Futuristas

Publicado en Para ti el 16/05/2014

A todos nos preguntaron, alguna vez, cuando éramos chicos, “¿qué querés ser cuando seas grande?”. De la misma forma, pero de manera global, la humanidad siempre se imaginó a sí misma en el futuro. La respuesta, muchas veces, fue una expresión de deseo: una mirada optimista, cargada de fe en el progreso, asombrada frente al potencial de la tecnología, como en Los Supersónicos y sus autos voladores. Otra veces, la respuesta fue más bien a la pregunta “¿qué temés ser cuando seas grande?”: sociedades post apocalípticas, invadidas por otras civilizaciones o por ellas mismas, híper vigiladas y con su cultura aniquilada como en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Pesimistas u optimistas, las miradas sobre el futuro siempre fueron, también, un reflejo del presente, de la psiquis colectiva de cada momento histórico. Y casi siempre la ciencia ficción fue el canal para contarnos qué soñamos, cómo imaginamos que sigue la vida, como un chico que quiere ser superhéroe y se dibuja a sí mismo como tal.

¿En qué tuvieron razón los presagios del pasado? ¿En qué se equivocaron? ¿Qué dejaron sin imaginar aún las mentes más futuristas? Y hoy, ¿qué soñamos? O, simplemente, ¿soñamos?

MIRADA DE CÔTÉ. En 1899, el ilustrador francés Jean-Marc Côté hizo una serie de dibujos a pedido de una marca de cigarrillos acerca de cómo sería el mundo en el año 2000. En ellos, hay colectivos submarinos transportados por ballenas, autos y trenes voladores, dotaciones de bomberos con alas y artefactos mecánicos y automáticos para barrer el piso, afeitar hombres y confeccionar trajes. La educación es insertada a las cabezas de los libros a través de un artefacto que procesa libros a rosca. Son imágenes felices, parece un futuro con la vida facilitada por los avances técnicos, como también lo era el imaginado por Julio Verne. El optimismo sobre el futuro, como todo, vino en ondas cíclicas. “En el siglo XIX había una visión de largo plazo de triunfo de la ciencia y la tecnología, de confianza en las grandes máquinas”, explica Pablo Capanna, filósofo y autor de El sentido de la ciencia ficción (Columba, 1966).

LA EDAD DE ORO. La segunda era prolífica de la ciencia ficción llegó después de la segunda guerra mundial. El desarrollo técnico que había nacido de la guerra ahora estaba ahí para ser usado sin fines bélicos. Aparecieron las primeras computadoras. Occidente era un campo de promesas donde cualquier cosa podía pasar. En ese contexto, se consagraron varios de los maestros del género, como Isaac Asimov y su futuro poblado de inteligencia artificial, de robots al servicio de los humanos. Hoy, sí, parece que hacía allí vamos, con grandes corporaciones como Facebook y Google invirtiendo en el estudio de ese tipo de tecnología. Sin embargo, los seres imaginados de Asimov tenían un problema de escala: “Hay algo que los grandes escritores no vieron. Isaac Asimov se pasó la vida hablando de robots y computadoras pero nunca se imaginó una portátil. Se imaginaba monstruos gigantes”, dice Capanna.

SONRÍA, LO ESTAMOS FILMANDO. Mientras algunos confiaban en lo que la tecnología nos iba a traer, otros temían por el camino que iba a seguir la humanidad. En Fahrenheit 451 (1951), Ray Bradbury escribe una sociedad moderna súper controlada por el gobierno y sin pensamiento libre, en la que los bomberos tienen por orden quemar libros y las paredes son ocupadas por pantallas. En la novela 1984, (publicada en 1949), George Orwell Londres está dominada por el Gran Hermano, una especie de estado totalitario que controla a los ciudadanos, vigilados a cada momento. Hoy, los estados no queman libros y en el mundo occidental predominan las democracias. Sí estamos rodeados de pantallas y sí hay cámaras en las calles (desde smartphones a donde miremos hasta municipales para detectar robos). Sabemos que cualquier comunicación por webcam puede ser hackeada y espiada. Sabemos, también, que la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos vigiló las comunicaciones por Facebook, Microsoft, Google y Apple, entre otras, de sus ciudadanos y los de otros países.

