Veganos, una ética dudosa

Por primera vez en la historia humana ha comenzado a establecerse un tabú con los alimentos por razones de pensamiento y no como hasta ahora por razones económicas. Hace ya tiempo que se sabe que las prohibiciones religiosas que impiden comer varios alimentos ocultan poderosas razones económicas, ambientales y para un mejor aprovechamiento de los recursos de la comunidad.

El vegetarianismo, ahora conocido como veganismo, no obedece a ninguna razón económica, es una pura construcción del pensamiento asociada a movimientos animalistas y defensores de la igualdad entre todas las especies animales; aunque es verdad que en general sus creyentes no suelen centrar sus esfuerzos en insectos o gusanos.

Echar a alguien de un establecimiento por dar un biberón que no contiene leche materna es como condenar a un año de cárcel a alguien por unos chistes: un dislate. Justificar la expulsión con el uso de las palabras violación, asesinato y tortura asociadas a las vacas, ovejas, terneros y corderos y señalar que “tienen valores” es como asegurar que se ofende y se causa dolor a las “víctimas del terrorismo”: otro dislate.

Pero al margen del lenguaje y lo que estamos haciendo con él (que da para un libro y no para unas líneas), lo preocupante de estos vegetarianos es el desprecio y la falta de respeto que muestran hacia los casi 800 millones de seres humanos que padecen hambre en el mundo, según datos de 2015.

Hablar de ética cuando en amplias zonas de África y Asia la subalimentación es la tónica general, con picos estacionales de hambrunas causadas por factores climáticos o políticos, es una burla. Es una vergüenza, mientras en los países occidentales miles de personas se permiten el lujo de elegir entre una oferta inacabable de alimentos una dieta determinada, acusando a los demás de criminales por seguir una dieta más o menos equilibrada que incluye proteínas animales.

Se ha puesto de moda comer productos sin gluten, banalizando a las personas que padecen una alergia alimentaria que supone un riesgo para su salud y que, desde luego, no es una elección libre. ¿Qué será lo próximo, inyectarse insulina y hacer apología de la diabetes?

Algunos fuimos educados en el respeto a la comida, a no tirar nada y a tratar de aprovecharlo todo. Y no por compromisos ecológicos o por economía, sino por respeto a las muchas personas que no tenían y no tienen qué comer. Porque en este planeta, la comida sigue siendo un privilegio. Y lo que todos estos movimientos demuestran es una inmensa falta de respeto por quien no puede elegir qué llevarse a la boca.

Nota: los datos de la FAO deberían avergonzarnos como especie y pueden consultarse en este enlace: 72 países han alcanzado el Objetivo de Desarrollo del Milenio de reducir a la mitad la proporción de personas que sufren subalimentación crónica