El barrio de los fracasados

Lucas Lucero
Aug 24, 2017 · 3 min read

Todos hablan del esfuerzo que se requiere para tener éxito en cualquier disciplina o actividad. Omiten que para fracasar sistemáticamente también es necesario ponerle dedicación. Tanto el éxito, como el fracaso, se construyen diariamente, acción por acción, decisión tras decisión, como quien arma un castillo de naipes. Hay que tener imaginación y tenacidad para fracasar. Siempre cuestione esa visión del éxito como el resultado de la planificación, y por ende, su contracara, la definición del fracaso a partir de la improvisación o la desidia. Teniendo en cuenta este punto de vista: ¿Qué diferencia a ambas instancias? Una cuestión de perspectiva.

Prueba de esto que afirme en el párrafo anterior, era la reunión que se había organizado en la unión vecinal con el pretexto de festejar un aniversario más del barrio. Por producto del azar, o de los avatares del mercado inmobiliario, o de la movilidad social ascendente o descendente, o vaya a saber que fenómeno extraño, el barrio había sido poblado por familias y personas que casi habían logrado algo. Así como lo cuento. El vecino de la manzana B, casa 14, había sido suplente de un cinco muy renombrado en un club grande de la B Nacional en la década del 80. Contaba los partidos y las formaciones del nacional de ese año con una pasión y una entrega que parecía que hubiese sido titular. Cuenta siempre como un triunfo el día en que dicho cinco talentoso se lesiono y el iba a entrar a jugar. Ese día, el Ford Falcon que lo tenía que trasladar a la cancha no arranco. Como llego tarde, ya lo habían reemplazado. Siempre me sorprende la transformación de sus ojos cada vez que cuenta esta breve anécdota. Extasiado, atropellándose, imitando los ruidos del Falcon, haciendo hincapié en todos los pensamientos que tuvo el día anterior cuando le comunicaron que iba a jugar, las comidas que cocino, entre otros detalles, así desarrolla su relato. En su cara se anota un punto. Parece recién sacado de un curso de declamación. Nadie lo interrumpe. Hasta lo alentamos con preguntas. Festejamos cada silencio que deja entre medio de su verborragia al grito de: ¡Que grande! Distinto es el caso de la señora que vive en la Manzana D, Casa 12. Es de esas señoras que viene de los tiempos donde, para una mujer, no casarse era un pecado. Una solterona como se las calificaba en épocas pasadas. Cuenta que tuvo un novio a los 25 años. Era lo que se podía decir un partidazo: trabajaba en YPF, vestía siempre con camisa y corbata, fornido, pelo impecable. Uno podía imaginar un brillo iluminando desde una de sus muecas de tengo-todo-lo-que-quieren-las-mujeres-de-mi-época. Según relata nuestra ilustre vecina, su novio era de esos hombres que practicaban una solvente y convincente masculinidad que se extendía en todos los ámbitos que el susodicho pisaba. Ella, se cuenta así misma, como una aprendiz de esposa dedicada, con un talento manual inconmensurable a la hora de los quehaceres del hogar. Incorruptible ante las exigencias hedonistas que se apostaban a gritar en el bacón de su cabeza. Sin embargo, un día trasladaron a su novio al sur para reforzar la explotación de los yacimientos que en esa época eran bastante jóvenes. La distancia, argumenta ella, fue erosionando poco a poco su amor y la relación finalizo. Así termina la narración de su vinculo amoroso. Para ser mas preciso, en general, la voz de la mujer se corta y lo que sigue es un silencio y una cara que combinan con un fondo de angustia.

Camino buscando sanguchitos, empanadas y algún trago de vino. Paro la oreja y de a decenas de voces uno puede escuchar grandes ideas que nunca fueron puestas en práctica, negocios que auguraban bonanza económica y que apenas no dieron perdida, proyectos de viaje que terminaron dos veredas más allá del barrio, posibilidades de habitar casas en el centro con todas las comodidades que por algún vericueto burocrático no fue posible solo por poner solo algunos ejemplos. Y si bien todos compartimos experiencias donde el adverbio casi es hegemónico a la hora de resumir lo que nos pasa, lo que nos divide es solo una cuestión de perspectiva. Yo mismo no se de que lado de los subconjuntos me encuentro. Debo decir, que encuentro cada vez más agradable compartir ese limbo con mis vecinos.

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Lucas Lucero

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Sociólogo. De la periferia.

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