En el cine, Blade runner, dirigida por Ridley Scott y estrenada en 1962, transcurre en Los Angeles en 2019. Está basada en la novela de Philip Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” y muestra un futuro con humanos artificiales que perdieron la capacidad de empatía y son híper controlados y usados por gobiernos espaciales, en el escenario de una tierra devastada. Para Capanna, “muchos han escrito sobre el futuro que hay que evitar. Son novelas de advertencia, que dicen que si seguimos por este camino, nos va a ir mal”.

TIENES UN EMAIL MARCIANO. En uno de los relatos de Crónicas marcianas, el libro en el que Ray Bradbury imagina la conquista de Marte, Janice, una chica joven, conversa con una amiga. Está en la Tierra, pero su novio ya se mudó a Marte y ella lo va a acompañar. En un bar, en su última noche terrestre, le muestra a su amiga Leonora una carta que llegó por “cohete correo”.

“Leonora sacudió el sobre, sacó la nota y la leyó en voz alta.

‘Querida Janice. Esta es nuestra casa si decides venir a Marte. Will’.

Leonora golpeó otra vez el sobre y una imagen en colores surgió en el dorso. Era la fotografía de una casa oscura, musgosa, antigua de color castaño.”

Fue escrito en 1950 pero la acción sucede en junio de 2003 y esa nota que se transforma en una imagen con el toque de un dedo podría ser un link a una foto en la pantalla táctil de un iPad o un smartphone.

En Crónicas marcianas, la conquista del espacio es vista con nostalgia hacia la vida en la tierra y una humanidad vulnerada pero no desahuciada, a tiempo de ser recompuesta. Es una mirada tierna sobre el presente en que fue escrita. Pero esa analogía con el presente no siempre fue positiva. Guillermo Hernández, director de la revista de cine La cosa, sostiene que muchas de las ficciones sobre la conquista del espacio eran metáforas paranoicas de la guerra fría: una militancia de Hollywood contra los comunistas, esos seres extraños que podían invadir al sueño americano y arruinarlo. En 2001: Odisea en el espacio (1968) también está esa mirada paranoica: en el espacio, pero sobre las máquinas y su potencial de dominar a la especie que los creó, los humanos.

UN LABERINTO BORGIANO. El papel que se convierte en una foto del cuento de Crónicas marcianas llega en cohete: Bradbury no imaginó que podíamos vencer la barrera del espacio, que la información podía viajar sin sustento físico. Muchos dicen que Internet fue la gran deuda, la revolución fundamental que los seres humanos del pasado no pudieron imaginar. Pero para otros, hay una mente brillante que ya pensó en esos términos. “En varios textos de (Jorge Luis) Borges se prefigura Internet”, dice Daniel Molina, crítico cultural. “No es que, a la manera de (Julio) Verne hable de creaciones técnicas, sino que va mucho más lejos: prefigura el esquema conceptual y la forma de interactuar del mundo virtual en general y de Internet en particular”, sigue. En La biblioteca de Babel (en Ficciones, 1944), por ejemplo, Borges habla de un universo, “(que otros llaman biblioteca)”, donde están todos los libros posibles del mundo: una colección de saber que parece infinita al ojo humano. En El Aleph (1945), todas las cosas del universo confluyen, sin superponerse, en un rincón de un sótano de Buenos Aires.

RARA AVIS. Durante la segunda mitad del siglo XX, la producción literaria de ciencia ficción era tanta –había tantas revistas publicando tantos cuentos todo el tiempo– que muchas de lo que se escribió pasó al olvido, desapercibido, y con ello sus predicciones, que quizás tenían razón. Según cuenta Pablo Capanna, en 1946 un ignoto escritor llamado Murray Leinster escribió un cuento que hoy casi nadie recuerda. En él, un hombre compraba un artefacto con una pantalla y un teclado desde el que podía conectarse con bibliotecas de todo el mundo. ¿Para qué lo usa? Busca –¿googlea?– recetas para matar a la mujer. (Y encuentra muchas, según si es morocha o rubia y con distintas fórmulas de venenos.)

