El dilema de Boedo, la antigua Sumeria y la revisión histórica.

La investigación ufológica (u ovnilógica) me llevó a un destino poco certero y es la reescritura de la historia. La investigación me llevó a revisar nuestro pasado. Los dioses que bajaron del cielo en carros voladores. Wow. Hay algo más allá de Boedo.
De repente me encuentro leyendo textos del lingüista Samuel Noah Kramer, traducciones de las primeras escrituras, de las primeras civilizaciones (conocidas), Sumeria, Babilonia, Asiria. El Concilio de Nicea del 325, la creación de las religiones y el intento desde la antigüedad de hacerse con el control del espíritu de la humanidad desde el principio.

Buscando respuestas, encontré más dudas.

A lo que voy es que cuando reviso estos textos antigüos, de a ratos tengo una sensación muy similar a la que me invade cuando mi viejo me cuenta de la pegada del “gringo” Scotta, Los Matadores, Boedo, Los Camboyanos, Los Carasucias, el “lobo” Fischer, etc.

Epopeyas legendarias de la historia escrita. 
Pasa todo a ser una cuestión casi de fe. No lo vi, y sólo queda nuestra confianza en las fuentes.
Como si todo lo que sucedió antes de nuestro propio nacimiento fuese una masa de dudas que uno busca aplacar depositando la última palabra en alguna entidad oficial que el propio criterio de uno (del que todos creemos estar bien dotados) la tilda de incuestionable.

Ya sea lo que dice tu religión o tu organismo estatal correspondiente o la ciencia oficial o tus padres o los medios o un profesor. Y en eso creemos. Ya está.

Por mi cuenta, yo no vi a San Lorenzo en Boedo. Es más, tuve la suerte de estar en el Nuevo Gasómetro en las 3 finales internacionales ganadas. Yo lo ví campeón de todo en el Bajo Flores. La identidad cuerva me dice que tengo que querer volver a Boedo, y así lo quiero, pero yo lloré, reí, festejé y puteé árbitros y line-mans en otro lado, en Varela y Moreno. 
Pero en este aspecto me valgo de lo que me cuentan y el respeto de lo que no vi, bancando a muerte la vuelta a Boedo. Ya que aunque no estuve ahí, cuando me cuentan el gol de taco de Sanfilippo a Roma, o el Papa habla de los goles de Pontoni, me emociono, lo festejo con delay y lo siento parte de mí. Sí, aunque el tiempo no nos cruzó.

La historia con el tiempo sabe modificarse. Las proezas se agrandan tras cada año que pasa. ¿Qué se dirá de Buffarini en unos años? ¿Quién recordará esa pelota que sacó sobre la línea en Brasil? ¿Estaremos hablando de una semi-deidad alada con rasgos de león llamada B7? ¿Qué historia queremos escribir? ¿Cuando estemos en Boedo, qué historias se contarán del Nuevo Gasómetro? Si por algún motivo se borrasen todos los servidores del mundo, y dependiéramos únicamente de la memoria colectiva, ¿se recordará la hazaña contra Newells para zafar del descenso? ¿El 3 a 0 a Botafogo y el OVNI que pasó instantes antes del segundo gol de Piatti? ¿El penal de Capria allá arriba?

Las generaciones futuras van a confiar en lo que nosotros escribamos y afirmemos hoy. Como a mi no me queda otra que creerle a mi viejo y a los cuervos que amaron aquella otra tierra. Vamos a volver a Boedo y eso me pone muy feliz. Pero un domicilio no hace a la grandeza de un club. Este club es grande por su gente, su historia y sobre todo (paradójicamente), es grande por los momentos de mierda vividos.
Todavía me acuerdo de la primera vez que mi viejo me llevó a la cancha, subiendo de su mano por los escalones (que me parecían gigantes) de la Sur. Y así el sanlorencismo y sus valores van sucediendo de generación en generación. Como aquellos relatos babilónicos.

Del pasado sabemos muy poco, pero sí sé una cosa del futuro: que cuando abandonemos el Bajo Flores, aunque sea por un bien mayor, ese día voy a llorar como un niño.

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