WAMPIR

RAYANDO por: Lucía Amaya.

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EFECTO COOLIDGE

Quiero dañarme la cabeza… déjame ver tus ojos, déjame ver si también tienen los sueños vueltos mierda como los míos. Tu y yo en el recoveco de un domingo absurdo totalmente salpicados de oscuridades.

Escupiré en el espejo mientras me tocas, mientras me inyectas toda tu oscuridad en mi oscuridad, mientras te desangras en mi sangre, mientras desbocas todo tu silencio en mis gritos, salivales salvajes, atroces, remotos, locos, rotos.

La noche olía a sangre, su sangre, mi sangre, la sangre de ella y la mía. Lámeme, rompe el murmullo de la noche que habita en mi piel… Sólo pensaba en meterle los dientes en la mitad de la boca.

Los días se han instalado en los cuerpos con alfileres de colores, sangras, gimes, coajulando el deseo. Quiero restregar mi cuerpo en cada una de tus palabras, háblame cerca del oído, quiero que tus palabras bombardeen toda mi sangre.

Te tengo, ábrete un botón y luego otro, y otro, ven acá, te tengo, no cierres nunca tu ventana.

Entre tanto, escupía, para no perder la costumbre, para demarcar el territorio. Adivinaba mi sangre que se había acumulado entre la nicotina dejada por el cigarrillo.

La miro como se suele mirar a las mujeres en los amaneceres, como por debajo de la luz, por debajo del ruido tenue de la ciudad dormida. Recorro el espacio, regando un poco de su soledad por los pasillos, las habitaciones…

Se miró al espejo, al sucio espejo que había reflejado muchos nadies. Vio sus labios fibrosos, necesitados de besos.

En la oscuridad obtiene una erección con un poco de imaginación, tener una erección sin botarle mente, quedar envenenado, pegado al vidrio.

Pienso en la sangre, oler ese tejido invisible que conecta todos los recuerdos, te recordaré por el olor de tu sangre más que por tu sudor, tus palabras, tus miradas, tus caricias esas que no me tocan pero que me descascaran al viento y al febril paso de los minutos.

Este cuerpo lleno de agujas invisibles en mi profesión de solitario en el mejor día para morirse.

La sangre, el whisky, tu sangre, la saliva, su sangre, el semen, mi sangre, la orina, nuestra sangre, el sudor, la sangre, llorar, sangrar, manchar sangre, derramar su carne, salpicar tu voz, oler su tez, chupar mi recuerdo.

El cuerpo, la noche, la sangre, el ruido y luego el silencio, mi cuerpo, dentro de mi cuerpo una mano invisible y caliente escarba, succiona mi savia, Rh negativo, hueco negro que se llena de sangre y ruido.

Quiero darle un beso en la mitad de mis sueños ensangrentados con mis labios asesinos en esta mañana con lluvia de aves negras, pero ella se adelanta, siempre hace lo mismo cuando está deprimida, ahogarse en salsa de tomate.

TICKLING.

Allí estaba, en la fiesta, en un sitio bien oscuro, no más la veía me ponía bien duro, solo pensaba en culiar trabado porque uno siente que el polvo le dura siglos entre el amasijo de piernas, jugándoselo todo entre el miedo y el terror.

Vienen chulos de otras partes a babear cuellos con territorio marcado. Perforo, asalto la linfa chupando y succionando venas y arterias, bien adentro los clavo, que no haya duda que tatúo mis alas en su yugular.

La jalada a la paja era cosa fija, le bajaba el cierre y le metía la mano, mis ojos enredados en su pelo, mi mano enmarañada de vellos, jamás había tenido una conversación con ella casi que ni sabía cómo era su tono de voz.

Estuve semanas de semanas soñando con ella a toda hora, alborotada mi lascivia, ella entre mis pupilas, ella entre mis piernas, entre mis brazos, entre mi boca, viviendo en mi misma ciudad, lo único que deseaba era sentirla al lado mío, lo que hago es tragar saliva evitando atragantarme porque me fluye como un torrente de sangre, especita, espumosa y si llegara abrir la boca lo que haría sería mandarme a la mierda y lejos yo de espantarla.

Me abrió la puerta y como que también abrió los ojos, me besó con tanta fuerza en la boca, usó su boca para morder-me, yo prendido de sus labios carnosos me vine a dar cuenta cuando sentí aquél grueso río de sangre que me bajaba por el cuello y comprendí que todo se desplomaba, su boca entreabierta, llena de sangre y sus manos que se estiran pidiéndome que la siga besando, que me olvide del dolor, que piense en el dulce trofeo de una cicatriz, con la sangre seca sobre la barbilla y el pecho y la jeta hinchada prueba de una locura perseguida, me ha clavado los dientes en la nuca, con furia, grite internamente, me pase la mano por donde entraron sus dientes, quedaron rojos mis dedos, tengo roja la mano, roja empieza a ser mi camisa, hundo mi cara entre sus senos para que ella se retuerza, tomo toda su mata de pelo entre mis manos y ella me besa todo desde la frente hasta el pecho, lambe, muerde, aruña, recorre con lengua, labios y dientes mi sediento cuerpo emitiendo un fuerte rugido.

SEXIT.

Acabar siendo uno de ellos y vagar como un animal incontrolado que busca sangre para saciar su vacío desgarrador. No me importa lo que sienta la gente, olvidé lo que era sentir cuando apareció en mi vida, olvidé lo que era vivir, olvidé lo que era pensar.

