Somos todos sensibles, lo dice lo impredecible de los pétalos disipadamente cayendo sobre el suelo en el otoño que arrebata mi cuerpo, haciéndome parte del color, sufriendo en la transpiración del sol subiendo. Cuántos habrán sido ya mis intentos, tengo una manera de actuar cuando me gusta hablar sin miedo que a veces se me puede notar, por estar tan bien hechos mis sentimientos, que me gustaría observarte con tiempo, para ver si me acerco y te lo digo, que a partir de ese momento vamos a contarnos todos nuestros deseos, sólo para ver si permanecemos despiertos al mismo tiempo. Seamos sinceros, este mundo nos aprieta y hay que entrelazarse los cuerpos para sobrevivir cuando no se puede salir corriendo hasta dejarse atrás y caminar muy lento, siendo ese mismo cuerpo que de soledad está hecho y estiró los huesos, que aprendió a dormirse aunque la cabeza sacrifique en intentar no contradecirse y encontrar problemas en el descanso de la almohada que no sabe lo que adentro pesa, que no puede conciliar una respuesta ni el sueño que me deje en donde siempre imaginé quererme, un espacio inconcreto que también incluye continentes y otros presentes. Será lo que tenga que ser o será la vergüenza de expresar una opinión después de haber perdido la confianza en las respuestas, las miradas y personas enteras.

Somos todos destructibles cuando miramos al sol, cuando sentimos en los ojos el calor. Es la misma situación cuando nos miramos a los ojos y sonreímos con la seguridad de que nos vamos a derrumbar, y quizá no podamos hablarnos más o empecemos a besarnos hasta terminar, no estoy diciendo que lo haya podido aceptar, ¿pero qué más te puedo contar? ¿No es un daño extraño y perjudicial volver a fracasar? Ya no puedo quedarme esperando hasta el final.