Primera cosecha en el huerto

Lo que aprendí en el huerto

Luego de años de leer diferentes cosas sobre el tema, tuve la oportunidad de introducirme con las manos en la tierra durante año y pico en la horticultura, experiencia que le aportó valiosas enseñanzas y otros reaprendizajes a este ratón urbano de biblioteca.

Desapego

En un huerto aprendes a convivir con la vida y la muerte. A cada instante pareciera que algo nace, que algo muere, la vida brota, la vida merma. Es inútil aferrarse a algo, va a crecer y va a durar el organismo que gane la pulsión de la vida; sobreviven los fuertes, los que se adaptan, los débiles perecen.

Planta de habas
Y eso es algo que está más allá de tu control, no importan en el fondo demasiado tus cuidados, va a suceder de una u otra forma. Hay una redención de humildad en cuidar una huerta al redescubrir que cualquier intento de controlar ciertas condiciones para el desarrollo de una planta no son más que una ilusión. Básicamente, no controlamos absolutamente nada. Podemos generar las mejores condiciones para el crecimiento y desarrollo de un ejemplar, pero vivir solo dependerá de cada planta o comunidad de plantas.

Empecé eligiendo a las plantas por gusto; fruto, hoja, aroma… Terminé amando a las vencedoras, a esas guerreras que parecían gritar al unísono: ¡¡¡QUIERO VIVIR Y DOY LAS GRACIAS POR ELLO!!! De las que plantamos con esmero o esas atrevidas que simplemente aparecían un día en el huerto como una bendición del cielo en la tierra. La vida es básicamente esa afirmación. Ese es el principio de la felicidad misma. Y las plantas lo saben.

Comunicación interespecie

Derrick Jensen aborda el tema de la comunicación entre diferentes especies en su notable libro “A language older than words” (Un lenguaje anterior a las palabras) del 2004, el cual como su título indica, habla de una conexión más allá del lenguaje verbal. Se sabe, nuestras lenguas son construcciones culturales, no biológicas. Jensen en su libro aborda el tema desde su experiencia propia como granjero (los ecologistas radicales producen su propio alimento), a las cosmovisiones indígenas o la ciencia contemporánea.

Curiosamente sin mencionarlo, Jensen enlaza con uno de los investigadores que inspiraron a Peter Tompkins y Christopher Bird para su recordada obra de 1973, “La vida secreta de las plantas”, a partir del trabajo de Cleve Backster. Derrick Jensen es un tipo que se debate todo el tiempo entre el paradigma científico racionalista que ha hecho de la ciencia un dogma, y las dudas de todo lo que no entra en ese asfixiante claustro. Precisamente uno de los capítulos más notables del libro es cuando visita al viejo Cleve Backster en su laboratorio, pidiéndole en su escepticismo hacer una prueba con las plantas a las que el investigador ha discurrido tanto de reaccionar ante diferentes estímulos ambientales, lo que Tompkins y Bird dieron cuenta en su libro. Jensen fuerza emociones negativas (algo ya de por sí bastante estúpido) para generar reacciones en las terminales nerviosas amplificadas de una planta en el laboratorio, pese a la advertencia del científico de que no iba a funcionar si las emociones no eran reales. Cuando deja la mente y conecta con las emociones a través de un póster de un genoma humano que le recuerda al controversial “Human Genome Diversity Project” rechazado abiertamente por las comunidades indígenas del país del Norte por sus implicancias genocidas, las plantas reaccionan ante su odio manifestando movimiento en el dispositivo cercano a los detectores de mentiras que todos hemos visto en las películas policiales.

Recientemente se han dado a conocer las investigaciones del Neurobiólogo Vegetal Stéfano Mancuso del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal que reafirman todo lo expresado por el pionero Cleve Backster, discutido por décadas hasta el día de hoy por la misma comunidad científica ortodoxa. Mancuso explica que las plantas sienten mucho más que los animales, incluidos nosotros (esa insistencia de la ciencia moderna de rebajarnos al estadío primitivo de nuestros hermanos menores). “Las plantas tienen nuestros cinco sentidos y quince más… Se comunican con otras plantas de la misma especie a través de moléculas químicas volátiles”, afirma el investigador italiano.

El mismo Paramahansa Yogananda dio cuenta al mundo en su extraordinaria “Autobiografía de un Yogui” de Lutero Burbank, un destacado botánico y horticultor estadounidense a quien le dedica su memorable obra. “El secreto de mejorar el cultivo de las plantas es, aparte del conocimiento científico, el amor”, comenta Burbank en el capítulo que habla de sus encuentros. El horticultor estuvo años hablándole a sus cactus para que abandonaran sus espinas: “No tenéis nada que temer. Para nada necesitaréis vuestras espinas defensivas. Yo os protegeré”, les decía a sus cactáceas hasta que una desarrolló una variedad sin espinas. ¿Te imaginas una variedad de cactus sin espinas? Este hombre, su amor y constancia lo hicieron posible.

Todas estas historias hablan de la enorme receptividad de las plantas. Dan cuenta de que más de la tierra, el sol, el agua y el aire, estas nobles criaturas responden a los que en el fondo eres, a lo que les brindas. La naturaleza habla en un lenguaje silencioso. La gente les habla a sus mascotas todo el tiempo, algunas personas inclusive también le hablan a sus plantas. El problema de los humanos es que todos hablan, pero muy pocos escuchan. Y ahí está la clave para acercarse a las plantas, en una empática receptividad. Antes de pronunciar palabra alguna, hay que aprender a escuchar. Acallar el ruido de la mente y abrir las puertas de la percepción a su silencioso lenguaje. Imagina que si hoy científicos como Mancuso hablan de 20 sentidos para las plantas, ¿cuantos piensas que podemos tener nosotros dos estadíos evolutivos por encima de estas nobles servidoras?