Otoño
Fines de marzo y las hojas secas que comienzan a caer y el viento frío al que se le da por helarme los cachetes. No más el calor insoportable, no más el sol que quema, no más esa sensación pegajosa y húmeda.
La brisa viene trayendo algunas gotas y mojando apenas el balcón; mientras tanto lleno la pipa y al prenderla huelo el olor quemado, ese que impregna mi casa de muebles viejos y colores vivos. Fumo y saboreo el gusto de un tabaco fuerte y negro, y suelto el humo y siento el calor de mi aliento. Detrás suena una música suave, quizá Early Autumn en el saxo de Joe Lovano, y delante de mis ojos Cortázar y la continuidad de los parques. Ah, el jazz y la literatura, y la tranquilidad de una siesta de café y tabaco y tal vez chocolates.
Creo confundirme en la soledad de un cuarto gris, frío, apenas más claro en las luces bajas que manchan las paredes blancas. Una oleada de aire entra por la ventana abierta y mueve las cortinas, y afuera comienza a lloviznar y no sé si Londres o París.
Una sensación de melancolía me invade el pecho, estremecedora, temblorosa, dolorosa. Sorbo el café, caliente y amargo, y pienso en lo que pudo haber sido pero no es. La siesta trae esos ratos de nostalgia, de sueños mal cumplidos, también de una tranquilidad en estado puro, mejor que el instante posterior al orgasmo, mejor que la heroína.
Pero de repente suena el reloj y levantate y apurate que es tarde y ya estoy en la calle y en la facultad y en clase de economía.