Good godbye, Chester

2007. Un lunes de julio. Son las 06:51am. Estoy afuera esperando el colectivo, muerto de frío y todavía luchando por terminar de despertarme. Y terminar de despertarme significa dejar de pensar en lo mucho que estaba disfrutando de mi cama hasta hace unos minutos, lo cual nunca es fácil. Me encantaría quedarme durmiendo unas cuantas horas más, pero no puedo; hoy tengo clases casi todo el día.
Me acomodo los auriculares mientras enciendo mi reproductor de MP3 de 256mb, los cuales ocupé seleccionando cuidadosamente cada canción. Y así comienza el ritual de cada mañana, escuchando música que me despierte y me motive para ponerle la cara al día de mierda que tengo por delante (porque siendo un adolescente de 16 años, estar obligado a levantarte 06:30am convierte todos tus días en días de mierda de manera retroactiva).
Navegando por el modesto menú del reproductor, selecciono Don’t Stay y le doy a reproducir. De repente mi existencia es más llevadera y la vida me parece algo mejor.
En mi selección de música nunca faltó Linkin Park. Ya sea de sus primeros temas, o de Minutes to Midnight — que acababa de salir hacía muy poquito en aquel entonces — , siempre algo había. Y esta era una de las cosas que evitaba que esos días de semana fueran tan malos. De verdad, un día sin mis auriculares no era lo mismo. Cada viaje de ida y vuelta al colegio se sentía como tiempo perdido, porque podría haber estando escuchando música.
Un día tuve una discusión bastante tensa con un grupo de compañeros que me dejó muy molesto. Sin embargo sabía que podía llegar a casa, encerrarme en mi habitación, poner Meteora a todo volumen y olvidarme de eso. Y lo hice.
Otros días en que estaba de muy buen humor, Linkin Park también estaba ahí para hacerme sentir todavía más eufórico y creer que podía con todo. Porque siendo pendejo necesitas, al menos una vez, tener esa sensación de libertad y grandeza, aunque no seas más que un simple mortal.
Cada quien habrá tenido su refugio siendo adolescente; su puerta de escape. El mío fue la música, fue Linkin Park. Y la principal voz detrás de eso fue la de Chester Bennington.

La voz de Chester fue el soundtrack de mi adolescencia.
La noticia de su suicidio me cayó como baldazo de agua fría. Me avisó un amigo y pensé que no era más que un chiste, pero bastó con googlear un poco y entrar a Twitter para ver que era cierto. Irremediablemente cierto.
Hoy me sigo cruzando noticias y esos titulares de “Chester Bennington commits suicide” me siguen pareciendo algo surreal.
Me parte pensar que alguien que por medio de su música me levantó el ánimo tantas veces, que me dio esa fuerza extra que me hacía falta más de una vez, no haya logrado encontrar eso para sí mismo. Es una puta mierda.
Me siento en deuda. Después de tantos años de música que marcó mi vida, aunque sea unas líneas escritas tenía que dedicarle.
Si con esto puedo contarle al menos a una persona lo que Chester Bennington y Linkin Park significaron para mi (y para muchos) mientras crecía, misión cumplida.

When my time comes
Forget the wrong that I’ve done
Help me leave behind some reasons to be missed
And don’t resent me
And when you’re feeling empty
Keep me in your memory
Leave out all the rest
