LA MUERTE DEL ROCK #1: MR.SIMMONS, ¿EL CADAVER ESTÁ FRIO O TIBIO?

Por J.C. Ramírez Figueroa / Ilustración principal Rodrigo Rivera

Hace varios meses empecé a coleccionar links con las múltiples alarmas sobre la “devaluación” del rock. Artículos, columnas y ensayos digitales o en papel, lamentando que los riffs furiosos y los aullidos salvajes se hayan extinguido por culpa del horroroso pop adolescente que se tomó los rankings y estadios.

Pero también el llanto es porque no aparecen nuevos artistas ni álbumes “clásicos”, aunque…. ¡vuelve Guns N´Roses! (y aparte, Axl canta con AC/DC), un alivio considerando que tras el retiro de Rush y las muertes de George Martin, Bowie, Lemmy, Prince (y en menor medida, Keith Emerson y Glenn Frey), “se acabó la era dorada del rock”.

A veces también eran entrevistas con estrellas en plan promocional que expresaban su amargura por estos tiempos de “redes sociales” y streaming. Aunque en su mayoría, se trataba de reportajes livianos, donde sus autores intentan sostener la tesis catastrofista del fin del rock-tal-como-lo-conocemos, basándose en información proporcionada por la misma industria interesada en perdurar.

Ejemplo uno: los Sex Pistols lanzan una tarjeta de crédito (y es interpretado como el último golpe a la “ética punk”).

Dos: Un juicio al hiperventilado ego de Kanye West emitido por jerarcas rockers como Pete Townshend, David Crosby o miembros de The Doobie Brothers (!).

Tres: Noel Gallagher enumerando a The Times la lista de culpables que hace que el maldito rock no sea como antes: a) la nueva generación de productores, b) los box sets y ediciones conmemorativas y c) el cantante Ed Sheeran (¿eso era lo mejor que tenías Noel?).

Cuatro: una crónica asegurando, a partir de los rankings, que el rock vive su momento más bajo desde los `60

Cinco: un estudio pseudocientífico señalando que quienes escuchan Beyoncé “son menos inteligentes” que los que lo hacen con Radiohead.

Pero, ¡sorpresa! una década antes y desde el mismo ejercicio periodístico, pocos anticiparon la crisis. Y eso que había síntomas evidentes, como el intenso reciclaje del garage sesentero y post-punk 78/84 — The Hives, The White Stripes, Franz Ferdinand, The Strokes, Radio 4, The Rapture, !!!, Interpol, The Walkmen y la lista sigue — que fueron celebrados como una noble operación de rescate y estéticamente lo summum de lo cool.

O pensemos en los miles de artículos sobre cómo Radiohead “enfrentaba” a la industria (agh) al permitirle a sus oyentes ponerle precio al zip. del In Rainbows (2007) y descargarlo (aunque luego lo editaran convencionalmente en iTunes, CD y vinilo, distribuyéndolo vía BMG junto al tour millonario de rigor).

Para qué hablar de la fatiga de materiales de bandas con aspiraciones masivas como Muse y Coldplay en su carrera por conquistar crítica y estadios al mismo tiempo. ¿Y qué me dicen de Arcade Fire?, últimos candidatos a convertirse en “los nuevos U2”, que tras ganar el Grammy 2011 por Suburbs como disco del año, fueron víctimas del feroz trolleo de los fans de Katy Perry, Lady Gaga y Eminem — los otros nominados — que reclamaban “no saber de la existencia de esta banda” y cuyos posteos fueron recopilados en Tumblr y webs prestigiosas como la de la National Public Radio.

POP, RAP, ROCK, WHATEVER

En una nota de tapa de The Guardian fechada el 3 de abril de 2016, el periodista Peter Robinson se preguntaba: “¿Quién mató los géneros musicales?”. Y explicaba en la bajada: “Pop, rap, rock, whatever, el asunto es que Skrillex produce a Bieber, Rihanna graba un cover de Tame Impala y la mezcla de todos los géneros de 1975 llega al número uno”.

Para Robinson, señales más que suficientes para diagnosticar que “se crea y consume música de formas más sofisticadamente promiscuas que nunca”. Y justo mientras terminaba de escribir esto, Radiohead borra sus contenidos en redes sociales y lanza sorpresivamente su nuevo disco A Moon Shaped Pool, impecable operación de marketing (y “filosofía pop”) que incluye videoclips y mensajes crípticos.

Y se sigue “filtrando” información sobre ese mega recital de octubre/2016 en el sector de Indio, California con Paul McCartney, The Rolling Stones, Bob Dylan, The Who, Roger Waters y Neil Young.

Un hito que puede interpretarse como la puesta en escena hiperrealista de un detalle de la cubierta del Sgt. Pepper`s (celebridades auto celebrándose a sí mismas), como los funerales de estado de la generación de nuestros abuelos baby boomers, que inventaron el rock.

Lo lógico sería respirar un poco, contar hasta diez y torcer la pregunta sobre qué lugar ocupa actualmente el rock en la cultura popular y convertirla en una búsqueda por definir al género.

Algo que nos permitirá aventurarnos a cómo pasamos de la “onomatopeya primal” del primer rock and roll en los `50 (porque las palabras no bastaban y había que remitirse a un pre-lenguaje) y la independencia del rock frente al pop en los `60 hasta llegar al presente con el pop absorbiendo el rock hasta dejarlo vaciado simbólicamente.

