Sandino Nuñez: “La política parece una administración práctica de lo irracional”

Sandino Núñez es un filósofo y ensayista uruguayo que tiene varios artículos disperdigados por internet, libros como El miedo es el mensaje y un hit en youtube: “Prohibido Pensar”. Un programa de televisión donde, en la línea de Zizek, desmantela los fundamentos del capitalismo tardío en nuestra cultura pop. Porque, en una época donde hasta criticar el sistema económico es mal visto, lo más necesario es que un pensador amigable nos conduzca por sus grietas. Y nos contactamos con él.

Por J.C. Ramírez Figueroa*

— Me interesa tu lectura del capitalismo tardío. Dentro de sus características -dices- está el haber eliminado la “ideología”. Incluso ya está mal visto criticarlo porque se supone que entramos en una nueva “etapa económica”.

— Antes que nada. Eso que se ha llamado globalización, asociado al capitalismo tardío, es, a grandes rasgos, la brutal hegemonía de un capitalismo pragmático de carácter protestante sajón. Se opone, ciertamente, a universalización. Globalización son juegos no de razón, educación o ideología sino de empuje, contagio y yuxtaposición. No de Ley sino de reglas y rituales, no de política sino de mercado, no de significado sino de valor de cambio, no de religión sino de cultura de masas, no de escritura sino de imagen. Supone una disuasión y un enfriamiento generalizado de las viejas luchas sociales y del proyecto emancipatorio, y su sustitución por microluchas: identidad civil, reconocimiento, tolerancia, etc.

Así como un desdibujamiento del viejo sujeto moderno y la aparición de objetos parciales como grupos, tribus y manadas. El asunto es que el capitalismo ya no trata de persuadirnos de que la explotación es necesaria o corregible, o que la mala distribución de la riqueza es preferible a la pérdida de la libertad o a la suspensión de los derechos civiles o lo que sea, como hacía antes. Ahora ya a nadie parece interesarle la explotación o la injusticia. Es decir, cae la dimensión simbólico-política del modo de producción, que es, paradójicamente, el único lugar desde el cual podemos decir y pensar el modo de producción, tener un lenguaje sobre el modo de producción.

El capitalismo ya no trata de persuadirnos de que la explotación es necesaria o corregible, o que la mala distribución de la riqueza es preferible a la pérdida de la libertad o a la suspensión de los derechos civiles o lo que sea, como hacía antes. Ahora ya a nadie parece interesarle la explotación o la injusticia

— ¿Crees que en Latinoamérica ese proceso está mucho más agravado?

En ese sentido no me parece que tengamos que hablar de un agravamiento de este proceso en Latinoamérica. Latinoamérica es una constelación política bastante compleja, entreverada, barroca, oscura y brutal a veces, pero también, por eso mismo, bastante fuerte: historias de opresión, luchas emancipatorias, y tradiciones político-literarias humanistas y republicanas que para el caso pueden funcionar como anticuerpos al advenimiento de este capitalismo sin política. De todas maneras, y por eso mismo, hay toda una serie de riesgos bastante “latinoamericanos”: la laxitud de una nueva izquierda “realista” o pragmática incapaz de enfrentar este proceso, tentada por el cuidado de la economía y la corrección política, genera una asordinada reacción anticapitalista en formas militarizadas, paranoicas y populistas de gobierno y poder, épicas antipolíticas de ángeles guerreros que vienen a soplar el aliento de la pureza sobre el caos y la corrupción endémica de la escena política. Esto sin contar los famosos “giros a la derecha” del electorado, como los que han ocurrido en Europa o ahora en Chile. Ninguna de estas alternativas, ciertamente, va a restituir el orden de la política como un quiebre crítico con la economía, pero dan a la gente la sensación de una disidencia, de una “tercera vía”.

— ¿Cómo resistir o generar un discurso disidente en ese contexto? ¿Hay algún punto de partida?

— La lógica cultural del capitalismo tardío, y su producto maravilloso, la cultura de masas, absorbe o tiende a absorber toda disidencia. Se alimenta de voces subalternas y de minorías. Se parece a la idea del fin de la razón en Horkheimer, idea con la que no se apunta al mero triunfo de lo irracional (sea lo que fuere lo irracional), sino a la abolición del orden trascendental de Lo Irracional. Ya no hay rincones “irracionales” en el discurso social, y por tanto tampoco hay racionalidad. Ésa es la catástrofe: una cultura a la que toda desviación le pertenece. Distinta es la idea de resistencia, que me parece mucho más adecuada. Resistencia, palabra asociable con el psicoanálisis, es la dialéctica de la negación de Hegel: debo negar al objeto para que aparezca algo del orden del concepto, del jucio, del lenguaje y del deseo. En esto habría que concentrarse hoy. Otro frankfurter, Marcuse, lo decía en forma bastante bella: la libertad necesaria para pensar en la liberación. El sujeto moderno es esa pulsión emancipatoria, y por tanto la conciencia de su alienación: si el sujeto es por fuerza sujeto alienado, la subjetividad es la conciencia de esa alienación. Pues bien. Ese es uno de los privilegios que no tenemos hoy: no es que la emancipación no sea posible, es que todavía no es, siquiera, pensable. No nos sentimos alienados; nos consideramos más bien “electores conscientes” de nuestra peripecia.

