El señor de las moscas (William Golding)

Luli Amb.
Luli Amb.
Feb 25, 2017 · 4 min read

Un avión caído, un grupo de niños y la dura tarea de sobrevivir en una isla desierta. William Golding nos trae de la mano de “El señor de las moscas” una historia de inocencia perdida en la cual en orden de sobrevivir, unos chicos de primaria deberán aprender a organizarse bajo sus propias normas.

Supongamos que alguien aprieta el botón de reset del mundo y hay que empezar todo de nuevo ¿Qué hacemos? ¿Nos organizamos e intentamos volver a como era antes? ¿O nos dejamos llevar por ese ligero sentimiento de libertad que nos da saber que tenemos todo el mundo por delante para hacer lo que queramos? William Golding ensayó una versión de este mundo en 1954 cuando escribió El señor de las moscas, su primera y más célebre novela. A través de su relato, Golding puso al hombre bajo la lupa e intentó demostrar que debajo de todo intento de orden y control, la naturaleza del ser humano siempre será violenta. La clave: no lo hace a través de personajes adultos bien formados dentro de la sociedad, sino que Golding elige como protagonistas de su novela a un grupo de niños de entre diez y doce años, algo que acentuará con más fuerza la idea de que todos los vicios y males de la sociedad (la violencia, el egoísmo, la destrucción, el odio) son inherentes al hombre cuando sean los mismos niños quienes los encarnen.

La historia es sencilla: un grupo de varones se encuentran solos en una isla tras sobrevivir un accidente de avión. Todos quieren hacer lo posible por regresar a casa, pero algunos prefieren priorizar su supervivencia. A pesar de que en un principio parece que el equilibrio entre ambas partes es posible, la situación en la isla comienza a generar conflictos internos en los niños que va a ir cambiando su perspectiva del mundo. Todo esto va a estar mediado a su vez por el miedo: el miedo que provoca la incertidumbre, lo desconocido, el descubrir los límites hasta los que uno es capaz de llegar en situaciones extremas, pero por sobre todo, el miedo hacia una criatura que creen los observa desde lejos esperando el momento oportuno de atacar.

Golding usa sus personajes para construir una alegoría de la naturaleza humana, y por lo tanto el simbolismo es casi obligatorio en la historia. Todo lo que vaya ocurriendo con los niños muestra el paso de la razón a lo salvaje, un camino que parece inevitable desde el momento en que deciden dejar atrás sus uniformes escolares e instaurar sus propios símbolos de civilización, algunos explícitos, como la caracola que se yergue como la figura del orden, y otros que se revelan de forma mas sutil en los momentos clave de la historia.

Sin ir mas lejos, cada niño también representa un aspecto distinto del ser humano: Ralph, el líder, encarna la civilización, ese mundo de viejas normas que conocemos y que amenazan por desaparecer cuando se encuentra con Jack, el salvajismo y los instintos, aquel que se deja llevar por sus pasiones y no respeta más reglas que las más crudas de la naturaleza: las de la supervivencia del más apto. En medio de ellos está Piggy, la razón, aquel niño marginado por sus propios compañeros y que está siempre tratando de hacerse escuchar.

No es casualidad que cuando Golding escribió la novela, el mundo estaba sumido en plena Guerra Frías, una lucha de poder sostenida a base de miedo y amenazas que intentó reconstruir lo que la Segunda Guerra Mundial había dejado. El mundo estaba frágil, todo podía cambiar de un momento a otro, y Golding pudo reflejar este aspecto en su novela; el hecho de que no hay nada más maleable que las normas bajo las que nos formamos porque estas son un invento casi arbitrario de aquel que pueda erguirse con la caracola en mano, y por lo tanto puede cambiar, mientras que lo único que parece estable es la compulsión del hombre por la destrucción del orden.

Golding nos mete en un relato donde la tensión se va construyendo de a poco y nos mantiene en vilo, hasta que finalmente todo estalla en un brillante final que pone todo en perspectiva. A través de un relato sumamente simbólico, el autor propone dar un paso atrás de ese mundo tan armado que conocemos para preguntarnos qué tan fuerte o delicadas son nuestros propios códigos, que nos incitan a hacer, pero más importante, que intentan reprimir.

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