Y que el Principito nos bendiga, amén.
El viernes en la tarde, mientras veía la película del Principito — y me bebía las lágrimas como toda una fanática patética-sentimental — me pasaban por la mente un sinnúmero de conceptos y temas que, a mi entender e interpretación, se transmitían en ella. Entre esos conceptos y temas, dos de los más frecuentes (en mi mente) eran el del ajetreo diario que a veces — por no decir siempre — parece consumirnos las vidas y, por otro lado, el de la productividad y lo que ello significa en esta sociedad abrumadoramente materialista. También recordé, ya terminada la película, una lectura que tuve la oportunidad de leer — valga la redundancia — hace algunas semanas, escrita por una de mis compañeras-chardonitas, Mónica Vega González, en la cual discute su frustración al toparse, cara a cara, con un niño sin alma.
En “Un niño sin alma” — que les recomiendo cien por ciento leer — se retrata parte de la realidad de los niños y las niñas de hoy día que se sumergen en el mundo de las “tablets”, las películas chatarras, y la comida ligera, a tal extremo que les lleva a carecer de ciertas virtudes de la infancia, tales como, la imaginación, la curiosidad, la inocencia, la capacidad de asombro, el entusiasmo, entre otras. Si bien estoy consciente de que las “tablets”, los celulares y todos los aparatos electrónicos pueden llegar a ser herramientas sumamente útiles para el aprendizaje y el entretenimiento, la realidad es que acostumbramos a usarlas casi exclusivamente para lo trivial — que casi convertimos en necesidad — , como estoquear a la gente en Facebook, cambiar de filtros en Snapchat, subir fotos de comida a Instagram, leer noticias de Kim Kardashian o de la hija de Adamari López, etc. — , lo cual forma parte del problema. El daño ocurre cuando no se encuentra un balance y la vida de muchos/as niños/as comienza a girar en torno a estos aparatos, el entretenimiento mediático y la falta de amor por el aprendizaje; es ahí cuando puede comenzar a opacarse lo esencial de sus almas y lo que les lleva a convertirse en adultos que solo se interesan por el dinero — a los mayores les gustan las cifras (p.5) — y la acumulación de bienes materiales.
Tal vez hay quien diga que no estoy completamente capacitada para formar juicio sobre cómo se crían los niños/as hoy día dado a que, por supuesto, no tengo hijos/as, pero esto es algo que me atrevo a discutir porque lo veo en cada esquina, lo veo en familias que conozco y en las que me encuentro en oficinas u otros espacios públicos; niños/as relegados/as a la atención de una pantalla “touch screen”. Además, uno de mis principales intereses, y metas, en el ámbito profesional es poder llegar a crear o colaborar en programas educativos para niños/as que fomenten el aprendizaje mediante las artes y la literatura, lo cual me lleva a la gran preocupación, ¿cómo lograr que nuestros niños y nuestras niñas se interesen y se apasionen por la educación y las artes cuando nos encontramos en una sociedad que no las fomenta y que cuenta con un sistema educativo sumamente estático? Una sociedad en la cual lo “productivo” se vuelve sinónimo de cuántas horas al día trabajas y cuánto dinero te ganas. Lo “productivo” para esta sociedad es estudiar ingeniería, medicina o administración de empresas, todo lo demás es una “pérdida de tiempo” — te lo dice una chardonita — .
Es por eso que quienes optamos por adentrarnos en el mundo de las artes nos vemos en la incómoda situación de tener que explicarles y justificarles, a quienes no entienden, una y otra vez el por qué decidimos estudiar ésto y qué realmente queremos o podemos hacer con ello. Solo para que, cuando termines de explicar, te miren con cara de angustia o pena y te digan: “ay mija/o, la cosa está bien mala, eso no deja na’, vas a tener que irte pa’llá fuera” — y uno/a con el corazón hecho pedazos por la frustración de pensar que todo lo que te acaban de decir es una lamentable realidad para muchos/a de nosotros/as — . No obstante, esta realidad se transforma cuando leemos cuentos como “El Principito” o “Los locos somos otros cosmos”, cuando vemos películas como “Martian Child”, “Bridge to Terabithia” o “Amélie” — que de hecho, las primeras dos se basan en sus respectivos libros — ; la realidad se transforma cuando nos encontramos con seres que no han dejado que su niño/a interior cierre sus ojos.
