Púlpito

Palomas. Había muchísimas palomas. La plaza, en el centro de la ciudad, estaba repleta de palomas. Se posaban sobre los bordes de la fuente circular, reflejándose en el agua cristalina. Caminaban por las veredas, debajo de los bancos, y después revoloteaban sobre el césped. Algunas cruzaban muy rápido hacia la iglesia por la calle peatonal; otras metían el pico en los surcos que separaban los adoquines. Palomas grises, palomas blancas, palomas negras como cuervos.

Frente a la plaza tapaban el sol unas galerías frías, grises. También ahí había palomas. Se movían frenéticamente alrededor de las columnas, confundiéndose entre los perros callejeros, y picoteaban las migas de pan esparcidas en las lajas. En los balcones del primer piso, parada sobre las barandas de piedra, piaba una paloma de cabeza gris, lomo blanco y alas negras. Sus ojos amarillos se desviaban en diagonal hacia el gran ventanal de la iglesia, que oscurecía unas escaleras y los pasos de las sombras.

Las galerías del centro se extendían a lo largo de una cuadra. En la esquina, una pequeña puerta de madera conducía a un patio interno con mesas de piedra. Esa tarde ahí podía sentirse el suave calor de un sol tenue. En un costado, la luz otoñal iluminaba la copa de un árbol que me pareció más viejo que todas las cosas de este mundo. De un tronco inabarcable nacían unas ramas muy anchas, sobre las que se posaban ruiseñores. Las hojas del árbol hacían sombra a una fuente pequeña y repleta de metales. Una pareja, sentada en el borde de la fuente, arrojó una moneda de dos soles.

El estilo colonial impregnaba todo el ambiente. Detrás del gran árbol, unas escaleras de quince escalones asimétricos por los que ahora subía la pareja. El pelo negro de C. llegaba hasta la mitad de su espalda; su piel blanca contrastaba con mi oscuro bronceado. Terminamos de subir las escaleras y me tomo la mano, entrelazando sus dedos con los míos.

— Hay algo que quiero mostrarte — dijo a media voz, mirándome a los ojos.

Caminamos en dirección paralela a las galerías de afuera y salimos al balcón desde el que se podían ver las ventanas de la iglesia. La paloma de ojos amarillos seguía con la vista fija en el contorno de las escaleras internas. Creí ver una sombra que subía por allí y sentí un leve escalofrío.

— ¿Quieres ir ahí? — me preguntó C.

Asentí. Salimos del balcón, bajamos las escaleras, cruzamos el patio en diagonal y entramos en un cuarto sin luz. Yo no veía nada, pero C. me llevó con seguridad hasta una puerta interna que conducía a unas escaleras de caracol, debajo de las cuales se discernía una habitación iluminada. Bajamos a una gran biblioteca, donde un viejo saludó familiarmente a C. Era un hombre medio calvo y de bigotes, que rondaría los ochenta años. “Hola, niño, usted debe ser…”. Dijo mi nombre. Solo dos días antes había conocido a C., por lo que supuse que había cierta intimidad entre ella y el anciano. Nos invitó té de coca y nos hizo sentar en unos sillones desvencijados que rodeaban una ratonera. El lugar, muy gastado por el tiempo, olía a hojarasca y tabaco quemado. Un tocadiscos reproducía Las cuatro estaciones, un galgo ruso blanco dormitaba sobre una alfombra, un gato negro caminaba por los estantes. La única pared sin bibliotecas estaba repleta de cuadros; reconocí La noche estrellada y Terraza de café por la noche. Ese pintor fue un pobre diablo, pensé. Pero, claro, a veces llegaba a ser Van Gogh.

Después de hacerme las preguntas de cortesía (ah, de Argentina, diecinueve años, ¿eh?), nos habló de pintura, música y literatura y todo lo que puede saberse sobre impresionismo, clásica y realismo. Perdí la noción de las horas, fascinado. Recién después de mucho tiempo lo encontré visiblemente cansado.

