Agresiones sexuales en lugares públicos

He leído el artículo que la periodista Paula Ortega publicó en eldiario.es y que Pikara compartió en su fanpage de Facebook.

Paula relata lo que le sucedió una tarde, a plena luz del día, cerca del metro Bilbao en Madrid. Un tipo la siguió y «de repente, noté que algo se metía por detrás, entre mis piernas, una mano completamente ajena, inesperada y desconocida que me estrujó el coño con un apretón doloroso y molesto». Paula gritó y muchas personas miraron lo que pasaba.

Paula se quedó en shock aunque más tarde pudo gritarle «cerdo» ante la mirada y pasividad de todos los transeúntes. El tipo, sabiéndose impune, le devolvió el insulto con un «puta loca». Aquí no ha pasado nada. Paula no cuenta si alguien se acercó luego a preguntarle algo o a darle ánimos, por lo que supongo que nadie lo hizo.

¿Se habrán quedado en shock también los demás? Me cuesta creerlo… pero se lo que ha sentido Paula porque dos veces me pasaron cosas parecidas.

La primera vez tenía yo 18 ó 19 años y trabajaba vendiendo apuntes en ello al de la FUBA en la sede del Ciclo Básico Común de la calle Uriburu, de la Universidad de Buenos Aires. Era miércoles por la tarde, y a esas horas no solía haber nadie en el subsuelo. Fui al baño, que estaba casi al otro lado del pasillo donde estaba nuestro local. Caminando distraída. Pero, de repente, vi a un hombre apoyado en el marco de una de las puertas de acceso, con la bragueta abierta, empalmado y masturbándose. Sonreía. Aún recuerdo su cara. Me quedé en shock y cuando reaccioné me volví al local y le dije a mi compañero (treintañero, grandote y fana de San Lorenzo) lo que me había pasado. Salió corriendo pero no lo encontró. Me sentí muy mal y no pude dejar de sentirme violentada durante mucho tiempo. No avisé a la universidad, ni a nadie. Había escuchado relatos semejantes, en los que el tipo era catalogado de «asqueroso» y nada más.

Pasaron los años, me vine a vivir a Madrid, y una noche del año pasado iba yo caminando rumbo al metro cuando vi a dos pibes adolescentes con pintas de creer que lo saben todo. Así que aligeré el paso. Parece que ellos hicieron lo mismo y se pusieron a andar justo detrás de mí. Yo iba con unos pantalones holgados que encima me quedan grandes pero que me gustan tanto que los uso igual. Los pibes empezaron a describir las flores del pantalón y, ya puestos, a decir lo que pensaban sobre mi culo. Los enfrenté, me giré y les dije que no tenían por qué ir calificando los cuerpos ajenas y ya no recuerdo cuántas cosas más les dije. Lo cierto es que se rieron y se fueron. Pero me quedé con miedo e impotencia, a pesar de todo, se habían salido con la suya. Acudí a mis amigos por Telegram para contarles lo que había pasado.

Hasta ese momento, yo había leído y escuchado muchos relatos sobre el miedo a caminar solas de noche. Y, sinceramente, pensaba que yo nunca lo había sentido. Pero esta última vivencia me recordó la cantidad de veces que volví a casa con alguna llave puntiaguda entre mis dedos por si alguien me atacaba…

Madrid es una ciudad tranquila. España es el Estado europeo donde menos delitos se cometen (excluyendo al PP). Y, sin embargo, hay veces que he sentido miedo.

¿Qué debemos hacer para dejar de sentirlo? ¿Denunciar cada vez que nos pase algo así vía policía, Twitter y blog? Me parece una buena alternativa, pero la verdad es que no tengo claro, qué otras opciones, además de la educación y la denuncia puede haber.

Lo cierto es que queremos caminar tranquilas, no tener que mentir diciendo que «mi novio está en casa esperándome» cuando el taxista que me lleva a Mordor no para de preguntarme si vivo sola, si tengo hijos, etc y no quiero parecer borde porque en definitiva estoy en su coche y como no tengo efectivo pagaré con la tarjeta y sabrá mi nombre, aunque nunca les digo que me dejen en la puerta de casa (comportamiento aprendido en Buenos Aires).

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