Cinco: Sigo un poco desconectada y me gusta

Quinta parte de la serie “Mi historia en siete pedazos”

Estoy aprendiendo a disfrutar el presente. Cambiar #FOMO por #JOMO.

Vos y yo habíamos dejado de comunicarnos desde hace mucho tiempo. Cuando aún éramos amigos y apenas había saltado una chispa de lo que podríamos llegar a ser, pasábamos horas hablando. Todo era una excusa para conversar. Quería saber todo de vos y que supieras todo de mí. Y lo logramos… por años. ¿Cuándo dejamos de conocernos?

Allá por 2013 sufrimos un asalto a mano armada. No vi el arma, pero uno de los tipos la tuvo todo el tiempo metida entre las costillas de mi ex. Yo hice lo que me pidieron, actué con cautela y guardé la calma durante los 5 o 10 minutos que duró el encuentro. En realidad estaba en shock.

Ahora que recuerdo ese episodio me da vergüenza porque pasado el susto lo primero que pensé y dije fue: “Rayos, mi iPhone”. Alguien pudo perder la vida y yo estaba lamentándome porque había perdido mi celular. Shame on me! Me di cuenta del apego que tenía por el aparato, pero no hice nada al respecto.

A veces pienso que todo era más fácil en milnovecientosayer, cuando no dependíamos de los mensajes de texto ni teníamos tantas opciones de servicios de mensajería instantánea para comunicarnos.

En octavo grado me dio varicela y dejé de ir a clases por una semana. Mi varicela fue un chiste, pero igual me mandaron a reposar a la casa. Lo único que me traía gozo esos días era saber que cuando mi hermana regresara del colegio iba a darme las cartas en las que mis amiguitos me contaban que mi crush seguía igual de guapo (no lo era), que había habido peleas en el recreo, que el profesor los había castigado a todos porque nadie había presentado las tareas, que la vida era aburrida sin mí (no lo era) y un largo etcétera. Era tan genial escribir y recibir cartas.

Tampoco voy a ser hipócrita y decir que la tecnología y las redes sociales nos han arruinado. No podría porque han sido mis herramientas de trabajo por muchos años. Lo que sí creo es que hemos dejado que nos deshumanicen poco a poco. Y puedo ser honesta en decir que había dejado que mi vida personal girara demasiado en torno a ello.

Es tan fácil dejarse perder. Traicionar la confianza de otras personas desde la comodidad de tu casa mientras conviertes tus pensamientos en frases que estampas con tus dedos en ese minúsculo teclado del celular. Y ahora lo veo con claridad: lo que dejamos de comunicarnos entre nosotros lo estábamos comunicando en otro lado. Para mí ha sido muy difícil reconocerlo porque siempre ha sido más fácil justificarlo.

Tomado de mi cuaderno de apuntes.

Después de largos períodos de ausencia de los círculos que frecuentaba tratando de encontrarle sentido a todo lo que ha pasado, he comprendido una cosa: la vida me ha dado la oportunidad de reconectarme en un nivel orgánico con las personas a mi alrededor y quiero aprovecharlo.

Una noche mi mamá subió súbitamente a mi cuarto siguiendo uno de sus presentimientos. No voy a contar lo que sucedió, pero yo quería morirme porque sabía que si no me moría ella iba a matarme. No lo hizo. Esa noche esperaba que el Apocalipsis se terminara de desatar en mi vida y lo que ocurrió fue que tuve la mejor conversación con mi madre. Nos encontró el alba sentadas en su habitación sincerándonos, filosofando sobre la vida y lo que significa “ser mujer” en estos tiempos. Y desde entonces hablamos más que nunca.

Quizás por eso ahora trato de disfrutar cuando puedo desconectarme y sentarme a conversar. Escuchar la risa de las personas, ver los gestos del rostro, grabarme sus reacciones.

He tomado la decisión de cambiar the fear of missing out (FOMO) por the joy of missing out (JOMO).

En tiempos donde todo se sabe por Internet, resulta casi un lujo que las personas sepan tan poco de mi vida. Hasta hoy. Es irónico que yo logré estar casada los primero tres años sin que eso fuera información de dominio público. Y mi separación aún resulta una sorpresa para muchas personas.

Parte de vivir y disfrutar el presente implica darle al pasado el lugar que le corresponde, asumirlo y seguir adelante.

Por ahí leí que “las charlas que no se mencionan, las historias que no se cuentan y las fotos que no se publican tienen un valor más especial”. Al fin lo entiendo y es verdad.

Más que eso se trata del valor que le damos al tiempo que compartimos con esas personas con quienes decidimos crear nuevos recuerdos IRL.