La fría noche eterna habita en su alma… la mórbida agonía hace tambalear su fortaleza creando agujeros de delirios en su atormentada cabeza… no sabe que espera, no sabe que busca, el vacío en su interior le dice que espere. Que…

La mortecina luz de la luna hacia lucir su pálida piel más clara aún, la oscuridad la tiene atrapada en su misteriosa red, aunque ella aún no lo sepa, vagando por la vida sin un fin específico, con la insaciable sed de algo dormido en su interior que busca salir pero algo se lo impide… como presagiando la atrocidad que esto sería.

La noche es más fría de lo normal, entrecierro los ojos para detener el mareo de mi cabeza, miro el cielo, la noche me tranquiliza, aunque siempre he estado solo, nunca realmente lo he estado, rodeado de gente, siempre he estado solo, siento una presencia detrás de mí, una mirada clavada en mi nuca, una sensación de sed que me perfora la garganta y me recorre el cuerpo.

Ella se perdió en los ojos de él, eran de un verde irreal, penetrantes, malvados, excesivamente apasionados, pero dulzones, no hablaban, sólo se miraban fijo, lo que dormía en ella acababa de despertar, supo que le había amado antes de nacer.

Se despertó por la mañana con una sensación extraña en el cuerpo: cruel y delicioso deseo. La sed me hace esclavo de lujuria, sólo calmada mediante flujos lúbricos de un cuerpo inocente que secreta en momentos de peligro y placer.

Había descansado mal, sin motivo aparente. Tenía un regusto amargo en la boca del estómago, su cuerpo siempre avisaba sobre algo que no se podía explicar.

Su mirada estaba perdida, sus ojos enrojecidos; tan apetecible la creía, pensé que yo podía mantener la calma, pero no, el instinto asesino que surgía dentro de lo más profundo de mi ser, era ya incontrolable.

Estaba impaciente, nervioso, ella lo interpretó como deseo, se entregó a él, tendida en los brazos de él, inerte, probablemente ni siquiera supo que pasó.

Pasábamos el día durmiendo, evitando el bullicio de la ciudad y las miradas inquisidoras, de noche paseábamos por las azoteas, ebrios de ansiedad, los ojos inyectados de sangre y la piel incrustada en los huesos.

Podía olerlo a cientos de metros, me temblaban las manos, su rostro se tornaba desagradable, padecía en silencio, mordiéndome los labios sádicamente, el hambre se reflejaba en los blancos y demacrados labios y en el cadavérico rostro.

SOLODEX

Soñó que ansiaba ver el sol, para lo cual tomó vampisol pero no lo suficiente para convertirse en una antorcha en la que había colapsado su cuerpo, se consumió hasta que desapareció una mueca pintada en su cara, evaporándose como un puñado de ceniza al viento; su lastimera voz se escapaba por entre sus colmillos, temblaba pavorosamente, al despertar sus vidriosos ojos dejaron escapar gruesas lágrimas púrpuras y su olfato había adquirido una habilidad extrasensorial para detectar fuentes sanguíneas; en medio de la oscuridad pudo distinguir un par de ojos rojos cual sangre pura.

Rompió el silencio con palabras petrificantes, sonrió malévolo, con un corazón viviente, palpitante, se reconfortó, recorrió todo el lugar con la vista, rostros nada amistosos yuxtapuestos en el tiempo.

Llanto… no llores, todo pasará, quise decir, pero lo mantuve todo en mi mente, parece que fui escuchado, ella cesó de llorar abruptamente, sentía esa sangre caliente y pensé que somos un experimento que salió mal a un científico.

Su corazón, negro, cual noche sin luna, mordí salvajemente, sentí el sabor metálico y dulzón de la sangre caliente hacer convulsionar mi cuerpo, mis ojos cambiaron de color hasta quedar plateados como el acero, tiemblo de improviso, trago saliva; apretó sus puños y le miró despectivamente como si fuese un parásito, fue cuando me percaté que su corazón empezó a latir cada vez más débil y cerró los ojos como si durmiera, se me antojó calificar ese lugar como pandemónico, entonces fue cuando evidentemente mis colmillos crecieron otra vez, presagiando la próxima víctima que caerá en penumbra, ya oigo el caminar de sus pasos acercándose a mi pecho, me sobrepongo a los perros del miedo que me confunden y me hacen sudar, nunca desmayaría por la sangre sino por el tono de su mirada.

Entregué mi voluntad para que hiciese conmigo lo que quisiera, cuando él vio mi cuerpo desnudo comencé a sentir la cacería de mi extraño ser, era como un animal que te acechaba lentamente hasta darte un mordisco en la garganta, el miedo me encolerizó y renací para ser su amante.

En su habitación frente a un espejo decidió vestirse, sabía que tenía que llamar mi atención, se atrevió a pintarse los labios y se decidió por un vestido blanco, me acerqué a ella y desabroché un botón y le decía que no tuviera miedo, luego la agarré con fuerza, le subí el top dejando al descubierto sus tetas, después le quité todo lo demás, le destrocé el alma… Ella quedó encogida, inmóvil, quería morir, él se balanceó y cayó al suelo, el vestido estaba roto, las medias también, la pintura corrida. Abrió la ventana y salió, encontró un lugar donde llorar lágrimas carmín, ya no quería ser mujer, envenenada por la sangre, manchada de sangre, como su vientre.

Errabundo, veía alucinaciones, veía sombras, sangre, como leche derramada, el hambre le advertía que era también una persona de carne y hueso. Esperaría durmiendo profundamente mientras la luz oscura proyectaba sombras. La oscuridad se instalaba borrando todo tono de color. Estaba solo de nuevo, permanecería así por toda la eternidad, evitando ser vencido rápidamente por lo inevitable: el deseo.

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