Capítulo 1: Saint Archibald

(#NaNoWriMo 1 de Noviembre: 1726p)

— Aquí tienes — dijo Aiden entrando en el coche con un par de vasos humeantes y una bolsa de papel empapada. — Un chocolate caliente y dos galletas de mermelada. Ya solo queda media hora de viaje y habremos llegado.
Kirrell agradeció el desayuno, se recompuso en el asiento, dio un sorbo al chocolate y sacó una galleta de la bolsa. Aiden arrancó el coche, tomó un poco de café y encendió las luces.

El Saint Archibald era un reconocido colegio a las afueras dirigido por un bajito y muy gruñón señor panzón de traje que había decidido poner su nombre al colegio. Se había construido la carretera únicamente para poder llegar al colegio y se bifurcaba en la carretera principal a la altura de una pequeña gasolinera de autoservicio. Una llevaba al pueblo y otra llevaba al colegio. Eran las seis de la mañana y caía una lluvia espesa y brumosa. Los limpiaparabrisas daban horas como un reloj estropeado y la radio se había roto tres días antes del viaje por lo que Aiden y Kirrell se limitaron a escuchar el caer de la lluvia.

— Cuando lleguemos recuerda hablar poco, educadamente y sin querer arrancarle la cabeza al señor Archibald — le dijo Aiden a Kirrell mirándolo por el retrovisor. — Tenemos tres meses para encontrar lo que necesitamos, lo mejor será no llamar la atención hasta entonces.
Kirrell asintió. Abrió la tapa del chocolate caliente y relamió el poso del vaso. Sacó la segunda galleta de la bolsa y miró por la ventana.
— Estamos llegando, Kirrell, prepárate. — comentó Aiden decelerando y saliendo de la carretera.

El camino era recto, sin embargo, la lluvia había creado una pátina brillante y resbaladiza en el paisaje que reflejaba el coche negro como si fuera un espejo. Aiden aparcó el coche bajo una hilera de cipreses, paró el motor, se desabrochó el cinturón y salió del coche. Kirrell lo siguió.

— No traemos paraguas — advirtió Aiden — y tu pelo, mira. — Aiden se acercó a Kirrell, le acarició la cabeza y le despeinó el flequillo. Los dos cuernecillos que se enredaban hacia atrás se deshicieron y se convirtieron en parte del pelo. — Ahora mucho mejor — comentó Aiden — y el paraguas de dónde lo saco… — Se quedó pensativo.

Kirrell abrió la mochila ocrácea y empezó a revisarla. Al momento sacó una regla transparente que tenía en el plumier que la abuela le había comprado para empezar el curso y se lo dio a Aiden.
— ¡Genial! Esto servirá, a ver — dispuso la regla horizontalmente frente a sus ojos y deslizó la palma de su mano sobre la superficie de la regla. A medida que paseaba la mano, el plástico se retorcía y se convertía poco a poco en una tela transparente. — Pues ya está, ya tenemos paraguas. — le dijo a Kirrell dedicándole una sonrisa. — Vamos.

Kirrell cogió a Aiden de la mano y juntos cruzaron la carretera. La entrada al Saint Archibald se levantaba como una fortaleza imperial. Desde fuera se veían los jardines interiores, la entrada y la fachada del colegio y de los dormitorios. La entrada tenía dos columnas, una de ellas con un botón de timbre disimulado en el mármol. A lo largo de los jardines y el edificio del dormitorio las columnas se repetían y entre ellas se unían con una afilada fila de lanzas petrificadas que marcaban los límites del colegio. Algunas puntas de las lanzas estaban rotas y algunas columnas tenían en lo alto un pequeño busto de algún apostol olvidado. Aiden y Kirrell se acercaron a la entrada principal. Aiden tocó el timbre y esperaron. La lluvia seguía cayendo y Kirrell levantó la cabeza para ver cómo la lluvia se estrellaba contra el paraguas transparente. Aiden miró al reloj. Eran las siete. El silencio seguía cayendo y la lluvia seguía fascinando a Kirrell. De repente, a lo lejos, una pequeña compuerta que había en una caseta de madera en uno de los extremos de los jardines se abrió. Una sombra con chubasquero se acercó a la puerta.

— Mira, aquí viene — dijo Aiden a Kirrell — atento.
A medida que la sombra se acercaba a la entrada principal se hacía más grande. Se metió las manos en los bolsillos del chubasquero verde oscuro y sacó un aro de llaves.
— Disculpen, ahora les abro — anunció desde el otro lado de la reja. — Tantas llaves cuando realmente solo me ocupo de la entrada y de los jardines. ¿Los nuevos? — Aiden sonrió con condescendencia, asintió y esperó como una estatua bajo la lluvia — Mira, aquí, por fin, veamos… — Extendió el aro de llaves y probó con una pequeña llave negra desgastada, pero la puerta no cedió — Vaya, no es esta — lamentó — pues será esta entonces. Es que verán, una vez ha empezado el curso es raro que alguien use esta entrada por lo que nunca recuerdo cuál de todas estas llaves es. — Probó la llave y la reja cedió. Bajo un chirrido la jardinera abrió la puerta y con una reverencia les invitó a pasar. — Ahora. Buenos días, mi nombre es Lupita, pueden seguirme hasta el porche de la entrada si son tan amables.

La jardinera era más alta y corpulenta que Aiden. Tenía un paso firme y por fuera del chubasquero llevaba atado un cinturón de herramientas de jardinería. Kirrell y Aiden la siguieron bajo el paraguas.