Cuando el Principito — o la Principita — llega a nuestras vidas
La primera vez que leí el Principito, tuve una sensación de nostalgia, tristeza y alegría simultáneamente — aunque no estaba a llanto tendío como en esta ocasión — , y es que este pequeñín llega a nuestras vidas para recordarnos lo esencial, lo que mueve y alimenta nuestras almas — lo que es invisible a nuestros ojos — , eso que solemos o podemos olvidar con el trajín cotidiano y el pasar de los años. El Principito viene a sacarle el polvorín al niño o a la niña interior que en algún momento, muchos/as de nosotros/as, dejamos casi morir porque “mija/o, ya es tiempo de que madures, ponte pa’ tu número”. Y mira que eso de sacar el polvorín de nuestro ser casi nunca es cosa fácil ya que, por lo general, implica rebuscar entre lo olvidado y lo que echamos a un lado por “x” o “y” razón, tal vez en contra de nuestra voluntad.
A medida que la adultez llega a nuestras vidas , las presiones sociales, familiares, profesionales y económicas, entre otras, pueden llegar a chuparnos la energía casi de sopetón, y es ahí cuando la vida puede comenzar a pesarnos mucho más que antes y el cuerpo deja de sentirse tan liviano. El pasar de los años trae consigo un choque con realidades que tal vez no habías contemplado anteriormente. También conlleva el asumir responsabilidades que no necesariamente te tocan o desearías tener y de tragar nudos por aquello de no buscar problemas, entre otras cosas. Hay un sinnúmero de factores y razones que hacen que muchos/as de nosotros/as releguemos nuestro/a niño/a interior al pasado o al olvido. No obstante, en algún momento de nuestras vidas nos encontramos con seres que nos dan un revoltón y nos hacen ver las cosas desde otra perspectiva, más humana, más cálida, más curiosa y más creativa. El tipo de ser que podrá tener un cuerpo de adulto/a pero quien le guía y le llena de luz es su niño/a interior.
Estos seres llegan justo en el momento que tienen que llegar, ni antes, ni después, y luchan contra todas las adversidades que una sociedad como la nuestra, tan ocupada, tan agitada, tan de prisa, tan enlatada, tan instantánea y tan obsesionada con las cifras y la “productividad” — que puede rayar en la explotación — , les presenta. No se limitan a cuerpos de adultos, muchas veces se encuentran en los años de infancia de nuestros/as hijos/as, primos/as, sobrinos/as, etc.; independientemente del cuerpo, siempre están presentes. Por lo general, se alimentan de cuentos, novelas, historias de otros planetas, abrazos, dibujos, colores, bailes y canciones. No tienen miedo de curiosear ni de abrazar árboles cuando así lo desean. Son el tipo de personas que siembran, que llenan, que aportan, que se solidarizan, que se mueven con y por el amor, se desvían de lo común y forman parte del Universo extraordinario y de lo que les llena de felicidad.
El Principito nos (re)presenta a esos seres que, aún cuando dejan de existir en un plano físico, nos acompañan eternamente en nuestras almas con todas sus virtudes, ayudándonos a mantener a nuestro niño/a interior muy despierto. Ahora nos toca a nosotros/as alimentarles, permitirles manifestarse y compartir la energía, la creatividad y la imaginación que ellos y ellas nos dan, con quienes nos rodean.
Ah, antes de que se me olvide, les comparto un secreto-consejo — de esos que valen oro — que el Zorro, uno de sus grandes amigos, le dijo al Principito : “He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”.
*Aquí les comparto una página en la cual pueden descargar y leer “El Principito”: http://www.agirregabiria.net/g/sylvainaitor/principito.pdf


