“He dejado de ser musa, la musa de poetas que manipulan las letras, escribiendo los

sueños y dibujándome desnuda cada vez, en ellos, y yo dejando en cada uno, lo más noble de una musa, de una musa enamorada de las letras de un poeta…

He dejado en cada verso de su inspiración el sudor de nuestros cuerpos en letras después de hacernos tantas veces el amor…

He dejado grabado a su inspiración mi rostro, mis gestos, mi gozo, y no me he avergonzado al concluir

su obra, de volver al abrazo sin poesía, de mi amo…

Y hoy la musa se revela, se apodera de las letras, le escribe al poeta y le canta al cantor las cuarenta, ahora es su propia dueña, y su obra maestra, de algún buen profesor…

hoy he dejado de ser musa, para que mi alma se inspire en si misma, en la visión de describirse con el corazón desnudo en sus manos, de contar sus amores prohibidos, esos a quienes inspiró, pero sin nombres…” (Lola)