Lucio Candil
Sep 4, 2018 · 3 min read

Imposibles posibles

El bastión que en tu espalda se habia erguido con firmeza comenzó a desmoronarse lentamente. Fue el viento en el que mis palabras viajaban como flechas, lo que poco a poco erocionó la corteza del muro. Pero te defendias con fervor. Creias que nadie te querría lo suficiente como para que te persuadiera de abrir la puerta de todos tus silencios, o te convenciera de querer compartir el tiempo, tu tiempo. Pero yo caminé hacia tu castillo, sin un ejercito, sin caballos, sin trompetas de guerra, sin estandartes. Llegué hasta el pie de la puerta de tu gran ciudad totalmente desnudo, indefenso. Ninguno de tus arqueros fue capaz de herirme, ni siquiera se animaron a trensar sus arcos. Las puertas se me abrieron, y yo entré, y caminé por las calles de tu pueblo. Vi las flores que tu veias brotar en la primavera, conocí la lluvia de la que me hablabas, anduve por el camino que hacias de tu casa a la escuela. Me dejaste habitar los rincones mas desconocidos de tu presente. Conocí tu abrazo en el cual me confesabas que querias quedarte asi para siempre. Me invitaste a dormir, y a esperar el nuevo día contigo. Y yo tuve ansias del mañana, y tambien sentí nostalgia por el futuro. Y me fui perdiendo entre callejones, porque cada vez te cruzaba en menos lugares, en verdad, ya casi no estabas, y yo desesperaba, me sentía abandonado, lejos, en una tierra desconocida. Y caí, y viví en los muelles por un tiempo, mendingando, contemplando los atardecereres, preguntandome que habría del otro lado del mar. Siempre con miedo de encontrar la respuesta. Sin la suficiente valentia para emprender un viaje a lo desconocido, hacia la libertad. Preferí vivir al margen de tus ojos, entre las sombras mas oscuras de tu indiferencia, como un esclavo que no añora dejar de serlo, que se siente abatido, incapaz de ser su propio dueño. Pero un día, si tomé el coraje de irme. Necesitaba cambiar. Y atravesé las grandes aguas. Y en el horizonte, cuando tus costas apenas eran un brillo resplandeciente en la distancia, Yo te miré por ultima vez, y lloré por dentro. Luego seguí, y alrededor todo era azul nada mas. Un solitario labrinto azulado, que no tenia paredes, ni callejones sin salidad.

En ese momento, cuando cruzaba las grandes aguas, me sentí solo. Con una soledad distinta a la que cargaba cuando caminaba por tus ciudades. Ahora ni siquiera sentía mi voz. Era una soledad ensordecida. Si decia tu nombre, no podía escucharlo. Y así anduve, navegando sin saber a donde ir, mas que seguir yendo. Finalmente encontre otras ciudades, algunas derrumbadas, otras recien forjadas, algunas sin historia, otras casi olvidadas, y hasta me encontré con lugares que solo tenian orilla. No había nadie quien la defendiera. Era solo encallar la balsa en la orilla, y adentrarse a un lugar paradisíaco. Donde las frutas eran sabrasosas, el agua cristalina, y el aire fresco.

Y a veces me daba por pensar, que a tus jardines, le vendrían tan bien alguna de las flores que habia conocido en estos largos viajes. Pero en verdad, ya ni siquiera puedo recordar bien como eras realmente. Todo se habia vuelto un recuerdo que habia elegido, tal vez imaginado, donde los pajaros cantaban coplas de desamor, y el vino enturbiaba el corazón. Comencé a olvidarte realmente, cuando empecé a recordarte cada día.