Seis: Me veo diferente

Sexta parte de la serie “Mi historia en siete pedazos”

Este es el tipo de relato donde la gente espera ver fotos del antes y el después. Lamento decepcionarlos.

Siempre me he sentido conforme con mi cuerpo. Me ha tocado experimentar el sube y baja del sobrepeso y enfrentarme a los estereotipos clásicos de belleza por mis gustos particulares, pero nunca me he quejado del cuerpo que me tocó. De cualquier forma me he encontrado cómoda conmigo misma.

Cuando me gradué de la universidad, el mismo año que me casé, era casi un saco de huesos. Algunas personas pensaban que estaba enferma. Pasado el tiempo, allá por el año 2012, llegué a pesar casi 190 libras y así me mantuve, libras más libras menos, hasta 2015. Pero era feliz, no me preocupaba ni me acomplejaba. Me sentía aceptada. Me decía que siempre he sido de complexión grande. Mentira. Uno tiene la capacidad estar mejor siempre, pero se acomoda y se conforma porque es más fácil. Y, como ya lo he dicho antes, alimentarse de mentiras es más simple que asumir la necesidad inminente de cambiar.

Aceptarse como uno es no debería de ser tan difícil. Pero vivimos negándonos.

Por más que nos digamos lo bien que nos vemos y nos sentimos con nosotros mismos, a veces es inevitable que las opiniones de los demás nos afecten. Así que empecé a correr. Fue más un coqueteo que tomarlo en serio. Fue más por capricho. Fue más una respuesta a presiones externas.

En julio de 2012 hice mi primer carrera, apenas 2 kilómetros. Y casi muero en el intento. Sin embargo, un par de años más tarde, en septiembre de 2014, estaba cruzando la meta de mi primer medio maratón: 21 kilómetros alrededor del lago de Coatepeque. Pocas experiencias me han generado tanta satisfacción como esa. Recuerdo que al cruzar la meta no pude evitar llorar de felicidad. Sentí el abrazo de las personas que estaban esperándome como un ungüento en todo mi cuerpo. Me abrumó darme cuenta de las maravillas que puede hacer el cuerpo humano y lo que yo misma era capaz de lograr con un poco de disciplina y voluntad. Y desde entonces le tomé cariño al running.

Poco a poco ese esfuerzo ha ido surtiendo efecto. Y cuando las personas me preguntan qué he hecho para bajar de peso, para estar en forma, me gusta decirles que todo se lo debo a la depresión y a los problemas. No es así, pero es gracioso ver la cara que ponen.

No estoy enferma. No estoy deprimida. No estoy tratando de impresionar a nadie. Estoy tratando de vivir de una forma diferente y eso implica cultivar mi mente y cuidar mi cuerpo.

Tomado de mi cuaderno de apuntes. Mi hermana me dijo esta frase en uno de los momentos más angustiantes del último año. Gracias, Deb. ❤

Ahora me veo en el espejo y esto es lo que veo: los pómulos saltados, los ojos un poco hundidos, algunos huesos ya saltan en la clavícula y los hombros, las canas en el mechón del frente han aumentado, el cabello por fin está creciendo (¡incluso la parte que siempre me rapaba!). Y veo 60 libras menos. Pero también veo serenidad, una sonrisa transparente, gestos avivados y ojos animosos. Veo ganas de vivir.

Me veo diferente. Me siento diferente.

¿Saben por qué? Porque he entendido que para vivir plenamente tengo que trabajar todos los días para estar bien por dentro y por fuera. No para los demás. No como respuesta a presiones sociales. No porque de eso dependa mi futuro o la posibilidad de “reconstruirlo” con alguien. No para que me quieran. No para que me vean.

Para mí… Porque nunca mi vida ha sido tan mía como lo es ahora.