Mi soledad y yo.

“Ya pasó 
ya he dejado que se empañe 
la ilusión de que vivir es indoloro. 
Que raro que seas tú 
quien me acompañe, soledad, 
a mi, que nunca supe bien 
cómo estar solo.”

En casi todos los momentos en que me sentí solo de alguna forma, recordé alguna estrofa de la canción de Jorge Drexler. Puede ser masoquismo, o simplemente una licencia poética para dramatizar un poco.

Hay personas que parecemos no haber sido fabricadas para soportar la soledad. Demasiado colecho de pequeños, sobrepresencia, padres con demasiada vida social, o simplemente que no vinimos a este mundo configurados con el modo Kung Fu.

El tiempo cuando estás solo y no te gustar estarlo se pasa más lento. Y con mi soledad he pasado por distintas etapas. Porque no estamos hablando de la soledad de pareja, estamos hablando de la soledad literal. Estar solo, en cualquier lado y a cualquier hora.

Un día me encontré solo, el solo de sin pareja. Los engranajes de mi mente actuaron para que yo decida, causalmente, que ese momento era el indicado para irme a vivir solo. Osea, si no podías estar solo sin pareja pero viviendo acompañado de algún familiar, fijate como te va viviendo solo sin pareja en un departamento para vos solo y nadie más.

Si, yo también me estaría cagando de risa si fuese otro el que está pasando por esa. Pero era yo, y nada me causaba menos gracia que volver de trabajar después de diez horas y no saber que hacer con mi soledad las horas que restaban antes de irme a dormir. Entonces siempre, pero Siempre, había alguien. Si había voces en mi casa, yo estaba tranquilo. Cocinar para los demás, organizar reuniones y usar mi casa de salón aunque el evento no me incumba y algunos otros métodos más para escapar de la soledad.

¿Por qué estar solo puede ser una experiencia tan horrible si tengo amigos y conocidos que hablan de sus momentos de soledad como si fuese un fin de semana en Bora Bora? Me hacía esta pregunta reiteradamente pero le cambiaba el destino turístico.

El tiempo cuando no te gusta estar solo pasa más lento de lo normal. Incluso tiende a extenderse indefinidamente haciéndote creer que diez minutos son diez horas. Si dejas a mi mente fluir sola, en diez minutos te puedo armar una serie de dos temporadas cargada de las escenas más dramáticas que jamas se hayan contado. Podemos verlo como algo positivo, como impulso creativo. Pero no, es solo tráfico mental inservible. Es la Panamericana de los pensamientos con piquete y varios accidentes. No hay nada productivo que rescatar.

Un día decidí no ir a trabajar y poner como excusa el famoso “estoy muy descompuesto”. Mi soledad y yo íbamos a estar juntos muchas más horas de las que estábamos acostumbrados, era un desafío.

El problema de estar solo y con mucho tiempo desocupado reside justamente en que ante la inutilidad, las personas como yo, que no nacimos con los discos de Budha Sounds en el soundtrack de nuestra mente, hacemos de este tiempo vacío de actividades una guerra de pensamientos automáticos que pueden empezar en algo muy banal como “para que voy a cocinar si estoy solo, mejor pido algo” y terminar un rato después con un “me voy a quedar solo para siempre”.

Acompañado un poco por las herramientas que iba aprendiendo en terapia (si, obvio que iba a terapia, soy masoquista pero no suicida) me puse a hacer cosas que haría sólo si estuviera, valga la redundancia, solo.

Puse un disco que me gustaba mucho y empecé a limpiar el departamento, desde barrer los pisos hasta usar un cepillo de dientes viejo para sacar el sarro de la junta de los cerámicos. Cuando me di cuenta habían pasado varias horas, estaba contento con el estado de mi hogar y me dolían los músculos de limpiar y bailar al mismo tiempo. Me preparé el mate y me senté en el sillón del living a contemplar mi conquista. Permanecí en silencio varios minutos, diría que unos diez o quince. Y disfrute también ese silencio, no hacer nada, literalmente.

Decidí buscar actividades nuevas para realizar solo, con música de fondo, el termo y el mate. Entendí que el problema no era simplemente el hecho de estar solo y que la diferencia entre mi soledad insufrible y la que mis amigos disfrutaban no era la ausencia de otras personas, sino la exagerada presencia que yo le otorgaba a mis pensamientos de mierda.

Pasó el tiempo, pasaron muchos momentos de soledad y vinieron otros tantos acompañado. Hoy sigo odiando, de vez en cuando, estar solo pero por lo general esta sensación surge simplemente los domingos por la tarde y si está nublado.

Incorporé actividades nuevas en soledad que disfruto bastante pero creo que la que más me gusta es volver a casa caminando treinta, cuarenta cuadras desde el trabajo con los auriculares al mango. Observar fragmentos de la ciudad que no conocía, veredas a las que no les había prestado atención. Cruzarme con el rostro de personas desconocidas e inventarles un nombre, un estado civil y una profesión.

Mi soledad y yo estamos en tregua. Sabemos los dos que nunca vamos a ser amigos íntimos pero que podemos hacer el intento de llevarnos más o menos bien y construir un vinculo simbiótico, un win-win. Yo la dejo sobrevivir en mi vida y ella me deja con su presencia, aprender a vivir el momento.

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