— Hay algo que quiero mostrarles — dijo levantándose.

Se dirigió a un escritorio y recogió una novela de Sábato. Volvió a su sillón, abrió Sobre héroes y tumbas, buscó una página marcada con una foto, la que extrajo antes de alcanzarnos el libro, y nos pidió que leyésemos un párrafo subrayado: “Dios fue derrotado antes de la Historia por el Príncipe de las Tinieblas. Y derrotado, convertido en presunto diablo, es doblemente desprestigiado, puesto que se le atribuye este universo calamitoso.” Y más adelante: “Mi conclusión es obvia: sigue gobernando el Príncipe de las Tinieblas. Y ese gobierno se hace mediante la Secta Sagrada de los Ciegos. Es tan claro todo que casi me pondría a reír si no me poseyera el pavor.” Me poseyó el pavor. La sombra que antes había visto subir las escaleras dentro de la iglesia llevaba un bastón.

— Te has puesto pálido — dijo el viejo.

Balbuceé. Él se levantó y nos hizo una seña para que lo siguiésemos; C. y yo fuimos por detrás. Abrió una puerta, señaló un largo pasillo apenas iluminado (había algún foco en la pared cada varios metros) y nos dejó pasar. C. me tomó la mano y nos adentramos caminando muy juntos, rozándonos los hombros.

Después de caminar unos cien metros llegamos a otra escalera de caracol, esta vez de madera. Subimos unos veinte escalones y nos llegó el tono grave de una voz, bebed todos de ella, porque esta es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. C. se estremeció. Comprendí que estábamos adentro de la iglesia, aunque por lo demás no sabía muy bien dónde. Se hizo un silencio sepulcral; nuestros pasos retumbaban. Seguimos subiendo y llegamos a la par del gran ventanal. Miré afuera: era noche cerrada. Por fin llegamos a un piso superior. C. se frenó un poco antes de la salida.

— Entra tú primero.

Subí los últimos escalones y me topé con un reflector de luz blanca que me encegueció por unos instantes. Pestañeé muchas veces hasta recuperar la vista. Estaba en una inmensa habitación casi vacía. A unos veinte pasos se encontraba un hombre de unos cincuenta años completamente desnudo. El cuerpo era muy armonioso y parecía estar sano, pero se sostenía sobre un bastón blanco. Tenía el pelo salpicado de canas y estaba perfectamente afeitado. Supuse que era el hombre que había visto subir las escaleras cuando yo miraba desde el balcón de las galerías.

Me acerqué unos pasos. Iba a hablarle cuando noté que las cuencas de sus ojos estaban vacías. La posición de su cuerpo y todo en él parecían dirigirse, sin embargo, poderosamente hacía mí, por lo que pensé que de algún modo me veía. Alguien me rozó la mano y sentí un miedo infinito. Era C., que temblaba a mi lado.

El hombre caminó lentamente hacia nosotros, apoyándose en el bastón. Por fin se detuvo a unos centímetros y apoyó su mano derecha en mi hombro izquierdo. Esperaba una voz de ultratumba cuando escuchamos unas palabras de tono paternal:

— Ya veo que Ernesto los dejó subir. Muy bien, hace mucho no tenía visitas. Sabrán quién soy, supongo.

Asentimos con la cabeza y entonces me desperté. Estaba boca arriba y tenía mi ejemplar de Sobre héroes y tumbas encima del pecho. Estiré el brazo hasta la mesa de luz, prendí la lámpara y deposité el libro en el mueble. Noté que algo sobresalía entre las páginas. Abrí el libro en la página trescientos y tomé la foto. C. y yo, dentro de la iglesia de Arequipa, sentados en un banco lateral.

Detrás nuestro estaba el púlpito. La columna que lo sostenía había sido esculpida con la figura de un demonio. Escuché pasos que subían por una escalera ubicada dentro de la columna, sentí que un líquido corría por mis mejillas y mojaba mis labios, saboreé un gusto a sangre y entonces la ceguera y las cuencas de mis ojos vacías.