— Supongo que te enteraste del terremoto en Chile (8,8 grados ritchter uno de los más poderosos de la historia moderna). Allí ocurrió algo revelador: la presidenta Bachelet no quiso enviar militares a las zonas devastadas (Talcahuano, ciudad donde nací tuvo un maremoto y posteriormente hubo una salvaje ola de saqueos y necesitaba urgente reestablecer el orden). Sus asesores le recomendaron no mandarlos porque “podría deteriorar su imagen”. ¿Crees que acá se cumple “obscenamente” la glorificación de la imagen y las políticas comunicacionales por sobre la EVIDENTE necesidad de las personas?

— Sin dudas es como tú decís. Pero me gustaría también considerar algo lateral a esa observación. El hecho es que se verifica, en este asunto terrible de la catástrofe natural, la caída de la política: toda gestión gubernamental parece jugar su verdad precisamente en la mera administración de la contingencia: saber y poder lidiar con el accidente, y especialmente con el accidente catastrófico, es un arte de técnicos y no de políticos o filósofos. Por tanto la vida termina por ser un permanente estado de terror a la espera del accidente definitivo, de la catástrofe final que todo lo arrase, la peste, la enfermedad, la guerra de todos contra todos que aterrorizaba a Hobbes. La política parece no un proyecto racional sino una administración práctica de lo irracional, es decir, una no-política. Y éste es un concepto pragmático-calvinista de la esfera pública. Curiosamente, la misma psicología obsesiva que fabricó el capital a fuerza de retención, ahorro, acumulación y explotación, es la que ahora se generaliza paradójicamente en la oscilación entre el horror a la catástrofe y la fascinación por el goce, el mercado, el despilfarro.

— Sobre la reducción de las grandes causas a “objetos parciales”… ¿Cómo se ha adaptado o camuflado en Latinoamerica este discurso de lo “políticamente correcto” que es en sí mismo un camuflaje de una idea dominadora e incluso post-colonialista? ¿En las políticas asistencialistas? ¿En la estética pro-indigenista del rock? ¿En los documentales o exposiciones fotográficas?

— Por un lado, la crisis del sujeto unificador y la proliferación de demandas singulares o de objetos parciales es una cuestión estructural y no algo como una ideología subrepticia que va colonizando nuestras cabezas. Tiene que ver con la desaparición de la escritura como tecnología privilegiada de comunicación social (y toda la vasta ontología que se le asocia: Estado, derecho, literatura, política, educación, producción de sentido, interpretación), y con el emplazamiento de la imagen, la información, la tecnología y la comunicación electrónica. La political correctness es un avatar del ethos protestante (como diría Weber): reglas o rutinas a seguir allí donde falla la Ley. Una sociedad que no entiende la política debe disfrazarse con las formas convencionales de la política.

La corrección política es un simulacro de política en una sociedad ya incapaz de política. Por lo tanto su aparición es un síntoma y en ese sentido no creo que haya tenido que adaptarse o camuflarse. Tanto la intervención asistencial como la estética indigenista pueden ser rituales de corrección política, rituales obsesivos, pero también pueden ser otra cosa. En los 90, el apoyo de la cooperación internacional y de los organismos multilaterales a la pequeña empresa, las iniciativas y a los entrepreneurs del mundo no desarrollado, y específicamente de América Latina, por ejemplo, puede verse como ejercicios rutinarios de asistencia y colaboración de Estados y organismos con los procesos de desarrollo de los primos pobres. Sobre todo si lo combinamos con dosis de corrección de género o sexualidad por ejemplo (emprendedoras mujeres, emprendimientos gay o antisexistas), étnicos (microempresarios de algún gueto minoritario en alguna megalópolis del tercer mundo), ambientalistas, en fin. Pero, y es lo que me interesa aquí, también puede leerse como una avanzada hacia la desproletarización del trabajo, como la disuasión de cualquier cultura de la organización y la solidaridad, y el estímulo de una circulación lumpen y freelance de la fuerza de trabajo, ocultas por la interpelación “usted puede”, la terapia de la autoayuda, la exaltación del voluntarismo infantil y el sueño de la autonomía y la flexibilización laboral. Mueven cantidades asombrosas de dinero para capacitación, teleempleo, y el reciclaje de la fuerza clásica de trabajo en “iniciativa”, “emprendimiento”, “innovación”, “creatividad”. El sueño es suturar la contradicción capital / trabajo asalariado que caracterizaba al capitalismo clásico según Marx: ya no trabajadores contra patrones sino emprendimientos y microemprendimientos ensamblados en la megamáquina del mercado y el desarrollo. El desarrollo es un fantasma del explotador que vive el explotado. Esto funciona como algo más cercano al dispositivo de Foucault que a la ideología en un sentido clásico.

