Y de pronto los dos se miran. Se miran directo a los ojos en lo que fue una casualidad perfecta, sin ensayos, no forzada.

En ese momento no importa quién volteo primero el rostro para encontrar los ojos del otro, lo importante es que se miran. Se miran a través del cristal y el entorna los ojos y le sonríe con una ternura por ella nunca antes vista (o que si alguna vez vio no lo recuerda, no lo sabe, no importa ahora). Ella asiente y contagiada de ternura sonríe también.

Se miran y sonríen y lo único que cabe en la mirada que ellos comparte es un sentimiento de estar en paz, de estar feliz el uno por el otro y a la vez ambos comparten en secreto el lado distinto de las cosas.

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