Vicios de neó(n) noir

Mario
Mario
Aug 23, 2017 · 4 min read

Los Ángeles, 1970. El humo de los estupefacientes recreativos se mezcla con el que vende el presidente Nixon entre la sociedad. Se adivinan disputas raciales y estudiantiles, siendo ambas pareja de baile de la cultura hippie y los nostálgicos veteranos de guerra, aún más belicosos en pleno Vietnam. La suciedad y el descuido de los pacifistas contrasta con los tradicionalistas ricos, rompiendo el disentimiento de ambos el colorido textil de la época, el sexo, y las drogas, empapando la obra de inevitable digresión narrativa, dada la amplia heterogeneidad. En este contexto Thomas Pynchon –¿el nuevo Salinger?- enmarca Inherent Vice, su novela que Paul Thomas Anderson ha adaptado (¡mucho!) a la gran pantalla.

‘Doc’ Sportello (Joaquin Phoenix) es un detective privado hippie que vive en Gordita Beach, un pueblo surfero ficticio de California. Tan habitualmente colocado que podría liarse los porros con una mano, y con una apariencia cochambrosa y desaliñada que recuerda inevitablemente a El Nota de El Gran Lebowski (1998). Su enjuta ex novia Shasta (Katherine Waterston), de presencia melancólica pero esperanzada, acude a él tras un año sin verse para que investigue la desaparición de un magnate del que ella es amante, y sobre cuya herencia hay turbias intenciones familiares. La femme fatale de toda cinta de cine negro es aquí una joven actriz cuyo nombre deberían apuntar. A través de un laberinto caleidoscópico de carteles de droga, evasores de impuestos, un saxofonista resucitado, prostíbulos y nazis, le sigue la pista al protagonista Christian Bjorsnen ‘Bigfoot’ (Josh Brolin); un policía con corte militar y desprecio a los hippies.

Una voz en off dulce y femenina acompaña a la música repetitiva y tensa, propia del director, incrustada en escenas de humor negro, e intercaladas con elipsis narrativas en los que hablan la fotografía y los gestos de los personajes. No es una visión común del vicio la que se nos muestra -nada que ver con Scorsese y su Lobo de Wall Street- sino el instinto, la corrupción, la soledad, la nostalgia, y la pobreza personal estimuladas por el exceso del mismo, del puro vicio, que provocaron que las protestas sociales y las revueltas de aquellos años dieran a luz a ideales muertos antes de nacer.

Citando a la propia narradora:

“¿Es posible que, tras cada congregación de gente -concierto, manifestación por la paz, con asistentes raros, aquí, en el norte, en el este, dónde sea- unas bandas oscuras hayan estado ocupadas reclamando la música, la resistencia al poder, el deseo sexual desde lo épico a lo cotidiano, todo lo que pudieran conseguir para las fuerzas antiguas de la codicia y el miedo?”.

Los sucesos en la trama se desarrollan con fluidez y acaban formando una maraña ininteligible para el detective y el espectador a partes iguales. Demasiadas conexiones que, aunque a veces vacías, conforman un enigma que precisa de dos visionados -o incluso tres si eres hombre- para ser entendido. Pareciendo esto un defecto es totalmente lo contrario; la trama queda relegada a un segundo plano para dejar que todos los focos se centren en la ambientación. La historia llega a ser prescindible y los diálogos una excusa cuando se disfruta de cada gesto, vestimenta y actitud perfectamente encajada, tanto que no preocupa perderse durante la investigación, como refleja en sí el protagonista. La especialidad de Paul Thomas Anderson y su mayor fuerte ha sido siempre esa: la ambientación, la fotografía y el perfecto reflejo de la idiosincrasia americana en cualquier época y lugar: la ambición en There will be blood (2007) o las secuelas de los veteranos de guerra en The Master (2012). Genialidades como medir el paso del tiempo a través de un tinte y el cambio de color del pelo cuando va creciendo, o el efecto granulado de la imagen que hace que la película parezca rodada en la fecha que narra.

Sin llegar a mostrar demasiado, casi insinuando, la ejecución de los propios vicios, sí que hay una constante sensación de adicción; de entrega a esas lacras como hábito. Una puerta entreabierta entre lo explícito y la censura. Y se narran tres de ellos de manera afín a la realidad. El vicio a las drogas blandas como el tabaco o la marihuana, de consumo constante. Casi ininterrumpido. Las drogas duras de consumo más esporádico, como la cocaína. Y el sexo; llevado con escenas no concluidas, generando una tensión sexual no resuelta que llega a incomodar al espectador… y con un final peculiar.

Hay algo singular en Paul Thomas Anderson que tenemos la oportunidad de disfrutar pocas veces: cine de autor con buen presupuesto y elitista reparto de actores. El primer director que se ha atrevido a moldear para la gran pantalla al, dicen que inadaptable, Thomas Pynchon se merece un especial reconocimiento si consigue culminarlo de esta forma. Reinventa el cine dando a lo estético el peso funcional de la cinta sin utilizar técnicas modernas y 3D, sino todo lo contrario. El mejor director americano de su generación es un halago por el que quizás me lincharían, pero conseguir que el cine sea un vicio para algunos me parece digno de admiración.

)

Written by

Mario

Mi mayor afición es fingir que entiendo a David Lynch.

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade