Rikuzentakata, un cuento visual.

Todos hemos tomado fotografías. Más en este tiempo donde parece indispensable documentar los sucesos de nuestra vida diaria. Pero no les damos importancia, al menos no en el momento.

La fotografía ha sido, desde su invención, un narrador de nuestra existencia. Por eso a veces parece difícil encontrarle otro sentido fuera del literal, más concisamente en la fotografía “documental” que es a la que estamos acostumbrados en nuestro día a día.
 Hasta que dejamos de estarlo, el tiempo ha pasado sobre nosotros y ésta se convierte en un memento, un pequeño pedazo del pasado congelado en una imagen. Aquí es donde se empieza a formar esta exposición, narrando una historia de pasado, presente y futuro.

Rikuzentakata es una pequeña ciudad al norte de Japón, donde el fotógrafo de esta muestra, Naoya Hatakeyama, es uno de los ciudadanos ejemplares.

Está exposición relata desde días después hasta cinco años del terremoto y tsunami Tōhoku (llamado igual que la region donde se encuentra Rikuzentakata) que acabó con las vidas de 20,000 habitantes, entre ellos la madre de Hatakeyama San.

Imaginemos que la ciudad donde crecimos, donde viven nuestras familias, ha sido arrasada en unos momentos mientras nosotros nos encontrábamos fuera de ella.

Naoya Hatakeyama vivía en Tokio en el momento del tsunami. A quinientos kilómetros de Rikuzentakata. Las vías de comunicación caídas impidieron que Hatakeyama san pudiera comunicarse con su familia y entonces sin dudarlo, decidió tomar su motocicleta y hacer un viaje de cinco días hacía su ciudad natal, luchando contra el frío de marzo que acostumbra Japón.

El 19 de Marzo del 2011, Naoya tomó la primera fotografía de lo que había sido la ciudad de Rikuzentakata. Fue la fotografía donde solía estar su hogar de la niñez. El señor Hatakeyama relata con tranquilidad la tristeza e ira que tenía su hermana al momento de que pulsó el obturador, la desesperación de la destrucción es visible en la imagen.

Naoya Hatakeyama

Continuó después retratando los escombros que eran orillados para volver a marcar los caminos por los que transitaban. También del paisaje que ahora parecía una planicie de tierra muerta. Las pequeñas fotografías cuentan por si solas. Autos que parecen haber sido masticados y tardaron tres meses en apilar. Nieve rodeando el último pino en pie, que actualmente es un monumento. La tierra sacada de la montaña. Un arco iris saliendo de donde estaba la casa de Hatakeyama. El rompeolas, el nuevo guardián de la ciudad. Las casas provisionales construidas después de un año y siguen siendo habitadas. Las fiestas de la comunidad en medio de construcción que no demuestran más que una determinación extraordinaria por parte de sus habitantes. Todo esto una visión clara de una destrucción y su reconstrucción, de ellos y del lugar donde vivían.

Las imágenes y el nombre de Rikuzentakata sonaron por el mundo. Todos miraron entonces la pequeña ciudad a la orilla del mar, todos fueron a cubrir la historia. Y aún así, estás fotografías tienen una diferencia enorme con cualquier otra que pudo ser publicada en los medios. El dolor y el pudor. Hatakeyama mostró el duelo de los habitantes por medio de imágenes, sin embargo, todas son respetuosas, discretas. Son pocas las personas que se ven en las fotografías. La clave es mostrar el desastre para que el espectador se ponga el los zapatos de la gente de Rikuzentakata.

La exposición es un testimonio sobre los aspectos físicos y geográficos de una ciudad, al mismo tiempo de su tristeza, ira y fuerza para volver a ser la pequeña ciudad que era antes.

Se publicaron dos libros de fotografías, Rikuzentakata en francés que muestra las imágenes de esta exposición y Kesengawa donde las fotografías que antes Hatakeyama tomó por ocio de su ciudad, renuevan su significado como un pedazo de pasado, volviéndose un relato crítico para la historia y el futuro de Rikuzentakata, pasando Hatakeyama San a la posteridad en su pueblo natal.

Al final, Rikuzentakata hizo un rompeolas y empezó a reconstruir con más altura. Tomando medidas de precaución, como separar las zonas residenciales y ponerlas a más altura, ayudados por tierra de la montaña. De esos pinos qué tal vez ya no puedan crecer como antes por culpa del agua salada que los ahogó, se planea hacer casas de su madera y así, de los escombros, vuelve a salir esta hermosa ciudad.

El futuro se ve reflejado en la esperanza con la que narra Naoya Hatakeyama su historia y cómo va mostrándosela al mundo.

Naoya Hatakeyama

La exposición llegó a México gracias a la Fundación Japón y estuvo en el Museo de Arte e Historia de Guanajuato hasta el siete de Mayo en la sala Feliciano Peña.