Mi hija, mi mejor maestra.

Segundos, luego de colocarla en su cuna por primera vez, ya sabía que mi hija no era lo que había esperado. La niña que imaginaba, mientras diseñaba su cuarto y le compraba su ropa, se disipaba abriéndole paso a un ser impredecible que me enseñaría que la crianza era mucho más difícil de lo que pensaba. El mundo siguió su curso, mientras yo me dedicaba a descifrar sus sonrisas, sus llantos y sus incomodidades. Mucha veces me di por vencida y estallé en llanto. Otras tantas veces, celebré un nuevo gesto o una nueva conquista en su desarrollo. Con su nacimiento descubrí sentimientos nuevos que nunca había experimentado: el miedo constante a la posible pérdida y la necesidad visceral de cuidar y proteger. Mi hija siguió creciendo y desafiando al mundo y a sus padres. Y mientras yo me iba convirtiendo en una madre mindful, ella se convertía en mi mejor maestra.
Ninguna de las técnicas de disciplina, que hasta el momento conocía, parecían adecuadas para honrar esta nueva relación. Yo quería tener una relación genuina; no utilizar chantajes, quería ser respetuosa y justa, una madre que guiara y no que controlara. Me percaté de que muchas de las técnicas iban en contra de mi respuesta natural. Comencé a escuchar mi cuerpo y comencé a escuchar mis instintos. Sin saberlo, comencé la aventura de encontrarme a mí misma; de descifrar cuáles eran mis inseguridades, lo que activaba mi estrés, mi coraje y mis miedos. Comencé a descubrir los discursos que me precedían sobre lo que yo debía hacer y lo que ella debía ser. Me fui haciendo consiente de que tenía sanar, de que tenía que crecer para poder ayudarla a crecer.
Ser un padre consciente no significa conocer las técnicas más efectivas para lograr un “buen comportamiento”. Ser mindful en la crianza significa escuchar con atención y estar consciente de la experiencia emocional de ambos. Implica ser capaz de regular emociones juntos y aceptar las situaciones difíciles. Pero sobre todo, significa ser compasivo con ellos y con nosotros mismos. Cuando criamos con consciencia, sabemos que los límites son tan necesarios como amarlos y darles lo que necesitan. Ponemos límites respetando su soberanía y haciendo pausas antes de reaccionar. Si mi hija hubiese sido obediente, si hubiese respondido “si” a todas mis peticiones, no sería hoy una madre consciente y un mejor ser humano. Por eso, le estaré por siempre agradecida.
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