La comunicación de mis padres

A pocos días de la muerte de mis padres, me encontraba mirando la biblioteca de mi casa de la infancia. En esos estantes están las búsquedas personales e insondables de mis progenitores. Caminos bordados con palabras. Una búsqueda del tesoro inapelable, vital, combativa. Una tarea imposible pero necesaria. Un mano a mano contra la resignación que se jugaba lectura a lectura. Una generación leyéndose a sí misma, construyéndose muros de significantes, infranqueables ante los embates de la experiencia. Una barca de certezas con la cual navegar en un mundo donde las certidumbres iban cayendo una a una en desgracia.

Aunque rara vez hablaban de sus lecturas, estimo que se comunicaban a través de los títulos de los libros. Ni ellos sabían la trama que estaban tejiendo cada vez que elegían una obra para leer. Todo eso que no se podía decir se expresaba en las tardes de fin de semana donde se ponían uno al lado del otro a leer. Cada tanto interrumpían la lectura para dialogar formalmente acerca de los grises acontecimientos de la semana. Como quien contesta que se siente bien ante la pregunta de algún desconocido. Cuando alguno de los dos se levantaba al baño o a comprar, el otro leía algún párrafo del libro ajeno, como queriendo hurtar palabras, significados. Los dos usaban marcadores, o en su defecto, subrayaban con lapiceras. Creían que marcaban párrafos importantes o frases en las cuáles podrían reflejar su sentir y pensar, pero en realidad, cifraban un mensaje del uno para el otro. Como si la personalidad fuera un crucigrama absurdo –de hecho lo es-. Como si cada palabra que había que completar tuviese referencias desconocidas, mensajes ambiguos, dibujos, puntos suspensivos, formas gramaticales que nada tienen que ver con el hablar cotidiano, expresiones que eran de películas que nadie había visto y un sinfín de torsiones simbólicas que hacían del crucigrama, un conjunto de incoherencias sin posibilidad de resolución.

Un día se sentaron a leer como era costumbre. Mi madre había subrayado la siguiente oración: A veces, para sobrevivir al invierno, la única fuente de calor que se necesita es la soledad. A lo que mi padre, con marcador verde fluor furtivo, respondió: En ocasiones, el final llega como si fuera un soplo de aire fresco. Al otro día se separaron sin dar ningún rodeo a la decisión. La biblioteca no se volvió a tocar. Se transformó en una especie de monolito que observaba tímidamente el paso del tiempo.

Mi madre se compró un cuaderno en blanco que llenaba con garabatos, frases, anécdotas, fantasías. Acostumbrada a las hojas escritas eligió el blanco del cuaderno porque ese vacío le parecía algo excitante. Cualquier cosa podía ser escrita, en cualquier dirección, en cualquier tamaño. Incluso si algo no le gustaba, lo podía remendar pegando papeles arriba de las frases o palabras que quisiera cambiar. Los libros eran señores respetables que, a lo sumo, podían ser marcados. Ya están escritos, son sentenciosos, proponen brújulas y caminos ya trazados por otros que se animaron a adentrarse en el blanco del papel para tallar palabra a palabra, lo que en occidente llamamos, una obra. En cambio, el cuaderno era pura posibilidad; un marco de límites poco claros hecho para que se llenara a gusto del que lo tenía a mano. Un confidente ciego y mudo con el cuál dialogar sin tener que seguir ningún protocolo. Mi viejo se llevó un solo libro de la biblioteca. La novena edición del diccionario de símbolos de dos italianos que no recuerdo su nombre, que tenía dos tomos. Sólo se llevó el segundo tomo que empezaba en la letra M, palabra mudanza. Decía el diccionario: en la antigua Grecia, mudanza significaba cambio pero también destierro. A veces ambas cosas. Cuando se condenaba al exilio a algún líder y este, volvía victorioso, la mudanza era vista como una prueba necesaria para confirmar carácter. Para el pueblo Egipcio, mudanza es sinónimo de muerte y por ende, el paso a una mejor vida. También, en el Egipto antiguo, la mudanza es embarcarse hacía las aguas de la muerte con posibilidad de perderse y no volver a encontrarse nunca más. Para los romanos, las mudanzas estaban emparentadas con la conquista de territorios. Los generales obtenían la posibilidad de residir en la nación sobre la cual se habían alzado victoriosos y servirse de todos los beneficios que se podían obtener de esas tierras. Mudarse daba prestigio militar, social y económico.

Ambos murieron con pocos días de diferencia. Yo estaba ahí, inmóvil, esperando que los estantes dijeran algo. Observé que faltaba un libro. Lo busque por toda la casa hasta que lo encontré en mi pieza. Estaba abierto, y en él había una oración subrayada que decía: El único hombre que puede ser llamado cobarde es el que no está a la altura de su propio deseo.