La mejor técnica para no quedarte nunca sin conversación

A veces, cuando acabamos de conocer a alguien, es difícil encontrar de qué hablar. No sabemos apenas nada de la otra persona: ni qué ha hecho, ni qué le interesa, ni qué le gusta hacer el fin de semana… Preguntarlo directamente puede resultar un tanto extraño, porque parece que estamos forzando la conversación. Además, a menudo resulta en respuestas superficiales y en un intercambio de preguntas muy educadas con las cuales es difícil enganchar.

  • Mmm…, bueno, ¿y qué te gusta hacer en tus ratos libres?
  • Me gusta la moda y leo bastantes revistas. El finde también me gusta ir a la montaña si hace buen tiempo. ¿A ti?
  • A mí me encanta montar a caballo. Desde pequeño me ha gustado mucho.
  • Ah… sí, los caballos son bonitos.

Yo creo que el problema radica en parte en que no estamos realmente interesados en lo que hace la otra persona. Al fin y al cabo, la acabamos de conocer y nos da lo mismo que juegue al golf que a las canicas, a no ser que nosotros también nos guste hacer alguna de esas cosas. Sin embargo hay algo en lo que todos estamos al menos un poco interesados, y es en entender la naturaleza humana. ¿Qué quiero decir?

A mí puede que me dé igual que tú juegues al golf, pero el motivo que te ha llevado a ello ya me interesa un poco. Puede que tu padre te haya llevado a clases de pequeño aunque a ti no te gustaba y al final acabaste enganchándote. O puede empezaras dándole palos a las manzanas que estaban caídas por el suelo y descubrieras así tu vocación. Entonces yo pienso que a mí también me gustaba dar con un palo a las cosas. O que mi padre se empeñó en que jugara al ajedrez.

De una manera o de otra es fácil empatizar, porque el motivo que te impulsa a hacer algo acarrea de por si un sentimiento y todos hemos tenido en un momento u otro sentimientos parecidos. Cuando esto ocurre, sentimos que conocemos a la otra persona un poco mejor. Podemos prever un poco mejor como va a sentirse ante determinadas situaciones.

El motivo que nos lleva a hacer algo hace referencia al pasado y contesta a la pregunta “¿por qué?” Del mismo modo que empatizamos con ello, también lo hacemos con la intención que nos lleva a hacer algo. Ésta hace referencia al futuro y contesta a la pregunta “¿para qué?”

  • ¿Para qué lees revistas de moda? ¿Acaso te gustaría convertirte en diseñadora?
  • Jajaja, qué va. Bueno, no lo descarto. Pero la verdad es que las leo sobre todo cuando estoy estudiando para algún examen. Siento que se me recalienta la cabeza y necesito hacer algo distinto. Con las revistas no tengo qué pensar nada, ni memorizar, simplemente las miro y veo si me gusta o no. Es relajante.
  • Te entiendo perfectamente. A mí me pasa lo mismo. Pero en vez de coger una revista lo que hago es levantarme e ir a la cocina. Abro la puerta del frigorífico y no tengo ni idea de por qué lo estoy haciendo, no tengo ni hambre. Entonces cojo cualquier cosa, a ser posible que tarde mucho en comerse, como una naranja que haya que pelar. Cualquier excusa es buena para hacer una pausa.

Como ves, la conversación toma un cariz totalmente distinto y abre la puerta a hablar de cualquier cosa aunque no nos conozcamos de nada. Todo gracias a las palabras mágicas “por qué” y “para qué”.

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