Crónica borracha #MetroCDMX
Ayer iba cansada de regreso a casa; lo menos que quería era ir apretada en el metro, pero eso casi nunca se puede. El vagón iba lleno y esperar el próximo tren me daba más flojera, así que me subí.
En seguida: el típico pisotón, empujón, jaloneo, etc., y para colmo, al lado de mí iba un señor, con ropa de enfermero, medio sonriente, disque bonachón y claramente borracho. Alcancé a tomarle una foto. Sus ojos “pispiretos” ni cuenta se dieron. ☺

El metro avanzaba y aquel don nomás se mecía, ahogado en el alcohol y adormilado por esa marea apestosa. Gracias a la inercia, su silueta regordeta golpeaba a los que estaban a su paso incluyéndome a mí, que no podía ni moverme.
De repente sentí un trancazo bien puesto. La mano del bolo se había resbalado y fue a caer sobre mi nariz. Apenas alcancé a agarrar mis lentes que salieron volando después del golpazo. Me dolió, me dio odio, reclamé.
Unas tres estaciones después me pude sentar y me puse a pensar: ¿Qué los polis no se dan cuenta de la gente que sube así tan ahogada? O si se dan cuenta, ¿por qué los dejan subir? Luego mi mente voló más: ¿Por qué siendo martes este cuate iba tan drunk? ¿En dónde queda la salud que “porta” con su trajecito de enfermero?
No hay mucho qué reclamar, nada más era la crónica de un ratito de odio.
Ya no tomen y si toman no se suban al Metro, Metrobús y no manejen, que mejor los lleven.