Un poco errante, un poco errada

Me fui de viaje en 2012, saliendo de Buenos Aires hacia Mendoza como primer parada. Lo demás, simplemente pasó.

Desde mi experiencia, un viaje no siempre es un mero trayecto con punto de origen y de destino. Puede ser también un paréntesis, un descanso, un respiro, un rastrillaje de nuevas y mejores oportunidades. Yo salí de viaje con una idea, que fue cambiando durante el recorrido, y pasó por muchos estadíos: salí para recorrer y volver, luego me fui quedando y quedando con aprendizajes varios de por medio, y ahora no sé a dónde es que tengo que volver o si es que tengo que volver.
Hoy siento que estoy siempre de viaje. Estoy de paso en cualquier parte del mundo. Estoy permeable a conocer lugares nuevos, y a redescubrir lugares por los que ya he transitado.
Con estar permanentemente en tránsito no quisiera denotar misticismo, snobismo, o hasta hacerme la metafísica (“de paso en la vida”). Tampoco soy solamente una habitante del no-lugar que plantea Augé. No, una manera más básica en ese de paso: no tengo casa fija, no siento un único lugar como el de pertenencia, y el sistema no contempla este tipo de situaciones personales ni sus angustias e inquietudes propias de la trashumancia.
No me hallo en cualquier lado, ni en ningún lado. Al mismo tiempo me siento parte de cada lugar por el que pasé, me apropié de su cultura, me interesé en su historia y en sus dichos, me llevé grandes amistades, y me encarné sus sufrimientos e injusticias tanto que muchas cosas me duelen y siguen doliendo a pesar de la distancia física.
Todavía no encuentro un lugar en el que diga «acá me quedo».
Pasar o estar de paso por cualquier ciudad, playa, pueblito, es medianamente igual. Tiene un período de magia que es cuando lo descubro y me enamoro: conozco los lugares típicos, la gente, la música, la comida, y los lugares diferentes (los que no salen en las guías de viaje, pero que se desprenden de la conversa con lxs lugareñxs). Y luego, esa visita (al margen de visitar ese mismo sitio varias veces), caduca. Me cambio de sitio. Me mudo, de alguna manera. La parte buena, es que cada vez que vuelvo a algún sitio, descubro cosas nuevas. Le voy sumando capas a la cebolla de conocimiento del lugar. Lo malo, justamente, es que a veces tengo esta sensación amarga de que me tengo que estar mudando a cada rato.
En Buenos Aires (Argentina) por ejemplo, que casualmente es donde he pasado más tiempo de vida, estas sensaciones de estar de paso y de enamoramiento/ caducidad, se magnifican. Es la megaciudad que me vió nacer, crecer, desarrollar, enamorar, desenamorar, estudiar, aprender, hacer música, compartir, llorar, deprimir, trabajar, enamorarme de nuevo, sufrir, trabajar más duro, mudar de casa y de piel, y tantas actividades más. El reencuentro con Buenos Aires, luego de haberla dejado por este lapso, me resulta muy difícil y acongojante en ciertos aspectos, y desde otros la disfruto (solo un poco) como turista desde lo cultural.
Si bien es una condición que yo elegí, no deja de interpelarme estando acá. Me está pasando acá y ahora, bendita posmodernidad.
Sí, tengo un mundo ideal en la cabeza en donde se amalgaman lo nómada y lo sedentario, pero ese lugar no lo conozco y no sé siquiera si existe. Por lo tanto es mi lugar/no-lugar que es lugar en el mundo utópico, pero es no-lugar en la realidad, en el día a día.
¿Para qué gastar saliva o teclas en escribir esto? Creo que tal vez haya quienes se sientan como yo, o a quienes les interesen experiencias similares a estas. También escribiendo esto, hago la presentación al cómo escribo, y sobre lo que voy a escribir, en el tiempo en que lo pueda hacer.
Quien dice, en un futuro esto de cambiar seguido de lugar no sea raro o extraño, y no produzca tanta angustia ni tantas preguntas incómodas.