En efecto: el pop actual — mutante, disperso y sin fronteras definidas– es donde ahora acontece la innovación, construida entre las habitaciones de los compositores/oyentes a través de la interfaz digital.

Porque internet no sólo “globalizó” sino que “expandió” al pop y “acotando” las posibilidades simbólicas del rock, en un mundo donde hace décadas se le acepta como clave para entender los años `60 y hasta los museos organizan retrospectivas en torno al canon Beatles-Hendrix-Velvet Underground-Bowie.

Tampoco olvidemos que la multiplicidad de lanzamientos y dispersión de la escucha, hizo desaparecer el ciclo donde el rock sacudía el supuesto vacío del pop mainstream [1].

Esos tiempos en que el riff y el aullido bastaba para descomponer todo el panorama de la música masiva, con su frivolidad, despolitización, voluntad de baile, dependencia del mercado y fabricada para olvidar los problemas en formato single.

Aún los “rockistas” — esa tribu amante de la distorsión, la pirotecnia y la épica del canon — lloran en los posteos de Youtube porque se perdió “la fuerza del rock” o reclaman contra el reggaetón. Y tienen razón: aquel arquetipo de banda peligrosa, sexy, virtuosa instrumentalmente y dispuesta a engullirse el planeta se esfumó en algún punto de la década pasada, entre el sonado debut de Arctic Monkeys (directamente desde el ahora agonizante Myspace) y el trolleado Grammy de Arcade Fire­.

Volviendo al fin de los géneros:

¿Podemos llamar rock a Animal Collective, Grimes o Ariel Pink en una época donde los dinosaurios vuelven a girar por el mundo cada mes y se rescatan con técnicas arqueológicas discografías olvidadas?

¿Son los discos de madurez de estrellas como Justin Bieber o Taylor Swift obras de arte como los clásicos del rock?

¿Le queda al rock algún desafío o revolución por concluir cuando, citando a Daniel Melero (2005) , hasta “la ciencia es más rockera que el rock”?

¿MATAR AL PADRE? ¡POR FAVOR!

Jim Morrison enrojeció a toda una generación — que aparentemente desconocía la tragedia de Edipo — al interpretar “The End” (1967) psicodrama rock, donde el protagonista terminaba matando a su padre y amenazando tener sexo con la madre.

El desvarío podía interpretarse como la cristalización de las intenciones del rock, ya devenido en esos años como cultura. Ahí estaba latente el deseo de aniquilar la autoridad y gozar sobre la tumba del marco social de convivencia.

Cuarenta años después, el 4 de septiembre de 2014, Nick, el hijo de Gene Simmons (Kiss) hace a si padre hablar mal de la música actual en una entrevista para Esquire. Ahora el padre se une al hijo en torno al rock, reflejando alegóricamente la opinión del propio rock sobre su actual situación:

La muerte del rock no fue por razones naturales. El rock no murió de viejo. Fue asesinado (…) Nadie te pagará las 10.000 horas gastadas en la composición. Ya imagino la frustración de tener todo ese trabajo y que nadie quiera pagar nada por él. Es muy triste para las nuevas bandas. Mi corazón está con ellas. No tienen una oportunidad. Si tocas la guitarra, es casi imposible. Mejor no siquiera intentas tocarla o escribir canciones, sólo canta en la ducha y audiciona para The X Factor. Y no estoy acusando a The X Factor o los cantantes pop. ¿Pero donde está el nuevo Bob Dylan? ¿Dónde están los nuevos Beatles?

Simmons se queja amargamente de la piratería, de la electrónica, del hip hop, de lo dañino que es “Gangnam Style”, de que nadie quiere ayudar a las bandas como antes, que si un chico de 15 está en el garaje y enchufa su guitarra, es muy probable que fracase. Como un padre desvariando y recordando los viejos gloriosos años:

Elvis, The Beatles, Michael Jackson, The Stones, Jimi Hendrix, todos los clásicos artistas de Motown, Madonna, U2, Prince, Pink Floyd. La lista sigue. Todos unánimente considerados clásicos, inmortales, revolucionarios. Ahora, desde el `84 hasta hoy nómbrame uno. Solo dime un artista capaz de lograr eso (…).

“¿Nirvana?”, le pregunta el entrevistador. “Ellos son «la» gran excepción”, se excusa el cantante y bajista de Kiss. Y luego vuelve a preguntarse donde está el nuevo Dark Side of the Moon, porque “la industria ya no existe” y eso impide que Tame Impala triunfen como sí habría ocurrido de editarse sus discos en los `60 y `70.

Entonces, Mr. Simmons ¿cuánto tiempo lleva caliente el cadáver del rock?.

El tema es fascinante, pero nos obliga a tres cosas.

Primero, distinguir al rock como género y cultura.

Segundo, definir la experiencia de escuchar música pop hoy.

Tercero, aventurarnos — y “re pensar” — en algo de lo que, sabemos, no tendremos una respuesta tan definitiva: la experiencia rock.

Es una operación fragmentada, con ideas que están dando vueltas pero que es interesante “bajar” y confrontar.

Quizá lleguemos a aproximarnos al núcleo de esa experiencia tan esquiva de atrapar y definir. [LL]

[1] Pensemos en las explosiones de The Beatles, 64; Hendrix, 68; Zeppelin, 71; Bowie, 73; Sex Pistols, 77; The Smiths, 84; Guns N` Roses, 87; Nirvana, 91; Oasis, 95; niü metal, 99; retro rock, 01.

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