Escribir, un constante reencuentro

Tengo miedo. Hace tiempo que he dejado de escribir.
Antes las letras eran mis fieles compañeras.
Cuando, por las noches, solo pensaba en cómo enfrentaría el día.
Y, por las mañanas, me preguntaba cómo superaría la soledad de la oscuridad.
A veces, un poco más temprano. Muy temprano.
Cuando los párpados me pesaban, caminar me costaba, sonreír me dolía. Pensar en mí, cómo me frustraba…
En ocasiones, me encontraba con la música, con otros sentimientos. Tal vez amor, tal vez alegría, tal vez paz,
pero no era mía.
A veces, la música me encontraba. Con dolor, con tristeza, con cansancio,
tan desafortunadamente mío.
Fortuna. Me gustaba creer que alguien más pensaba, al menos, en mi pesar. Algo solo para mí y no al azar.
Creer. También dolía. Me preguntaba cuándo sería suficiente la opresión en el pecho, el entumecimiento en las piernas… vivir. ¿Él no sentía nada al verme así?
Él. Mejor que no existiera, mejor pensar que nadie lo notaba.
Que tal vez, y solo por esa razón, el auxilio no llegaba.
Escribir fue mi salvavidas. Me sostuvo frente a los demás, pero, sobre todo, ante mí.
Valoraba cada paso, aplaudía mis sonrisas, abrazaba mis llantos. Tanto, que un día desperté con el alma haciéndome cosquillas.
El sol brilló diferente, el aire se sintió más puro.
¿Era alegría? No, esperanza. En el futuro, en las personas, en mí.
Escribir fue mi refugio. Y, ahora, después de tanto tiempo, regresé a él.
Golpeé la puerta temblorosa, conocía muy bien lo que había adentro.
Quizás, la tristeza estaba llamándome… Y cómo asustaba.
Se había transformado, pero no cambió mucho. Era yo. Y me agradaba.
Hoy volví a escribir, pero ya no tengo miedo.
Entendí que debo aprender a vivir con ella.
Levantarla cuando sea necesario,
Reconocer su brillo,
Ver las luces en su alrededor.
Hoy mi refugio se convirtió en mi hogar.
Y ya no lo pienso abandonar.
Música con la que escribí.