— ¿No quiere usar nuestro paraguas, señora Lupita? — comentó de repente Kirrell. Aiden le tiró de la mano. La jardinera frenó en seco y se giró. Se acercó al pequeño y se puso de cuclillas. Kirrell logró ver el color dorado de sus ojos y la piel negra. En la oreja izquierda llevaba el cartílago exterior decorado con una banda de plata y en el lóbulo derecho tenía una pluma. — ¡Qué niño tan bonito! — gritó entusiasmada, abriendo mucho los ojos y sonriendo — No hace falta, cariño, pero muchas gracias por tu invitación — dijo acariciándole el pelo y levantándose. — Me gusta — dijo Lupita mirando de reojo a Aiden. Este le devolvió la mirada con una sonrisa condescendiente y luego miró a Kirrell con cara de querer devolverlo al infierno.

— Pues ya hemos llegado, ahora a esperar a que alguien abra la puerta. — Lupita se quitó la capucha y volvió a tocar el timbre. — Los chicos deben estar en el salón comedor a las siete y cuarto, por eso imagino que nadie está pendiente de abrir la puerta a nadie. Lupita sonrió y se volvió a hacer dos moños a los lados. — Detesto la lluvia, pero a mis plantas les encanta.
La puerta crujió de repente y se asomó una señora bajita y rechoncha con un gorro que le recogía el pelo y la frente acalorada. Tenía los mofletes colorados, una nariz respingona y unos ojillos como dos botones.

— ¡Lupita! — Dijo la señora — ¿Qué te trae por aquí? ¿No deberías estar aún en la caseta? Ah — se calló — Disculpen, ¿Son ustedes los nuevos? — preguntó dirigiéndose a Aiden — Sí, somos nosotros, le avisé al señor Archibald que estaría por aquí sobre las siete. Por lo que veo, — Kirrell le estiró de la mano — por lo que veo estaban esperándonos.
— Pasen, pasen, no se queden ahí — les invitó la señora abriendo más la puerta. Aiden cerró el paraguas. — Siéntanse como en su casa, el señor Archibald les espera en la cuarta planta. Su despacho es lo único que hay allí, por lo que no tiene perdida. — La señora le dirigió una mirada de ternura a Kirrell, se acercó y del bolsillo de su delantal sacó un par de caramelos envueltos.
— Qué pequeño tan bonito, ¿Quieres, cielo?
— Muchísimas gracias, señora… Señora Cauldron — terminó ella el agradecimiento — soy la cocinera del colegio.

Kirrell se guardó los caramelos en el bolsillo del pantalón gris de lana del uniforme y Lupita se despidió cerrando la puerta de la entrada. La señora Cauldron le acarició la barbilla a Kirrell, le dedicó una sonrisa y desapareció rápidamente por uno de los pasillos que probablemente llevaran a la cocina. Aiden aprovechó a que nadie lo veía para deshacer el paraguas. Le dio la regla a Kirrell y se secó las manos en el pantalón. Se sacó el sobretodo y se lo colgó del brazo. Se acomodó el chaleco y la camisa y se peinó con la mano.

— Vamos. — Dijo con un tono solemne. — Me quiero encontrar lo menos posible con ese idiota. — Kirrell le volvió a coger la mano y siguió a Aiden.

El colegio por dentro parecía una casa muy grande. El vestíbulo de la entrada estaba decorado con plantas interiores y a cada lado había dos salas grandes que no se veían, pero que estaban ahí. Justo en frente de la puerta estaban las escaleras y a cada lado de las escaleras había un pasillo. Uno conducía a la cocina y el otro probablemente a la zona privada del personal del colegio. Las escaleras eran amplias, blancas y con una barandilla de ébano. Aiden y Kirrell subieron a la primera planta, luego a la segunda y por último a la tercera planta. No habían sido muy amplias; había varias puertas en cada planta y se miraban las unas a las otras en un pasillo cuadrado parecido a un laberinto sin caminos. El suelo era de madera y los pasillos tenían paneles decorados con murales de cada clase. Los techos eran bastante altos y en las paredes sin puerta habían ventanales abiertos que daban a los jardines.

— Este colegio es enorme — comentó Kirrell — va a ser casi imposible encontrar nada aquí.
— No te preocupes — respondió Aiden — lo importante es que hemos podido entrar y ahora nos tenemos que ganar la confianza de los que están aquí. ¿Crees que podrías hacer amigos?
— No lo sé — dudó Kirrell con miedo, pero con una chispa de entusiasmo — Es que nunca he conocido a un humano, ¿Qué comen?
— Bueno, pues casi lo que como yo — recomendó Aiden mirándole a los ojos.— No creo que a la señora Cauldron le guste preparar lo que comes tu — soltó con cara de asco.
— Bueno, entonces cuando conozcas a alguien y quieres hacerte su amigo dale uno de los caramelos envueltos que te ha dado la señora Cauldron, siempre funcionan los caramelos en los niños humanos. — Le dijo Aiden mientras le daba un par de golpecitos en el bolsillo del pantalón. — ¿Dónde está el bendito despacho de este idiota? — gruñó y empezó a abrir todas las puertas de la tercera planta.

¡CLONK CLONK CLONK CLONK!

Lucas is ready for #NaNoWriMo

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La típica historia de que hay que coleccionar 5 fragmentos de una piedra, pero aquí es con los Ángeles de Dante y haciendo de bibliotecario y profesor de letras

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