TAN BIÓNICOS. Este año vimos un aluvión de noticias sobre la impresión 3D. Muchas de ellas, directamente vinculadas a la salud: el primer cráneo de plástico impreso e implantado en un ser humano real, el primer rostro y, en Argentina, ya se imprimió una mano. A su vez, Oscar Pistorius, uno de los velocistas más veloces del planeta nació sin piernas. Ahora tiene dos, sí, pero de titanio. La idea de ampliar los límites del cuerpo y la naturaleza, de crear seres humanos híbridos, mezcla de tecnología y biología, fue también una de las fantasías de la ciencia ficción. En 1843, Edgar Allan Poe ya había descrito a un súper hombre compuesto por piezas que debe ser ensamblado todos los días por sus sirvientes, pero es humano. Es difícil, también, no pensar en Frankenstein, de Mary Shelley, escrito en 1818. También en el campo de la medicina: en la novela futurista Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, aparecen la manipulación genética y la inseminación artificial.

EL HUEVO O LA GALLINA. ¿Qué vino primero? ¿Los avances técnicos que abren la imaginación? ¿O los científicos investigaron inspirados por la imaginación de los escritores? “Yo creo firmemente que construir en la ficción el futuro puede, efectivamente, afectar el futuro. –dice Tomás Balmaceda, doctor en filosofía y fanático de la cultura pop– En la serie Star Trek original, por ejemplo, los tripulantes utilizan aparatos que se asemejan a las tablets actuales o nuestros smartphones. Esos episodios se escribieron y grabaron entre 1966 y 1967, ¿es muy alocado pensar que muchos de los que crearon el iPad o el primer Nokia crecieron viendo esas imágenes?”

MODERN FAMILY. En Los Supersónicos –el dibujo animado presente en las pantallas infantiles desde los ‘60 hasta los ‘90– Súper Sónico, el padre de esa familia tipo del 2062, va al trabajo en su autor volador, donde su tarea consiste en apretar un botón una y otra vez, tres veces por semana durante tres horas (y se queja de lo mucho que trabaja). En el avance tecnológico de la posguerra –ese segundo iluminismo, segundo romance con la razón técnica– trajo la ilusión de que en el futuro íbamos a trabajar menos. Las máquinas nos iban a reemplazar y, en consecuencia, íbamos a tener más tiempo de ocio. De hecho, una nota en la revista Parade de 1959 –con el título “¿Los robots nos van a hacer obsoletos?”– advertía que con tanto tiempo libre y tan poco trabajo, nuestra vida iba a perder significado e iban a aumentar las tasas de suicidio. Eso, está claro, no pasó. A pesar de que sí aumentó la productividad, las jornadas largas se mantuvieron: un trabajador estadounidense promedio es 400 % más productivo que en 1950, según datos del ministerio de trabajo de ese país, pero a pesar de eso pasa dos tercios de su día trabajando (un mes por año más que en 1970).

Otro dato sobre Los Supersónicos: si bien futurista, es considerada una ficción conservadora. La familia es, en realidad, la misma que la de Los Picapiedras. Hoy, no tenemos autos voladores, pero sí familias ensambladas, monoparentales, matrimonios entre el mismo sexo, hijos nacidos de óvulos y espermatozoides donados y otras estructuras que siguen llamándose “familia”. A veces, El cambio tecnológico fue sobreestimado y el social, subestimado.

NO SON TIEMPOS PARA SOÑADORES. Los cambios del siglo XX fueron gigantes. La radio, la televisión, el tren, el avión, la genética, el telégrafo, Internet, la computadora y otras obras colectivas de la ciencia cambiaron al mundo, mientras la ficción les seguía el paso con sus fantasías, acertadas o no. Hoy, no sabemos cuál es la próxima gran revolución, o si acaso va a haber una, pero vivimos subidos al tren vertiginoso de las revoluciones cotidianas. El desarrollo tecnológico avanza tan rápido que no sabemos qué actualización va a tener mañana el sistema operativo de nuestro celular y tampoco nos sorprende cuando sucede. No estamos expectantes; estamos acostumbrados. Dejamos atrás la mística de la conquista del espacio: ya no es una epopeya, una carrera para demostrar nuestra potencia, sino un negocio para millonarios. Sigue habiendo utopías –¿la inmortalidad? ¿el fin de las enfermedades? ¿la solución al problema de la energía? ¿de la escasez del alimento?– y se sigue publicando ciencia ficción, pero más como un fenómeno comercial y sin nuevos grandes nombres como Asimov, Dick, Huxley y Bradbury. Tal vez, ya no soñamos. Aunque quizás todos pensaron lo mismo en su propia época. Tal vez, alguien lea esta nota en el aniversario 200 de esta revista y la juzgue ingenua.

Quizás, el futuro ya llegó.

O, quizás, no.