Juego de Tronos

Mario
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Jul 20, 2017 · 2 min read

La bajeza moral de celebrar según qué muertes nos da un billete de vuelta a la Edad Media, donde la justicia se impartía mediante la voluntad de Dios, que hoy se llama Pueblo. En aquellos entonces se celebraba que el mierda de turno acabara con dos palmos de acero dentro del pecho, y hoy se hace lo mismo pero con dos cartuchos de caza.

Vamos a detenernos un momento a recordar que de esto hace ya unas 500 primaveras.

Que un juez sentencie 6 años de cárcel es cuestión baladí comparado con la sed de sangre que demandan un carroñero. Una vez difundida la idea de la parcialidad de la justicia -que no pienso discutir, por obvia-, no nos causa rechazo ni incomodidad nuestra propia generalización, sino el mero hecho de pensar en un análisis pormenorizado. Rita Barberá murió sin condena, y aquello (¡morir!) era como haberse librado de todo castigo. Miguel Blesa murió condenado... pero "algo más habría hecho".

La victimización ibérica, cualidad famosa a este, oeste, norte y sur de la frontera, no sólo nos convierte en sufridores de la justicia que no funciona: también de la que sí lo hace. El borrego no asume el espectro de posibilidades ni la escala de grises, sino que forja sus decisiones sumergiéndolas en botes de pintura o blanca o negra y encuentra consuelo en cualquier excusa para que ninguna mancha de color pertube sus conclusiones. Imagino que para no hacer a su cerebro pasar por un camino lleno de lluvia, frío y zarzas: la reflexión.

A menos que la reflexión tenga el morbo narrativo (digno de Agatha Christie) de una escopeta, un posible suicidio, y una trama de corrupción. Ahí sí, reflexionemos en una piscina de estiércol, que la presunción de inocencia es un mito y las sentencias judiciales, papel mojado.

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Mi mayor afición es fingir que entiendo a David Lynch.