— ¿Conoces el ensayo Para Leer al Pato Donald, elaborado en pleno gobierno de Allende? Ahí se postula que una historieta en apariencia sin importancia desarrolla un universo simbólico altamente influyente. Y se denuncia ese mundo simbólico Disney sin división de trabajo, asexuado (una proyección de la moral victoriana del capitalismo), de buenos salvajes (cuando Donald y sus sobrinos viajan fuera de Patolandia)… ¿Crees que esa idea sigue siendo vigente… la de los productos culturales infantiles como agentes iniciáticos el capitalismo tardío?

— Leí Para Leer al Pato Donald, como todo el mundo, hace muchísimos años, siendo casi un niño. Ha pasado mucho tiempo desde que se publicó ese libro. El capitalismo mediático no parece hoy interesado en predicar nada. Tentado estoy de decir que funciona casi al revés de lo que supone la práctica de lectura de Dorfman y Mattelart: no introduce al niño en el universo simbólico del adulto sino que mantiene al adulto en la constelación fascinada del niño. En el Pentágono en el 2005, para el lanzamiento de una campaña de apoyo a las tropas norteamericanas en el Medio Oriente, el entonces Secretario de Defensa Donald Rumsfeld dio una conferencia de prensa junto a Spider Man y Captain America. Eso es psicóticamente infantil. Podemos “descifrar” los sentidos ocultos u oblicuos de las historietas o de los personajes, pero ¿cómo tratamos a este loco? De todos modos, supongo que la vigencia de estas lecturas tipo “crítica de las ideologías” debería hoy buscarse no en la denuncia de contenidos simbólicos alienantes en la cultura de masas, sino en el esfuerzo por encontrar o producir en ella algo como un sentido, ya que hace tiempo que entró en una especie de fase psicótica. Es parecido al trabajo freudiano de interpretación de las “producciones del inconsciente” (sueños, lapsus, olvidos, rituales): poner un sentido, una novela, una narrativa o un significante allí donde quizás solamente haya automatismos del cuerpo. Y quizás ésa es la gran lucha hoy: obligar al sentido a aparecer.

El mundo del rock (digámoslo así) es un universo fantástico de dioses y divos barrocos y mutantes genéticos, parecido a un gran programa de catch

— Sé que eres músico. ¿Tiene el rock y la música pop en general algun protagonismo en estos procesos que denunciamos en la conversación? Pienso en el “activismo” de Bono, la dinámica de las giras (estadios, entradas más caras que un sueldo mínimo, estrellas de rock dejándose alabar para fingir que eso los hace “volver” al escenario en los bises) o la disneyficación del punk… ¿Es posible desarrollar una crítica al capitalismo desde ese territorio?

— Es una pregunta más bien extraña. El rock, el punk, el pop, el postpunk, el retrorrock, el metal, el hardcore, el indie, el alternativo, el romantic, en fin, son el capitalismo mediático, o por lo menos son un síntoma importante del capitalismo mediático, y no tienen nada que ver con la música. (Con esto no quiero decir que no hagan buena música eventualmente, sino que conviene no confundir los planos.) El mundo del rock (digámoslo así) es un universo fantástico de dioses y divos barrocos y mutantes genéticos, parecido a un gran programa de catch. Ese mundo también habla de la violenta horizontalización del gusto, la microespecialización de los géneros y los estilos para abrir nichos iniciáticos cada vez más finos en el mercado y el consumo, para dar finalmente con el centro mismo del capitalismo mediático: el hiperconsumo, el consumo de segundo grado. No consumimos objetos o cosas (música, digamos) sino subgéneros y lenguajes de coleccionistas e iniciados: consumimos consumo, consumimos la acción misma de consumir. Fanáticos, freaks, otaku: es la forma del goce. No importa que tengan un carácter más bien sombrío, destructivo o apocalíptico: son avatares de la cultura Disney, de todas formas. [LL]

*Entrevista publicada originalmente el 25 de marzo de 2010.