Foto: Pedro Pardo/ AFP

Levantemos el puño

El suelo se mueve, los sentidos se alertan, el corazón se acelera. No tiembla desde hace un mes, pero nuestras mentes no lo sienten así. El 19 de septiembre de 2017 nos acompaña en cada paso, en cada pensamiento.

Se cumple apenas el primer mes de toda una vida con este recuerdo. Un mes de sueños que se cimbran noche a noche con el incesante retumbar de la alarma sísmica en nuestras cabezas.

No ha dejado de temblar en nuestro interior, y posiblemente nunca lo haga. No lo podemos dejar atrás, pero tampoco podemos dejar que se vaya. Con lo aprendido, es momento de nuestra reconstrucción.

El poder que tenemos como sociedad quedó una vez más de manifiesto. Nuestras virtudes individuales y colectivas afloraron, sin embargo ahora que el polvo se ha asentado, nuestros defectos y errores también lo han hecho.

La corrupción nos pudre, hinchó carteras y tiró edificios. La mentalidad cotidiana del ‘no pasa nada’ y del ‘mientras yo esté bien, que se joda el de junto’, también nos definen y se apoyan en ese mismo marco que hace a la corrupción posible.

Esa podredumbre no desaparecerá mañana ni en muchos años, pero nos corresponde como sobrevivientes construir el camino para que eso suceda.

Nuestros padres y abuelos contribuyeron en 1985 al nacimiento de la sociedad civil. Nosotros no podemos quedarnos en ese mismo lugar. Nos corresponde ir más allá, no tolerando las actitudes y acciones que hicieron posible el resquebrajamiento de familias y el derrumbe de vidas.

Nos corresponde indignarnos, pero también actuar para evitar que la corrupción vuelva a cobrar una sola vida más. En la Ciudad de México el temblor no mató a nadie, la corrupción lo hizo.

Tenemos que reconstruirnos empezando por las personas que somos, ya que sólo entonces podremos cambiar a la sociedad en la que vivimos. No podemos permitirnos ser los mismos que antes.

Es momento de levantar el puño para luchar por un futuro en que tragedias como ésta no tengan lugar. Levantemos el puño y callemos todas las mentiras de la corrupción. Levantemos el puño y escuchemos a aquellos que perdieron todo. No guardemos la solidaridad, no dejemos que se duerma nuestra hermandad.

Si no cambiamos, los muertos del próximo sismo colgarán inexcusablemente sobre nuestras cabezas. Lo permitimos una vez, será un crimen aún mayor permitirlo de nuevo.

La reconstrucción individual y social está en nuestras manos. ¿Ahora qué sigue?