre nos estará vedado. Y en este sentido, yo imagino a Francisco como a alguien más cercano a Santiago (el viejo pescador de la novela de Hemingway) que a Ahab (el capitán ballenero de la novela de Melville). Francisco no se ha echado a la mar de la literatura (ni al mar de la vida) movido por el odio y la sed de venganza para dar caza a un monstruo que lo supera en fuerza e inteligencia; ha salido, en cambio, lleno de dudas y de humildad en busca de un pequeño pez que le devolviese la confianza en sí mismo y que pudiese llevar a la orilla en su modesta barcaza. Y, sin embargo, la suerte (esa especie de suerte que nada tiene que ver con el azar de una lotería, sino que necesita ser trabajada y que solo favorece a los que no se rinden y encaran la vida con los brazos abiertos), esa suerte, digo, le ha dado una grata sorpresa al recompensarlo con el pez de su vida.

Si Homero, Dante, Shakespeare, Goethe y todos los grandes (incluidos, cómo no, Tolstói y Dostoievski), grandes y por ello raros y diferentes a la mayoría, pudiesen leer el pequeño libro de Francisco Rodríguez Criado, sin duda exclamarían con el mayor regocijo –al igual que aquellos freaks de la película de Tod Browning–: ¡Lo aceptamos, de los nuestros!, ¡lo aceptamos, de los nuestros!

Y ya vale.

Autor de la reseña: Miguel Bravo Vadillo, poeta y narrador. Destellos (Vitruvio, 2013) es su último libro.

El Diario Down, Tolstoievski, Alicante, 2016.